En menos de 48 horas, dos policías terminaron siendo víctimas del rubro que mejor conocen… el delito.
El primer episodio ocurrió en Chimbas, donde un cabo dejó su auto estacionado tranquilo, como quien dice “cinco minutos y vuelvo”. Cuando regresó, los ladrones ya habían hecho lo suyo: luneta rota y rueda de auxilio desaparecida. O sea, el vehículo quedó como patrullero después de un operativo: útil, pero rengueando.
El segundo capítulo se dio en Rivadavia, en horario premium para delincuentes: las 3 de la mañana. Una agente entró a su casa y se encontró con un intruso adentro, como si fuera visita sorpresa… pero sin torta ni regalo. Hubo forcejeo digno de lucha libre barrial, y el delincuente se retiró con el celular, agradecido por la hospitalidad involuntaria.
Estos casos no son aislados: vienen sumándose otros robos a policías durante el año, incluyendo uniformes, armas y hasta mochilas. Es decir, los ladrones ya no sólo roban… también hacen “shopping táctico”.
La situación deja una postal curiosa: efectivos que pasan el día persiguiendo delincuentes y la noche tratando de no ser perseguidos por ellos. Una especie de círculo vicioso donde el que debería decir “¡alto policía!” termina pensando “¡alto, que me roban otra vez!”.
En resumen: en San Juan la inseguridad está tan democrática que ni la chapa ni la gorra salvan. Y si la cosa sigue así, cualquier día los ladrones van a pedirles a los propios policías que les tomen la denuncia… pero contra ellos mismos.

