En todo Bs. As. se comenta que Javier Milei podría adelantar las elecciones de 2027. Y aunque por ahora sea apenas un rumor, alcanzó para provocar en la política argentina el efecto más predecible del mundo: pánico anticipado y rosca acelerada, esa reacción nerviosa que tienen los dirigentes cuando sienten que el reloj empieza a correr más rápido que sus encuestas.
En ese estado de taquicardia colectiva hay uno que ya se puso a correr como si lo persiguiera la DGI del destino: Axel Kicillof. Porque en el peronismo el tiempo no pasa… se pudre. Y el que no se lanza cuando cree tener su minuto de gloria, termina automáticamente convertido en “referente histórico”, categoría que en la jerga real significa que es alguien al que se saluda con respeto… pero al que nadie piensa votar.
Axel acaba de salir del pantano más tóxico del ecosistema político: la interna peronista bonaerense, un lodazal emocional donde conviven resentimientos arqueológicos, traiciones heredadas y egos del tamaño de una deuda externa. Sobrevivir a ese infierno ya es considerado un logro de supervivencia política comparable a cruzar el Sahara en ojotas.
Por eso Kicillof empezó a blanquear lo que hasta hace poco era un secreto a voces: el proyecto 2027. Lo dijo sin rodeos uno de sus emisarios en San Juan, confirmando lo que todos saben pero pocos admiten en público. Dicen que el gobernador arranca de atrás frente a un Milei que hoy mide más que cualquier opositor y, pero lo hace sin la estructura de los impresentables del peronismo, sin aparato pero liberado de esa mochila histórica que arrastra el peronismo como un camión de mudanza lleno de fantasmas corruptos.
Para intentar achicar esa distancia, Axel lanzó una ofensiva a dos puntas digna de un manual de supervivencia peronista: Larroque y el Katopodis, que no son una dupla humorística, aunque a veces lo parezcan. Son los encargados de una misión casi imposible: ordenar, acercar y seducir a un peronismo que lleva años comportándose como una familia de adictos al robo y a la corrupción tan fuerte como para ir a una terapia intensiva.
Andrés “el Cuervo” Larroque, ex La Cámpora reciclado en axelista fervoroso, es el encargado de tejer vínculos con la militancia y los dirigentes que todavía viven en modo kirchnerista pero empiezan a mirar el calendario con angustia. Su tarea es delicada: acercar posiciones sin tocar las internas. Es decir, entrar a una cena peronista y pedir que nadie hable de política, de poder ni de traiciones. Una fantasía comparable a pedir silencio en una cancha.
Del otro lado está Gabriel Katopodis, alias Kato, el puente con Sergio Uñac y el sector más territorial del peronismo. En términos políticos, ser “puente” significa algo muy concreto: todavía no se peleó con nadie en público. Katopodis cultiva ese perfil anfibio tan característico del peronismo moderno: puede discutir con el kirchnerismo por la mañana, negociar con él por la tarde y cenar con sus dirigentes por la noche sin que se le mueva un músculo.
Mientras tanto, el peronismo sanjuanino sigue fracturado y no ven otra posibilidad. Todos hablan de unidad, pero nadie está dispuesto a resignar poder. La unidad peronista es un concepto que siempre está por llegar… igual que la recuperación económica: se promete, se declama, pero nunca aterriza del todo.
En el fondo, todo este movimiento tiene un núcleo emocional más profundo y más incómodo: la relación entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof. Una historia que siempre fue presentada como un vínculo maternal y político al mismo tiempo. Hoy esa relación atraviesa un distanciamiento que no es ruptura ni reconciliación, sino ese limbo típico del peronismo donde nadie se mata… pero tampoco se abraza.
Y ahí está el verdadero drama estratégico: el peronismo intenta construir futuro, pero vive anclado en su propia biografía. No puede soltar el pasado porque su identidad está hecha de pasado. Pero tampoco puede ofrecerlo como bandera porque el electorado que hoy decide elecciones ya no vota recuerdos, vota presente.
Mientras tanto, Milei observa ese espectáculo con la tranquilidad del que juega solo en una cancha llena de rivales peleándose entre sí. No necesita ordenar internas, ni reconciliar familias políticas, ni administrar egos históricos. Tiene algo mucho más letal para el sistema tradicional: un capital político que no depende de la nostalgia.
Y ese es el verdadero veneno que hoy intoxica al peronismo: no es Milei en sí mismo, sino la evidencia brutal de que, por primera vez en décadas, hay una parte del electorado argentino que ya no teme al futuro… y que tampoco siente ninguna obligación emocional con el pasado.
Ahí está el problema. Y también el terror. Porque en política, cuando el pasado deja de ser un refugio, muchos liderazgos descubren que en realidad no tenían futuro: solo tenían memoria.

