En la política argentina hay fantasmas que no descansan nunca: algunos hacen “uuuh” y otros directamente imprimen tickets. Esta semana reapareció el más famoso de todos: la legendaria Banelco legislativa. Y quien la invocó fue nada menos que Julio Piumato, que salió a decir que la reforma laboral en el Senado se aprobó porque “corrió la Banelco”.
Es decir: según su traducción sindical simultánea, hubo votos más rápidos que delivery en hora pico y con menos explicación que un político en campaña.
El gremialista hizo referencia al escándalo del 2001, cuando la palabra “Banelco” dejó de ser un cajero automático para convertirse en un concepto político: “democracia con PIN”. Todo ocurrió durante el gobierno de Fernando de la Rúa, cuando el Senado parecía más un homebanking que un recinto.
“Está clarito”, dijo Piumato en Splendid AM 990. Y en Argentina, cuando un dirigente dice “está clarito”, significa exactamente lo contrario: que se viene una nube de sospechas, teorías y acusaciones con más vueltas que un expediente judicial.
Después subió el volumen dramático: aseguró que la ley “va contra la Constitución” y que, si no se respeta, “entramos en la ley de la selva”. Una imagen que describe bastante bien el Congreso: gritos, manotazos, alianzas de ocasión y algunos animales políticos que sobreviven desde el Pleistoceno.
Desde la CGT también tiró munición pesada: dijo que la norma “va a generar esclavos”, especialmente entre trabajadores de apps. Básicamente, según su mirada, el futuro laboral sería una mezcla entre Uber, la Edad Media y un jefe que te califica con estrellitas.
Sobre la protesta en la Plaza del Congreso, afirmó que fue “tremendamente importante” y que preocupó al Gobierno. Traducción política: hubo bombos, humo, cámaras, y algún funcionario mirando Twitter con cara de gastritis.
Pero lo más picante vino al final: Piumato aseguró que los que tiraron molotov eran “servicios” con mochilas y guantes nuevos, mientras que después detuvieron a “perejiles”. Es decir, según el libreto clásico argentino: los profesionales hacen el desastre y los amateurs se comen el garrón.
En resumen: en la Argentina del siglo XXI seguimos innovando… pero solo en tecnología. Porque políticamente, cada vez que se vota algo polémico, vuelve el mismo software: sospechas, denuncias, teorías conspirativas y ese viejo cajero automático que, aunque nadie lo haya visto jamás, siempre parece tener saldo suficiente para inclinar una votación.

