El peronismo sanjuanino atraviesa una etapa fascinante: está tan ocupado peleándose consigo mismo que ya ni necesita oposición. Es un espectáculo de autodestrucción en cámara lenta, como ver a alguien serruchar la rama en la que está sentado… pero con entusiasmo militante. Los intendentes del PJ pueden reelegirse, lo cual es una ventaja. En la práctica es como heredar una casa… llena de exdueños que todavía tienen llave y se niegan a irse. Porque detrás de cada jefe comunal actual hay un exintendente con nostalgia crónica de poder, síndrome de sillón vacío y una sola idea fija: volver aunque sea disfrazado de candidato testimonial, interventor espiritual o fantasma municipal.
Mientras tanto, Orrego y los libertarios no hacen nada, esperando a ver si Karina Milei les ordena ser aliados o no en las próximas elecciones. Sobretodo viendo como fueron los resultados de las últimas elecciones donde el PJ salió primero. Algunos voceros del gobierno provincial dicen que no hacen nada porque no necesitan hacerlo. Están sentados mirando el espectáculo como quien ve una pelea de gallos… sabiendo que cuando termine, solo tendrán que recoger las plumas. Para empeorar el cuadro, ni siquiera se sabe con qué sistema electoral se va a votar. En San Juan las reglas del juego son como las de un truco entre borrachos: se cambian a mitad de la partida, nadie las entiende del todo y siempre hay uno que grita “¡vale cuatro!” cuando ya perdió. El Sipad sigue vivo por pura pereza política, la Ley de Lemas es un cadáver institucional que se niega a aceptar su muerte, y la reforma electoral avanza con la urgencia de un trámite en el PAMI. Se sabe que por el pensamiento de Marcelo Orrego con respecto a este tema, se puede eliminar prontamente.
El resultado es glorioso: el peronismo vive en campaña permanente desde 2023. Pasó 2025, ya mira 2027, y si esto sigue así van a terminar inaugurando unidades básicas en salas de parto para captar votantes desde el minuto cero. La supuesta fortaleza del PJ —sus intendentes reelegibles— es en realidad una bomba de tiempo. Cada municipio es hoy un campo minado donde el presente gobierna… y el pasado conspira con paciencia budista. En Calingasta, el intendente echa funcionarios con tanta velocidad, de acuerdo a lo que le indique el ritmo de sus peleas con el ex Castañeda. Ya no hay gabinete: hay casting permanente. El exintendente Castañeda lo observa con la serenidad porque dice «es tan malo este tipo que voy a volver». En Valle Fértil, Riveros y el mítico «Mengueche” Ortiz no están enfrentados: están en guerra fría con misiles listos. Se culpan de todo, se bloquean políticamente y el departamento quedó convertido en una terapia grupal sin psicólogo. Chimbas, directamente, es una tragedia griega con presupuesto municipal. La intendenta pelea con el Concejo, unos dicen que Gramajo hace de mediador, otros que no. Por el momento nadie confia en nadie, es un triángulo pero todos se vigilan.
En Jáchal y Ullum la calma es engañosa: los actuales gobiernan, sí, pero detrás tienen exintendentes que siguen respirando poder, sentados en la Legislatura como francotiradores esperando el momento de disparar. Caucete merece un capítulo aparte en el manual del caos. La intendenta no puede reelegir, no tiene heredero político, no controla el Concejo y el peronismo local parece una bolsa de gatos encerrados en un lavarropas en centrifugado. Y lo más cruel de todo es esto:
el peronismo sanjuanino no está siendo derrotado por sus adversarios. Está siendo devorado por su propio ADN. Porque si algo demostró históricamente el peronismo es que puede sobrevivir a cualquier crisis… salvo a una, y es cuando el enemigo deja de estar enfrente y pasa a estar sentado en la misma mesa. Hoy, en San Juan, el principal deporte político no es ganar elecciones, es sobrevivir al compañero, y en esa disciplina… están batiendo récords mundiales de autodestrucción.

