En San Juan, la confianza dejó de ser una virtud moral para convertirse en una pésima inversión financiera. En los últimos días, la provincia asistió a una seguidilla de estafas con tarjetas de crédito cuyo patrón se repite con una insistencia casi pedagógica: el ladrón no llega encapuchado, llega con mate, uniforme de trabajo o apellido compartido.
Hospitales, hogares y familias —esos templos de la buena fe— se transformaron en escenarios de pequeñas tragedias económicas donde el pecado capital no fue la avaricia, sino la ingenuidad.
Cuando la vocación de servicio incluye consumos en Aerolíneas
María Cataldo, acusada de apropiarse del plástico de una compañera, decidió que la salud pública también podía financiar perfumes, pasajes de avión y viajes en Uber. Todo por la módica suma de $660.000.
La estafa salió a la luz cuando la víctima hizo lo que todo ciudadano responsable hace: mirar el resumen. La justicia actuó, y como castigo ejemplar, la imputada deberá realizar trabajo comunitario y donar $300.000 a una organización benéfica. Una suerte de karma institucional: robarle a una persona, ayudar a muchas, y aprender —esperemos— que la confianza no viene con límite de crédito.
Ni la Justicia se salva de la ayuda doméstica
El segundo episodio confirma una antigua máxima filosófica: nadie está a salvo, ni siquiera quien persigue delincuentes. La fiscal Silvina Gerarduzzi descubrió que tenía una tarjeta que jamás pidió ni usó, pero que alguien disfrutó con entusiasmo mientras ella estaba fuera del país.
La empleada doméstica, su esposo y sus hijos decidieron que Mercado Pago era una herencia anticipada. Compras, consumos y un intento fallido por más de $600.000 completaron el menú. Toda la familia imputada, porque cuando la confianza se rompe, se rompe en grupo.
La familia: ese lugar donde te quieren… y te estafan
El tercer caso confirma que la sangre no solo tira, también factura. Un hombre fue acusado de usar la tarjeta de su prima para gastar casi dos millones de pesos, principalmente en pasajes de colectivo. Porque nada grita “soy inocente” como viajar con un boleto comprado con la tarjeta ajena.
La víctima se enteró, otra vez, gracias al resumen. El imputado, gracias a la tecnología, quedó registrado como pasajero. Aristóteles diría que la virtud está en el justo medio; este primo eligió el extremo.
Conclusión (no apta para ingenuos)
Hospitales, casas y mesas familiares: los tres grandes escenarios donde se supone que uno baja la guardia. Y ahí, precisamente, aparece la estafa. No hay hackers rusos ni llamadas desde Nigeria. Hay conocidos, confianza y un plástico mal cuidado.
La UFI de Delitos Informáticos y Estafas investiga, mientras la sociedad aprende —una vez más— que en tiempos modernos la verdadera prudencia no es desconfiar de todos, sino revisar el resumen antes de saludar.
Porque hoy, más que nunca, la filosofía es clara: pienso, luego controlo mis consumos.

