En Carpintería el Carnaval venía bárbaro: espuma, música, familias felices, chicos corriendo… el combo clásico de “salimos a pasarla lindo y volvemos con arena en las zapatillas”.
Pero alguien, en algún momento, decidió subirle la dificultad al evento y lo transformó en el primer campeonato regional de artes marciales con reposeras.
Lo que debía ser un corso terminó pareciéndose más a una escena eliminada de Rápido y Furioso: Edición Pocito, donde los protagonistas no corrían autos… corrían para esquivar sillazos voladores.
Testigos aseguran que todo pasó en segundos: de los aplausos a las comparsas se pasó a un clima de tensión digno de final de Mundial. Primero volaron miradas asesinas, después insultos creativos, y finalmente… las sillas empezaron a despegar como si tuvieran millas acumuladas en Aerolíneas.
En cuestión de minutos, el público dejó de ser espectador para convertirse en parte del show:
—Había gente esquivando reposeras.
—Otros usándolas de escudo medieval.
—Y alguno intentando sentarse igual, porque había llevado el mate y no pensaba perder el lugar por una batalla campal.
Las comparsas siguieron bailando, claro, porque el artista es profesional: si el Titanic tocaba música mientras se hundía, una batucada sanjuanina no se va a detener por un pequeño bombardeo de mobiliario.
Desde Tiempo de San Juan describieron la escena con sobriedad periodística, pero la realidad fue otra: el carnaval no tuvo reina, ni premio al mejor disfraz…
El único galardón indiscutido fue para el señor que metió un sillazo con parábola perfecta, viento a favor y efecto comba, digno de transmisión en cámara lenta con relato de Mariano Closs. Pero siempre queda una enseñanza profunda: La espuma se limpia, la música se apaga, pero el sillazo bien dado… entra directo en el patrimonio cultural del pueblo.

