La diplomacia argentina siempre tuvo fama de hablar varios idiomas: francés, inglés… y sobre todo el dialecto universal del “contacto oportuno”.
Esta semana, la Cancillería decidió perfeccionar esa tradición: contrató por unos módicos $113 millones a una asociación para enseñar inglés. Nada raro… salvo un pequeño detalle microscópico: la entidad está dirigida por la esposa del ministro Federico Sturzenegger.
Pero tranquilos, que acá no hay escándalo: el Gobierno asegura que todo fue más transparente que una ventana sin cortinas. Intervinieron la Oficina Anticorrupción, la SIGEN, un pacto de integridad, y probablemente hasta el espíritu de Sarmiento desde el más allá.
Es decir: no solo no hubo irregularidades… ¡hubo tanta prolijidad que casi pidieron certificado de buena conducta al diccionario de inglés!
Desde el oficialismo explican que la contratación existe desde 2018 y que el monto es el mismo, “actualizado por inflación”. Traducción al castellano: el contrato no cambió… solo se infló como factura de gas en julio.
La oposición, en cambio, reaccionó con la sutileza de un elefante en un bazar. Hubo quienes hablaron directamente de “choreo interplanetario”, sugiriendo que, al parecer, en Argentina la única familia con “especialidad” en inglés sería la del ministro.
Mientras tanto, en Cancillería defienden la decisión con una lógica impecable: dicen que todo este lío surge, justamente, por hacer las cosas bien. Lo cual en la política nacional suena tan creíble como escuchar a un gato explicar que se sentó arriba del pescado solo para darle calor.
Así, entre pactos de integridad, adjudicaciones “por especialidad” y cursos de inglés millonarios, la diplomacia argentina avanza firme hacia el bilingüismo:
hablar perfecto inglés… y dominar, como siempre, el idioma nativo del poder: el parentesco oportuno.

