VIENA.- La escalada por el control de Groenlandia -y la posibilidad de que la OTAN sufra un golpe mortal- han dejado al descubierto dos crudas realidades geopolíticas.
La primera es la desinversión en el Ártico de todos los miembros de la OTAN durante años, mientras el derretimiento de los glaciares, el decidido avance de China y Rusia, y el desarrollo de cruciales cables de comunicaciones submarinos dejaban uno de los paisajes más fríos del planeta listo para convertirse en una caldera de conflictos entre superpotencias.
La segunda y cruda realidad es que el presidente Donald Trump no tiene la menor intención de buscar una solución en común para este problema que se viene gestando desde hace tanto tiempo.
Por el contrario, Trump ha abierto deliberadamente la que puede convertirse en la mayor grieta en los casi 77 años de historia de la alianza atlántica, que este fin de semana llevó al vicecanciller de Alemania a decir que los países europeos “no debemos permitir que nos chantajee” la mayor potencia del grupo.
De hecho, hasta uno de los mandatarios europeos favoritos de Trump, el presidente finlandés Alexander Stubb —cuyo país se unió rápidamente a la alianza tras la invasión rusa de Ucrania—, advirtió sobre una “peligrosa espiral descendente”.
Lo que hace que esta crisis sea tan notable como innecesaria es que parece haber sido generada a propósito por el propio Trump. Para empezar, de entrada dejó en claro que no le interesan los compromisos diplomáticos que casi con seguridad lograrían los objetivos de defensa que dice perseguir: más bases norteamericanas para monitorear el tránsito de navíos chinos y rusos, y la expansión de su aún incipiente proyecto de defensa antimisiles, la “Cúpula Dorada”.
Hasta ahora, Trump no ha mostrado interés en buscar una salida negociada en el tipo de alianzas de defensa que la OTAN promueve desde hace décadas. Cada vez que los europeos ofrecen soluciones —todo menos entregarle a Estados Unidos la propiedad total del territorio danés—, Trump las rechaza, exigiendo los más de dos millones de kilómetros cuadrados de Groenlandia, por más que la mayor parte de la isla esté cubierta por el hielo.
De hecho, lo que más parece seducirlo es su inmenso tamaño. El hecho de que la mayor parte del territorio sea inhabitable no parece importarle. Es el mayor tesoro inmobiliario: un territorio tres veces más grande que Texas y más grande que Alaska, de apenas 167.000 kilómetros cuadrados.
Si Trump se impone, habrá logrado la mayor adquisición de tierras en la historia de Estados Unidos, incluso mayor que la negociación del secretario de Estado William H. Seward en 1867, cuando le compró Alaska a Rusia por unos 5 centavos de dólar por hectárea.
Para aumentar la presión sobre Dinamarca y sus aliados europeos, Trump inmediatamente recurrió a su arma favorita de coerción económica: los aranceles. Un año después de su discurso de asunción, donde advirtió que “nada se interpondrá” en su agenda de “Estados Unidos Primero”, no parece importarle quebrar la alianza militar más efectiva de la historia moderna para satisfacer su apetito por Groenlandia.
Y tiene una opción mucho más fácil: un tratado de 1951 entre Estados Unidos y Dinamarca, firmado al final del gobierno de Truman, que le otorga a Estados Unidos amplios derechos para reabrir las aproximadamente 16 bases militares que llegó a tener en Groenlandia.
Washington fue cerrando esas bases porque tras el colapso de la Unión Soviética creyó que la era de la competencia estratégica por el Ártico había terminado y no quería gastar dinero en bases congeladas. Así que quedaron a merced del viento y el hielo: el verano boreal pasado, un recorrido por algunas de esas antiguas instalaciones reveló que los largos inviernos groenlandeses habían destruido parte de las viviendas y centros de mando que quedaban, y las pistas de aterrizaje estaban deterioradas y cubiertas de vegetación.
Pero por unos pocos miles de millones de dólares —mucho menos de lo que costaría comprar Groenlandia—, Estados Unidos tiene derecho a construir puertos de gran calado, largas pistas de aterrizaje, estaciones de radar y bases de lanzamiento para interceptores de defensa antimisiles. Simplemente no lo solicitó. Como lo expresó con picardía un alto funcionario danés, Dinamarca está dispuesta a decir que sí, lo que podría explicar por qué Trump no quiere plantear el tema.
Y este mes, cuando en una entrevista con The New York Times le preguntaron qué pasaría si tuviera que elegir entre sus ambiciones territoriales y preservar la OTAN, Trump se limitó a decir: “Tal vez deba elegir”.
“La propiedad es muy importante, porque creo que es psicológicamente necesaria para el éxito”, agregó.
Y cuando le preguntaron sobre la posibilidad de usar la fuerza militar, respondió: “No creo que sea necesaria”.
Heather Conley, miembro del American Enterprise Institute y experta en políticas de defensa del Ártico, dijo el viernes en una charla para el Consejo de Relaciones Exteriores que las cuestiones estratégicas que plantea Trump están justificadas, aunque la exigencia de quedarse con la propiedad de Groenlandia resultaba desconcertante.
“El Ártico acorta las distancias, ya se trate de misiles, submarinos, barcos o cables submarinos”, dijo Conley. “Y a medida que el medio ambiente del Ártico se transforma, vemos un incremento de la actividad económica en la región”.
Trump exagera la inminencia de esa amenaza e intenta transmitir la sensación de que China y Rusia están a punto de apoderarse del territorio ártico. Pero China, señaló Conley, “está realizando mucha investigación en ciencia acústica” —que permite rastrear submarinos—, y de minería en aguas profundas. “Y debido a todo esto, ahora finalmente la OTAN está intensificando sus ejercicios y su presencia en la región”, dijo la experta.
Las protestas de Dinamarca y del resto de Europa sobre la importancia de preservar el concepto de soberanía incitaron a Trump a atrincherarse todavía más en su postura. En un comunicado del sábado, el presidente francés Emmanuel Macron comparó indirectamente los esfuerzos de Trump para forzar la venta de Groenlandia con la confiscación que hizo Rusia de partes del territorio de Ucrania.
Lo que no dijo Macron es qué planean hacer los europeos si Trump solo se conforma con una entrega coaccionada del territorio de Groenlandia.
(Traducción de Jaime Arrambide)

