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El floreciente negocio de la venta de caballos en Buenos Aires que se marchitó con el tiempo

Última actualización: 13 de octubre de 2024 8:08 pm
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La venta de caballos, yeguas y mulas fue una actividad muy intensa hasta la llegada del automóvil. Antes, todo se transportaba a través de la tracción animal incluso en los primeros tiempos del tramway. En la Buenos Aires antigua había mucha crueldad con los animales, se les exigía trabajo hasta dejarlos exhaustos, sin fuerzas.

En el Acta del Concejo Deliberante de 1891, daba cuenta del despacho de la Comisión de Beneficencia y Moralidad Pública, el proyecto de ordenanza sobre penalidad por los malos tratos a los animales. Quedó aprobada la Ley N° 2.786 del 8 de agosto de 1891. La misma enunciaba los actos que eran punibles por el mal trato. No se debía conducir en el tramway un mayor número de pasajeros que aquel que autorizaban las ordenanzas, llevar los carros mayor peso del permitido, cargar a lomo del animal más de 150 kilos incluido jinete y apero, acortar demasiado la sobre rienda, emplear picana con clavo descubierto de más de un centímetro, utilizar un animal herido, llagado, enfermo, demasiado flaco o extenuado.

No podían trabajar más de ocho kilómetros sin darle descanso y más de seis horas continuadas sin darle agua y alimento, golpear con ira al animal con hierro, palo o cabo de rebenque. Tampoco golpear, azotar o apurar de cualquier modo a un animal caído bajo el vehículo, antes de desprenderlo del tiro o castigar con furor, aunque sea con el látigo de la fusta en la cabeza, en los ijares o en las patas. Una crueldad imposible de tolerar.

Cuando ya no rendían en el trabajo, se lo reemplazaba comprando otro animal en los locales de venta de caballos. Estos negocios debían conservarse en perfecto estado de higiene. Las multas eran de 20 pesos la primera vez, 50 la segunda y clausura de local en caso de reincidencia. Se publicaba en el Digesto de 1904, » que los caballos que transiten dentro de un radio de 25 cuadras a contar desde la Plaza de Mayo, no podrán andar al galope o al trote largo, excepto los empleados públicos que, por razón de su empleo, desempeñen comisiones que justifiquen la mayor rapidez de su marcha”.

El Digesto de 1907 daba cuenta que no se podrá habilitar locales para la venta de potros en el sector del Municipio comprendido por las calles Caseros, supuesta prolongada hasta el río, Boedo, Paraguay y Arroyo Maldonado. Fuera de este radio, no se iban a poder instalar a una distancia de 20 metros de toda habilitación. Los locales debían estar cercados de pared, alambre tejido u otra clase de cerco siempre de acuerdo a lo establecido por el Reglamento General de Construcciones. El piso debía estar bien apisonado por una capa de granza o carbonilla, con un declive hacia la calle del 2% para desagüe. Tenían que contar un cajón de madera forrado de zinc para depositar el estiércol. Estaba prohibido el uso de palenques, debiendo sustituirse por bretes especiales. A su vez se prohibía bañar caballos en el río, estaba permitido únicamente en la calle Dorrego, el Arroyo Maldonado y Tiro Federal, entre otros lugares.

La confitería La Vicente López, en la zona norte de la provincia de Buenos Aires, data de 1905 o antes, cuando los panes se repartían a caballo

El doctor Carlos Fronteras, que vivió en el barrio Caballito recuerda que en su niñez, en la década del treinta, existió en la calle Díaz Vélez, frente a los números 5250, 5256 y 5262, entre Acoyte e Hidalgo, un comercio dedicado a la compra venta, remates y permutas de carros y caballos. Quien explotaba este negocio era el señor Carlos H. Etchepareborda, en sociedad con otros miembros.

Todo se desarrollaba en una superficie de 1150 m2, y contaba con un terreno anexo en los fondos que daba por Hidalgo donde entraban los caballos para la venta o remate. El lugar estaba provisto de muchos palenques. La subasta se realizaba dos veces por semana durante las horas de la tarde. Esto generaba un gran movimiento de público. Desde horas tempranas, llegaban los compradores y vendedores con sus carros que al no poder estacionar por Díaz Vélez, lo hacían por las calles linderas como Planes, Av. Parral (Honorio Pueyrredón). Muchos negocios se hacían por fuera, evitando pagar las comisiones. Todo este alboroto generaba muchas molestias en los vecinos. Sobre Hidalgo había una herrería. Después de la ordenanza que prohibió la tracción a sangre, la sociedad lo cedió a otros negocios, hasta que 4 de agosto de 1972 lo vendió a la firma Capdepont S.R.L dedicada a la venta y remates de muebles de estilo, objetos de arte, arañas, cuadros, etc hasta la actualidad.

El doctor Frontera cuenta que existía un pedestal de regulares proporciones, con la figura de un caballo de natural tamaño hecho en cartón, fue adquirida por el señor Ambrosio Bonder quien explotaba una talabartería en Diaz Vélez y Acoyte y cuando cerró su negocio se encontraba totalmente desintegrado. Previamente, la figura del caballito fue exhibida en el programa Domingos para la Juventud que conducía Silvio Soldán.

Luis Spadafora, quien vivía en Planes 821, suma más recuerdos. Venían los carros, le sacaban la montura a los caballos y venía el recambio de animales más jóvenes, de mayor rendimiento para los repartos y trabajos. Algunos caballos llegaban con poco resto de vida y estaban más los mataderos. Había caballos de diferentes categorías y se los ubicaba en distintos lotes. En la zona era importante el trabajo de los talabarteros y herradores.

La venta de caballos existió hasta que en la década del sesenta surgieron ordenanzas que fueron radiando la tracción a sangre. Hubo mucha resistencia. Los hogares se abastecían con el servicio a domicilio del lechero, pandero, recolectores de basura. Hubo una campaña de erradicación, hasta que fue prohibido en toda la Capital Federal. Cuesta imaginar la venta y remate de caballos en la ciudad y en los barrios y recordar el triste maltrato a los animales. Parece un tema lejano, necesario que existió muy habitualmente.

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