BE’ERI, Israel.- Las paradojas de la guerra: mientras en el centro y norte de Israel este domingo siguieron sonando en forma intermitente las tétricas sirenas que advierten de nuevos ataques misilísticos desde Irán –por lo que hay que correr al refugio–, en la zona sur del país, la más golpeada por el brutal asalto del 7–10, pegada a la franja de Gaza -enclave inaccesible para los periodistas y un tema invisibilizado por el nuevo conflicto-, reinaba una atmósfera totalmente distinta, casi idílica.
“No hay dudas de que este es el lugar más seguro de Israel, acá no hay alarmas”, asegura a LA NACION Eyal Ben Zvi, vecino de Be’eri, kibutz del sur de Israel que se convirtió en uno de los símbolos del horror del bárbaro asalto del grupo terrorista Hamas del 7 de octubre de 2023. En Be’eri, kibutz fundado en 1946 y un lugar parecido a cualquier country argentino –con casas, jardines, calles arboladas-, el 7-10 mataron a cien personas -el 10% de la comunidad de 1000 almas–, secuestraron a 30 vecinos y destruyeron 132 casas.
Dos años y cinco meses más tarde, aunque aún quedan en pie muchas de las casas incendiadas y saqueadas, en la parte oeste, con vista a Gaza, en la parte este todo habla de reconstrucción.
Hay más de 200 albañiles trabajando a toda máquina. Se ven excavadoras, topadoras y avanza el programa de reconstrucción de dos nuevos barrios: uno de 52 casas –ya casi terminado, con techos de tejas rosas y aún sin vidrios en las ventanas–, otro de 68, mientras que otras 12 viviendas se construirán sobre las ruinas de casas ya existentes. “En total serán 132 casas, como las que devastaron y la idea es que el proyecto pueda terminarse en junio de 2027”, subraya Eyal. En una recorrida a través del kibutz, este israelí de 45 años cuenta que por ahora muy pocos han vuelto a vivir aquí: “sólo unos 200, que no tienen chicos porque aún no hay escuela, aunque sí hay un pequeño supermercado y un centro médico”, detalla. El plan es construir un nuevo supermercado, un comedor, un club-house, otro centro administrativo y ya está el dinero obtenido de indemnizaciones del gobierno y gracias a donaciones.
“Hubo una gran discusión sobre qué hacer con la parte occidental, dañada en forma salvaje… Algunos querían preservarla como recuerdo del 7-10, otros preferían que no, y al final votamos democráticamente y ganó la segunda opción. Vamos a demoler todo y guardar una casa para que el gobierno decida qué hacer con eso”, contó. “Aunque entiendo que es importante hacer memoria, yo estuve de acuerdo con la decisión. ¿Por qué? Es simple: tengo tres chicos de 10, 7 y 5 años y no quiero que crezcan al lado de algo tipo Auschwitz”, explicó.
Es una jornada soleada y fresca y no sólo se ven los obreros que construyen los futuros barrios bautizados con los nombres de los árboles del lugar. También se ven los autos estacionados de las 300 personas –como Eyal–, que vienen aquí para trabajar en la imprenta del kibutz, una fabrica importante que es el orgullo de este lugar porque volvió a funcionar el 15 de octubre, pocos días después del ataque terrorista y jamás se detuvo, pese a la guerra.
Además, como casi todos los kibutz de esta zona desértica del Negev –que Israel con su sistema de irrigación ha convertido en un vergel y en una zona más que fértil–, muchos vienen para trabajar en la agricultura. Aquí producen palta, trigo, así como frutas y verduras de todo tipo.
La vida que se palpa en Be’eri, antes símbolo de una masacre y ahora un lugar marcado por el slogan de “las tres B” –Bild Be’eri Better–, contrasta con el silencio y desolación que, a simple vista, se ve del otro lado del recinto que rodea su zona occidental. Aquí estamos a tan sólo 4 kilómetros de Gaza.
Como puede hacerse recorriendo de norte a sur la ruta nacional 232, se ve perfectamente una franja del mar azul de su costa y la silueta de los edificios del enclave palestino arrasados, de color gris, que contrastan con los campos verdes y cuidados que la rodean de este lado de la frontera.
Aunque en Israel nadie habla de la catástrofe humanitaria de Gaza –donde casi 2 millones personas sobreviven en carpas en condiciones dramáticas- porque se trata de un tema cancelado, invisibilizado, sobre todo ahora, con la nueva guerra contra Irán y Hezbollah en el sur del Líbano–, Eyal sí lo hace. Cuando le preguntamos a si se siente seguro aquí, pese a lo que ocurrió, su respuesta es seca: “en este momento no hay nada seguro en Israel, pero la verdad es que si bien acá sucedió algo terrible y es claro que pudo haber sido evitado, estoy seguro de que no va a pasar más”.
“Creo que este es uno de los lugares más seguros de Israel porque ya no existe la amenaza: Gaza está en ruinas, ya nadie nos puede disparar desde allí, porque ya no queda nada”, contesta. Ante otra pregunta sobre el desafío emocional que significa volver a vivir a este lugar donde corrieron ríos de sangre, Eyal responde: “No sé, aquí está mi casa, aquí nací y la verdad es que puedo tener mil motivos más para sentirme inseguro en Roma o cualquier otra ciudad del mundo, que acá”.
Al mirar hacia la pavorosa destrucción de Gaza –donde el 80% de las infraestructuras ha sido dañada y se cuentan más de 72.000 muertos, entre los cuales mujeres y niños–, admite que todo “está muy mal” del otro lado y que no es fácil convivir con eso. “Si yo fuera un chico creciendo en Gaza odiaría a todos los que estamos de este lado de la frontera”, dispara.
Unos kilómetros más al norte, en el paso fronterizo de Nahal Oz -cerrado para personas y víveres-, también puede verse Gaza desde una colina. Pasado el mediodía, se ve un camión militar, acompañado por un jeep blindado, que llega desde Gaza. Descienden unos veinte soldados, de uniforme, mochila y armados hasta los dientes, agotados, llenos de tierra. También hay una mujer. Hablan entre ellos, se despiden a los abrazos y festejan porque han salido de Gaza vivos.
Uno de ellos, programador de 30 años pero que parece más chico y que se acerca al auto que dejó estacionado, accede a hablar. Está feliz. Cuenta que se va por dos semanas a su casa de Petah Tikva, en el centro de Israel, lugar donde paradójicamente un ataque misilístico iraní dejó este domingo cuatro heridos. “¿Cómo es adentro de Gaza? Horrible, un infierno… Los terroristas siguen cavando túneles, siguen usando civiles como escudos humanos y teniendo armas. El cese del fuego es una ilusión”, asegura, con ojos llenos de espanto. De hecho, las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) informaron este domingo de dos palestinos que viajaban en auto que murieron en un bombardeo.
Yendo más al norte, cerca de Mefalsim, como se llama otro kibutz que se encuentra a la altura del campo de refugiados de Jabalia de Gaza, se encuentra el memorial israelí de “Black Arrow”. Desde este lugar en medio del campo y sobre una colina, que recuerda una operación militar homónima que tuvo lugar en 1956, durante la guerra del Sinaí, hay una suerte de mirador con vista a Gaza, enclave que queda a apenas 200 metros. Se ve el muro de cemento que marca la frontera, dos bases militares nuevas, levantadas con la guerra posterior al 7-10 en la que murieron más de 72.000 gazatíes y, de nuevo, la silueta en el horizonte, ahora más cercana, de un mar de ruinas grises. También allí llama la atención el contraste del campo verde -con los aparatos de irrigación prendidos, amapolas rojas, flores de colza amarillas-, pegado a esa postal de escombros y muerte.
El memorial de “Black Arrow”, que cuenta con bancos de plaza, macetas con plantas y flores, paneles que recuerdan ese operativo épico de un grupo de paracaidistas, mesas para hacer pic-nics y hasta juegos para niños, se ha vuelto meta de turistas israelíes que vienen a ver la destrucción de Gaza.
A las dos de la tarde hay sol, sopla un viento frío y llega una pareja de jóvenes de 23 años con un cochecito y una beba de dos meses, Ariel. “Vivimos en el centro de Israel, a dos horas, pero vinimos acá para escaparnos de las alertas y de las sirenas que no nos dejan en paz y a tomar un poco de aire”, cuentan. Es la primera vez que vienen y observan las ruinas de Gaza sentados sobre unas piedras del memorial, en el virtual mirador, preparándose un café que trajeron para la ocasión. Por supuesto sacan fotos y selfies.
¿Qué sienten al ver semejante destrucción del otro lado? “Esperanza”, contesta la joven madre. Y explica: “allá mataron a muchos amigos nuestros, desde allá quisieron matarnos a todos los israelíes, pero ahora ya no va a ser posible… Y siento esperanza porque podremos criar mejor a nuestros hijos”.

