Mientras el barrio dormía, Camila Nicole Bajinai, solo 22 años y toda una vida por delante, fue arrebatada por un disparo brutal en la cabeza. ¿El protagonista de este vil acto? Juan Alfredo “Chato” Carrizo, vecino de la víctima y ahora tristemente célebre por haber sumado un crimen más a su prontuario.
La historia no tiene ni un gramo de misterio detectivesco: a las 1:30 de la mañana, una pelea barrial terminó en lo que todos sospechaban desde el primer minuto—“Chato” empuñando el arma y disparando a quemarropa, sin vínculo alguno con la víctima. Como siempre, la violencia habla más fuerte que cualquier diálogo.
Después del balazo, Camila luchó segundos por su vida, pero la crueldad ganó la partida antes de llegar al hospital. La autopsia no dejó dudas: fue ejecución, sin defensa posible. Así es como operó este valiente de la noche en Echeverría: primero disparó y después salió corriendo, porque su único talento es esconderse arriba de un techo y descartar el arma cerca, para ver si “la policía se confunde”.
Pero, claro, el operativo policial fue tan grande como la indignación del barrio. Cerrojo, rastrillaje, todo lo necesario para que “Chato” no siga jugando al escondite entre casas vandalizadas y manchas de sangre en la vereda. Al final, el espectáculo para los vecinos terminó con el asesino acurrucado en un techo, temblando como un gorrión mojado.
¿Qué nos queda? La historia de una joven asesinada por el capricho violento de un tipo que eligió convertirse en verdugo, y de un barrio que suma miedo y rabia en la cuenta diaria. ¡Ni olvido ni perdón para los asesinos como Carrizo!

