Entre noviembre y diciembre, los egresados suelen estar sensibles, emocionados, brillosos… y ligeramente descontrolados, como toda especie adolescente en cautiverio escolar. Quieren celebrar TODO: el último día, el último recreo, el último timbre, el último fotocopiado, el último llamado al preceptor para explicar dónde demonios estaba desde agosto.
Pero en este colegio, Disney no llegó.
Según contaron los padres, el 20 de noviembre iba a ser el día final del cursado, la despedida, la lágrima, el abrazo grupal con glitter.
Peeero… el 19 llegó un mensaje de WhatsApp estilo bomba nuclear:
“El último día ya pasó. Fue ayer. Sorpresa. No vuelvan.”
Así, sin anestesia, sin chocolate, sin terapia previa.
Los chicos igual fueron, porque adolescencia se escribe con rebeldía, y se toparon con el portón de Alcatraz. Cerrado. Blindado. Imposible de abrir salvo con tanque o santo.
Y ahí empezó el caos controlado.
Ante el nivel de histeria colectiva, adrenalina, llanto, hormonas y mate cocido, un grupo pintó en el portón con aerosol para el pelo —lavable, casi ecológico— la histórica frase:
“Vice ortiva social 25”
Momento glorioso para la literatura argentina, la sociología comparada y el análisis del discurso institucional.
Otros compañeros, más zen, dijeron: “Che, esto NO”. Y lo borraron en dos pases de esponja y un “uy disculpe profe”.
Pero el daño simbólico estaba hecho, y la Vice Ortiva —versión live action— desplegó protocolo Código Rojo Educativo:
- 5 amonestaciones colectivas
- Actividad reparatoria obligatoria
- De 13:30 a 14:50
- Una semana entera
- Leyendo el Proyecto Institucional (el mismísimo castigo divino)
Sí, queridos lectores: los adolescentes pasaron de pintar el portón a leer normas institucionales.
No existe sadismo pedagógico más efectivo.
Los padres, resignados, firmaron la penitencia. Pero después sintieron que esto se convirtió en La Pasión de Cristo, versión colegio privado.
Les dijeron incluso:
“Si faltan los dejo libres.”
(Libres, como pajaritos… pero sin diploma.)
Y el broche de oro: el acto de colación —momento Disney de la vida escolar— podría quedar cancelado, sin diplomas, sin bandera, sin nada.
Fin de temporada, sin créditos y sin alfombra roja.
Los padres ahora elevaron el reclamo al Ministerio de Educación.
Literalmente: Ministerio, salva a estos pobres seres expulsados del goce del último timbre.
“Fue un error adolescente, no una toma de la Bastilla”, dicen.
Y tienen punto.
Porque si el peor delito de una camada de egresados fue un aerosol lavable y una frase chispeante, entonces señoras y señores:
Debemos aceptar que la Vice Ortiva 25 ganó la batalla, pero no la narrativa.

