El episodio ocurrió durante la Operación Veranadas 2025-2026, ese clásico operativo de verano donde los gendarmes patrullan a caballo los valles cordilleranos para controlar el paso de crianceros… y, de paso, cualquier otro proyecto productivo que aparezca entre las montañas.
Los efectivos del Escuadrón 26 “Barreal” recorrían tranquilamente el sector de pasturas conocido como Las Garzas cuando decidieron inspeccionar un humilde “ruco”, que vendría a ser algo así como una casa de montaña… pero con menos comodidades que un monoambiente en en el barrio Aramburu y bastante más aroma a “naturaleza”.
Allí vivían los dos protagonistas de esta historia, quienes aparentemente habían decidido emprender un discreto vivero cordillerano. Tan discreto que sólo contaba con 3.600 semillas de cannabis sativa, 42 gramos de marihuana y, para completar el combo de diversidad productiva, un gramo de cocaína.
Durante la revisión, los gendarmes encontraron dos bolsas de nylon. Una de ellas despedía un perfume tan intenso a marihuana que ni el viento de la cordillera lograba disimularlo. La otra contenía una misteriosa sustancia blancuzca que, como suele ocurrir en estas historias, no resultó ser talco para los pies.
Los análisis Narcostest confirmaron lo que cualquier nariz con experiencia ya sospechaba: había marihuana, había cocaína y había suficientes semillas como para forestar medio valle… pero con un tipo de árbol bastante particular.
La Fiscalía Federal de San Juan intervino rápidamente, ordenó el decomiso de la mercadería y dejó detenidos a los dos ciudadanos chilenos vinculados a la causa mientras avanza la investigación.
Conviene recordar que la Operación Veranadas existe para controlar el ingreso de crianceros chilenos que cruzan con sus animales a pastar en territorio argentino. Lo que nadie esperaba era encontrarse con una versión alternativa del pastoreo: uno que, en lugar de ovejas, parecía estar cultivando entusiasmo botánico a gran escala.
En resumen: en la inmensidad silenciosa de la cordillera sanjuanina, donde normalmente sólo pastan cabras, vacas y algún que otro turista perdido, esta vez apareció un vivero clandestino que, de haber prosperado, probablemente habría convertido a Las Garzas en el primer valle donde las plantas crecían… y las risas también.

