Cynthia Aboal, la madre de Julieta, no pudo contener el llanto ni la furia. “Se merece estar preso. Se llevó a mi hija y no le importó absolutamente nada”, lanzó entre gritos y lágrimas, con la voz quebrada por el dolor y el desgarro. Su reclamo fue un grito de justicia que rebotó contra las paredes frías de un tribunal que, otra vez, parece más preocupado por la suerte del acusado que por la memoria de la víctima.
“Un poco de humanidad por mi hija”, rogó, casi implorando algo que el sistema judicial argentino parece olvidar cada vez que dicta condenas livianas: que detrás de los expedientes hay familias mutiladas, madres sin hijas, hijos sin futuro.
El contraste es brutal: mientras Babsía podrá seguir su vida en libertad, quizás incluso volver a ejercer su profesión, Julieta ya no está. Y su madre carga con la condena más cruel e irreversible: la de sobrevivir a su hija.
La pregunta inevitable queda flotando en el aire: ¿cuánto vale una vida en este país? Porque la sentencia dice que vale apenas dos años y medio en papeles, sin barrotes, sin cárcel, sin castigo real.

