El gobierno pasó en cuestión de días del aplauso importado al abucheo doméstico. De los salones alfombrados de Davos y las selfies con economistas en inglés cerrado, al barro espeso de la política argentina, donde nadie aplaude gratis y todos pasan factura.
Javier Milei descubrió —otra vez— que el prestigio internacional no cotiza en el mercado interno. Puede gustar en foros financieros, puede ser celebrado por columnistas extranjeros fascinados con la motosierra, pero en casa la política es cuerpo a cuerpo, intereses cruzados y egos heridos. Y ahí el margen de error se achica.
El conflicto con Techint no fue un episodio menor ni un exabrupto aislado: fue la señal de que el Gobierno empieza a confundir convicción con beligerancia. Atacar a uno de los grupos empresarios más poderosos del país puede resultar catártico para la tribuna libertaria, pero es un mensaje inquietante para el resto del establishment que, hasta ahora, acompañaba con silenciosa prudencia.
La foto internacional sirvió para ganar tiempo, no para gobernar. Y ese tiempo se terminó. Febrero arranca con una agenda inflamable: reforma laboral empantanada, Senado hostil, gobernadores con la billetera en la mano y sindicatos que, aunque debilitados, siguen sabiendo cómo trabar el sistema. Nada de eso se resuelve con discursos encendidos ni con citas de economistas austríacos.
Mientras tanto, el país real —ese que no viaja a Davos— sigue lidiando con inflación persistente, consumo planchado y un clima social que tolera el ajuste, pero no la improvisación ni la pelea permanente. La épica del shock empieza a agotarse cuando no hay resultados palpables en el bolsillo.
El Gobierno enfrenta ahora su prueba más incómoda: demostrar que puede administrar poder, no solo confrontar. Porque una cosa es romper el statu quo desde la tribuna, y otra muy distinta es gobernar un país donde todos, tarde o temprano, te piden algo a cambio.
El fulgor internacional fue un veranito útil. El barro local, en cambio, es permanente. Y ahí no alcanza con la motosierra: hace falta equilibrio, muñeca política y, sobre todo, menos enemigos innecesarios.

