Cuando el aguinaldo cayó en las cuentas, los estatales salieron a comprar como si no hubiera mañana.
En San Juan, los comercios parecían una película de acción: carritos chocando, clientes esquivando miradas sospechosas de maniquíes y cajas registradoras cantando “¡cha-chiiiing!”.
El famoso “dinero navideño” hizo que hasta la señora del kiosco esperara en la fila con ansias dignas de estrenos de cine. El ticket promedio fue de unos $46.000, aunque se escuchó a más de uno decir: “¡Si no lo compro ahora, mañana me arrepiento… y mi suegra me lo recuerda!”.
— Calzado: comprado por pies que quieren llegar cómodos a las fiestas.
— Artículos para el hogar: porque, claro, ¡hay que impresionar a la tía en la cena!
— Celulares y accesorios: para grabar cada minuto de la sobremesa eterna.
Y por si faltaba drama, las tarjetas de crédito fueron las heroínas del momento —como si fueran las capas de los superhéroes navideños— cubriendo compras en cuotas que ni Santa Claus podría imaginar.

