En el teatro previsible de la política sanjuanina, la concejal Daniela Berenguer pasó de declarante incendiaria a citada judicial, en un giro tan rápido como incómodo: ahora deberá explicar ante el fiscal Adolfo Díaz lo que antes gritaba sin filtro frente a un micrófono.
La historia arranca con la muerte del fotógrafo Alberto Quiroga, un caso que ya venía cargado de sospechas sociales, indignación vecinal y ese clásico cóctel criollo donde la verdad compite con la desconfianza.
Pero Berenguer decidió no jugar a la prudencia: pateó el tablero. Cuestionó la autopsia, dudó de las conclusiones oficiales y lanzó una frase que no buscaba esclarecer, sino incendiar: básicamente acusó al sistema de tomar a todos por idiotas.
Y claro… cuando uno prende fuego la pradera, después no puede sorprenderse si aparece el bombero… o el fiscal.
Porque mientras la investigación sostiene que la muerte fue producto de un accidente —con datos técnicos, pericias y una narrativa bastante cerrada— , la concejal eligió el camino más rentable en términos políticos: sembrar dudas, amplificar el malestar y subirse al enojo colectivo como si fuera una ola electoral.
El problema es que la indignación sirve para juntar likes… pero también puede terminar citada a declarar.
Ahora el escenario cambia: ya no hay redes, ni micrófonos amigos, ni frases para la tribuna. Hay expediente. Hay fiscal. Y hay que sostener con pruebas lo que antes se gritó con bronca.
Porque en política, jugar a la sospecha es gratis…
hasta que te pasan la factura en tribunales.
Y ahí, curiosamente, el discurso empieza a pedir pruebas.

