No es una película de terror ni una exageración sindical. Es la realidad brutal que viven los 136 trabajadores del Sanatorio CIMYN, abandonados a su suerte tras el anuncio sorpresivo y cobarde del cierre de la clínica. El viernes se comunicó el fin de sus actividades, dejando a médicos, enfermeros, técnicos, administrativos y personal de limpieza en el aire. Sin certezas. Sin respuestas. Sin plata.
Este lunes, los trabajadores salieron a la calle. Se plantaron en la puerta de la Subsecretaría de Trabajo exigiendo lo mínimo: que el Estado intervenga y que los empresarios den la cara. Como resultado, se logró la declaración de una conciliación obligatoria, que tendrá lugar este martes a las 9.30. Una instancia que puede significar todo o nada.
“Hemos mantenido una reunión con el subsecretario, nos declaró la conciliación obligatoria. Eso es lo que pudimos conseguir”, dijo Mariana Bravo, delegada de los trabajadores, con la dignidad de quien defiende lo que es suyo ante el desprecio empresarial.
Los trabajadores no están cobrando. Este mes, apenas vieron el 50% de sus salarios, mientras los directivos guardan un silencio criminal. “Lo de los vouchers es pasado. Hoy queremos lo que nos corresponde: el sueldo completo”, sentenció Bravo.
El conflicto ya no es sólo laboral. Es moral. Es humano. Es un retrato feroz de cómo el capital privado abandona a sus trabajadores cuando ya no puede exprimir más ganancias.
“CIMYN no es cualquier clínica. Tiene historia, tiene nivel, tiene pacientes. Y tiene trabajadores que lo sostienen desde siempre. Cerrar esto sería una tragedia”, afirmó la delegada, entre bronca e incertidumbre.
Este martes, en la Subsecretaría de Trabajo, se define una parte del futuro. Pero la otra parte —la lucha, la calle, la resistencia— ya empezó.