Era una tarde como cualquier otra: el sol pega, la Coca-Cola corre y un pobre repartidor laburante estaba cumpliendo su noble misión de entregar gaseosas (posiblemente camino a salvar una asamblea familiar de domingo). De pronto, dos genios del crimen —con más ambición que puntería— lo frenan para pedirle amablemente la recaudación del día: ¡un millón de pesos!
Como buenos emprendedores del hampa, después de exigir el botín el diálogo sube de tono, hay un forcejeo… y ¡BANG BANG! El repartidor se lleva varios recordatorios metálicos —no pedidos, disparos reales— cortesía de uno de los ladrones.
Los muchachos, con más cara que habilidad, se escabullen rumbo al mismísimo Barrio 7 Conjunto 2 para empezar a planificar cómo gastar ese millón
Pero ¡esperen! La justicia también estaba en modo “¡sorpresa!” . A dos horas del desastre gaseoso, la policía dice: “Este chico tiene cara de haber protagonizado algo así…” y lo aprehende mientras armaba un escándalo digno de reality show policial.
Hoy Franco Bela —sí, ese mismo— está en la comisaría más prestigiosa del barrio, donde le labraron varios cargos y él sigue defendiendo que solo quería invertir en gaseosas premium con ese millón… y nada más (versión no confirmada por la fiscalía).
Mientras tanto, el pobre repartidor, además de contar anécdotas dignas de una serie dramática, probablemente ya está pensando en cambiar de carrera… o en llevar chaleco antibalas para el próximo turno.

