Cansados de vender motos, los “visionarios” de Branka Motors decidieron inventar una nueva actividad económica: el arte de hacer desaparecer motos antes de entregarlas (y cobrar por adelantado, claro). En la intersección de 25 de Mayo y Avenida Rioja, se armó una cola de compradores confundidos y un poco estafados, quienes aseguran que sus motos debían aparecer en 7 a 20 días, pero llevan hasta cinco meses esperando como si fuera el tren bala que nunca llega. Una clienta desesperada comentó que ahora su moto solo existe en un contrato misterioso lleno de nombres que parecen sacados de una novela de fantasía… o de un videojuego mal traducido. Prometieron motos “patentadas y listas para usar”, pero lo único que llegó fue el contrato con más letra chica que libro de hechizos y la noticia de que “hay que pagar flete, patentamiento, combustible para sueños y esperanza” (no está en el contrato, pero casi). Además, los empleados, con la misma certeza que un gurú de feria, responden siempre lo mismo:
“No sabemos nada, yo laburo para alguien que trabaja para otro, tal vez para un extraterrestre”.
La Policía tuvo que intervenir, porque la gente ya estaba organizando una versión local de “Salvar a las Motos Perdidas”. Por si fuera poco, alguien fue detenido intentando sacar una moto por la fuerza… ¡porque al menos esa sí existía! (spoiler: no era regalo). Los compradores, con más paciencia que un santo, exigen que alguien (dueño, gerente, holograma oficial) dé la cara antes de que la situación pase de “incumplimiento” a “este hijo de puta le parto una moto en la cabeza».

