SANTIAGO.– En sus últimas horas como jefe de Estado, el presidente chileno Gabriel Boric lanzó una dura crítica final contra Donald Trump y puso fin a cuatro años de una relación bilateral marcada por tensiones y desencuentros.
La reacción de Boric se produjo después de que Trump se refiriera con tono burlón al hundimiento de una fragata iraní frente a Singapur, un incidente que dejó 104 muertos y 32 heridos. Ante periodistas, el presidente estadounidense ironizó sobre el hecho al preguntarse por qué no habían capturado la nave para usarla. “Me aconsejaron que no, que era más divertido hundirlo”, remató, desatando risas entre los presentes.
El mandatario chileno respondió difundiendo el video de esas declaraciones en su cuenta de X. “Este es el personaje que algunos admiran y le rinden pleitesía”, escribió. A pocas horas de dejar el poder y entregar la banda presidencial a José Antonio Kast, Boric afirmó sentirse orgulloso de haber mantenido una posición firme frente a lo que calificó como la “banalidad del mal”.
En paralelo, el presidente saliente dejó también una reflexión más personal sobre el peso de gobernar. En una entrevista televisiva emitida en la víspera del cambio de mando comparó el ejercicio del poder con la geografía chilena: “Gobernar Chile es como tener la cordillera en la espalda: algo hermoso, pero muy pesado”, dijo.
El cruce con Trump no fue un episodio aislado, sino el punto final de una relación diplomática que se deterioró con fuerza en los últimos meses. El momento de mayor fricción llegó el 20 de febrero, cuando la administración estadounidense revocó las visas de tres funcionarios del gobierno chileno.
La medida afectó al ministro de Transportes, Juan Carlos Muñoz; al subsecretario de Telecomunicaciones, Claudio Araya; y a un técnico vinculado al proyecto del cable submarino entre Chile y China, una iniciativa estratégica que conecta Sudamérica con Asia a través del Pacífico. La Casa Blanca justificó la decisión al afirmar que los funcionarios habían respaldado actividades que “comprometieron infraestructura crítica” y “erosionaron la seguridad regional”.
Detrás de ese episodio asoma la creciente disputa tecnológica y comercial entre Estados Unidos y China. El embajador estadounidense en Santiago, Brandon Judd, ya había manifestado la incomodidad de Washington frente al proyecto del cable transpacífico con el gigante asiático. Boric reaccionó con indignación y calificó la sanción como una medida “arbitraria, unilateral y sorpresiva”, que –según dijo– vulneraba la soberanía chilena.
Las diferencias entre ambos líderes venían acumulándose desde hace años. Boric nunca ocultó su rechazo político al magnate republicano. En distintas ocasiones lo describió como un “nuevo emperador” y aseguró que Trump “representa todo lo que rechazo”. También cuestionó la política arancelaria de Washington, a la que acusó de socavar el comercio multilateral y las instituciones internacionales.
Incluso en foros globales como la Asamblea General de las Naciones Unidas, el mandatario chileno dirigió críticas directas al líder estadounidense. Allí cuestionó su postura frente al cambio climático y calificó sus posiciones como “mentiras” que debían ser combatidas. También reprochó presiones de la Casa Blanca sobre el Museo Smithsonian, que buscaban modificar la forma en que se presenta la historia de la esclavitud en Estados Unidos.
Uno de los episodios más comentados fue el desaire al secretario de Estado, Marco Rubio. El funcionario intentó comunicarse directamente con Boric, pero el presidente derivó la conversación al canciller Alberto van Klaveren. La explicación fue protocolar, pero también política: “Los presidentes hablan con presidentes y los cancilleres con cancilleres”, transmitió entonces el entorno del mandatario.
En el escenario internacional, las discrepancias fueron igualmente frecuentes. Boric condenó el bombardeo estadounidense contra instalaciones iraníes en junio de 2025, al sostener que esas acciones vulneraban el derecho internacional. También criticó la presión de Washington sobre Ucrania y cuestionó las declaraciones de Trump sobre una eventual recuperación del control del Canal de Panamá.
Más recientemente, el gobierno chileno rechazó la operación militar estadounidense que culminó con el arresto de Nicolás Maduro en Venezuela, al insistir en que la salida a la crisis debía ser pacífica y multilateral. Esa postura no implicó, sin embargo, una defensa del régimen venezolano: Boric fue uno de los líderes latinoamericanos más críticos de Maduro, a quien definió abiertamente como dictador.
Mientras cerraba su mandato con críticas hacia Washington, Boric buscó al mismo tiempo transmitir una señal de continuidad institucional. En las horas previas al traspaso de mando se reunió con su sucesor, José Antonio Kast, a quien le deseó “suerte y éxito” en una tarea que calificó como “tremendamente compleja”. El gesto buscó bajar el tono a un cambio de gobierno que estuvo marcado por tensiones en las semanas previas, cuando ambos equipos protagonizaron roces por la coordinación del proceso de transición y por diferencias en torno a proyectos estratégicos impulsados por la administración saliente.
La llegada del dirigente conservador al poder abre la puerta a un cambio de tono en la relación bilateral con Estados Unidos. Desde Washington ya anticipan una etapa distinta. El propio Marco Rubio señaló que Estados Unidos espera avanzar en “prioridades compartidas” con la nueva administración chilena.
Agencias AFP, Reuters y diarios Emol y El País

