Mientras la expresidenta Cristina Kirchner calentaba los músculos para el paseíto judicial que la va a dejar con domicilio nuevo, la bancada peronista del Senado estaba ocupada eligiendo si con el aumento se compraban un aire nuevo o pagaban la cuota del crucero por el Danubio. Comprometidos con el pueblo… siempre que el pueblo no pida explicaciones ni facturas.
Los peronistas, ni los radicales, ni los de cualquier partido renunciaron al aumento anunciado. Solamente los libertarios renunciaron al aumento, y entre ellos el Senador sanjuanino Bruno Olivera. ¿Y cómo iban a hacerlo, pobres? Si eso sería traicionar sus más profundas convicciones: la guita primero, la patria después y la dignidad… si sobra.
En una reunión informal del bloque, se escuchó a un senador murmurando:
—“Che, si renunciamos ahora, ¿quién nos devuelve lo ya gastado?”
Otro respondió:
—“No seas salame, eso se llama retroactivo militante.”
Las excusas fueron dignas de una comedia de enredos: que el sueldo de bolsillo no es tanto, que la inflación los afecta como a todos (pero en la parte del sushi), y que “es culpa de Milei, que nos obliga a cobrar más porque nos odia”. Algunos incluso ensayaron la teoría del karma: “Cobro mucho ahora porque antes, cuando era concejal, me alcanzaba justo para el parquímetro.”
Entre Uñac y la senadora ultra K Celeste Giménez hay un pacto tácito de silencio, tipo mafia siciliana: no hablan del aumento, pero se pasan memes por WhatsApp con frases como: “Aumentar es humano, negarlo es peronista”.
Una fuente anónima del bloque contó que a último momento pensaron en donar el aumento a una causa solidaria, pero no encontraron ninguna que fuera más urgente que la propia cuenta del banco.
Y así, sin culpa, sin renuncias y con el sobre más abultado que nunca, los senadores peronistas, radicales, y de cualquier partido, nos enseñan que en tiempos difíciles la patria no se salva, se come. Y si es con pan, choripán, postre y viáticos, mejor.