Murió el Papa Francisco y los medios argentinos entraron en trance místico. Casi que lo canonizan en vivo, como si se hubiera muerto Gardel, Messi y Evita juntos. La sobreactuación fue tan grotesca que por momentos pensé que estaba viendo una parodia. Pero no, era real: los canales de noticias hablaban del Papa como si fuera el tío sabio que nos visitaba todos los domingos… aunque nunca vino. Cosa rara.
Lo más jugoso, sin dudas, fue ver a los políticos mutando más rápido que un Pokémon con anabólicos. Milei, que en campaña lo llamó «representante del maligno», «imbécil» y «defensor del robo», ahora resulta que lo considera “el argentino más importante de la historia”. ¿En qué momento pasó eso? ¿En el vuelo a Roma? ¿O fue cuando se enteró que muerto no le puede contestar?
Dicen que el Papa lo perdonó. Milei tenía más de 50 años cuando lo insultó, pero ahora lo catalogan como «error de juventud». Claro, en Argentina la adultez arranca después de la presidencia, antes somos todos adolescentes con motosierra.
Los medios, mientras tanto, hacen fuerza para que el país entero se ponga el sayo de la devoción. Algunos quieren vuelo oficial para los sobrinos del Papa. ¡Sobrinos! El Papa no los nombró ni en su testamento, pero hay periodistas que ya les arman el viático. En cualquier momento los vemos en el Vaticano repartiendo estampitas y firmando autógrafos. “La familia es lo primero”, dijo un cronista, mientras militaba que el ANSES les pague el hotel.
Del otro lado, los kirchneristas. Señores, si van a rendir homenaje, mínimamente háganlo con algo de memoria. Porque pasaron de decir que Bergoglio era cómplice de la dictadura a colgar carteles con «Hasta siempre, compañero». El peronismo no tiene fondo, pero siempre encuentra una nueva pala. Extrañarán ir a Roma, sacar selfies en los jardines vaticanos y meterle la bandera de La Cámpora al mismísimo vicario de Cristo.
Lo de Macri, curiosamente, fue lo más elegante. Contó una anécdota con su hija y el Papa. No hubo efusividad ni abrazo a la hipocresía. Quizás porque sabía que Francisco lo despreciaba, pero decidió no devolver gentilezas en la tumba. Algo es algo.
En las redes también se cocinó el infierno. Jorge Rial, el gran operador del sofá, dijo que la mujer de Guillermo Francos había viajado al velorio con plata pública. La señora, protestante y con los dos pies en Buenos Aires, le contestó: “Jamás se me hubiera ocurrido. Soy protestante”. Rial quedó tan desubicado como agua bendita en un aquelarre.
¿Y mientras tanto el Congreso? Paralizado. El tratamiento de Ficha Limpia postergado. ¿Por qué? Porque murió el Papa. ¿Y? ¿Qué tiene que ver? Quizás en homenaje a su memoria, el Senado prefirió no hablar de limpieza. Lo justo: Francisco tenía el corazoncito peronista y a esa ley le hacía urticaria.
Claro que hablar del legado es riesgoso. Bergoglio defendió la justicia social, pero jamás se tomó un avión a Ezeiza para saludar a los fieles de su propio país. Justificó la invasión a Ucrania, fue tibio con Venezuela y en Cuba no quiso ni saludar a un opositor. En Latinoamérica, la fe se le mezcló con la ideología, como si el agua bendita viniera con adoctrinamiento de fábrica.
Al final, Francisco fue amado, odiado, aplaudido e insultado… por los mismos. Un Papa para el aprecio y el desprecio. Un símbolo de cómo en Argentina se puede ser todo y lo contrario en la misma semana. La fe no se discute, pero la política sí. Y él eligió jugar en esa cancha.
Ahora Parolin dice que quiere continuar su legado. Que Dios lo asista. Y que no lo crucen con Jorge Rial.