Claro, dentro del peronismo y del bloquismo hay quienes dicen: “¿Por qué cambiar algo que nos favorece?”. Como si eso fuera argumento para mantener también el teléfono con disco y la Playstation 1. Mientras Orrego no quiere escribir leyes que parezcan hechas con molde de torta de cumpleaños propone modernizar, simplificar y dejar de jugar a la ruleta electoral, los nostálgicos del SIPAD se abrazan a la nostalgia como si fuera un álbum de estampitas de hace 50 años.
Para ellos, el SIPAD es: Historia viva, como los sapitos de la fuente de la plaza 25, televisión en blanco y negro, porque a color complica la vida, un libro sagrado, aunque nadie termine de entenderlo. Son aquellos que murmuraban en círculos cerrados: “¿Y si dejamos todo como está? Total, si nadie se entienda… ¡así tenemos excusa para pedir más charlas de capacitación!”. Y mientras Orrego habla de modernizar, simplificar, hacer que el votante entienda qué carajo pasa con sus votos (un concepto revolucionario, dirán los puristas), los pro-SIPAD parecen decir: “No importa si la gente entiende o no: si suena bien y confunde a todos por igual, ¡es democracia de alto nivel!”
Es el síndrome del coleccionista de cosas inútiles: guardan el SIPAD como quien guarda cartas Pokémon de primera edición, sin saber muy bien por qué… pero defendiendo el paquete a muerte. El SIPAD, queridos defensores de lo eterno, es como aquel VHS del que nunca tiraste ni un solo tape: Ocupa espacio, ya nadie lo usa, y cuando intentás ponerlo en cinta… suena horrendo. Pero claro: desarmarlo implica aceptar que la democracia también evoluciona, y eso da tanto miedo como cambiar la cerradura de tu casa, y que no te avisen.

