La lista 26 de Julio denunció fallas en el padrón, que según cuentan funcionaba con un criterio muy propio: algunos compañeros figuraban sin saber por qué y otros, bien vivitos y con credencial en mano, no figuraban ni de casualidad. Un padrón de vanguardia, sin dudas. Casi artístico. Inclasificable.
«Fui a votar y me dijeron que no estaba. Llevo veinte años militando y resulta que soy un fantasma con cuota al día», contó un afiliado, que por las dudas pidió que le confirmen si todavía puede cobrar el aguinaldo.
Pero lo más escandaloso fueron las restricciones a los fiscales. Los dejaron fiscalizar, sí, pero con la misma libertad con que un turista fiscaliza un museo: mirar, no tocar, no preguntar y sobre todo no entender. «Nos pusieron a una distancia tal que veíamos las urnas como se ve la Luna», se quejó uno. «Hermosa, pero inalcanzable.»
Con este panorama, la lista anunció que pedirá la nulidad de los comicios. Una movida audaz: tras años de reclamarle a los gobiernos que cumplan las reglas, ahora le reclaman lo mismo a un sindicato. Un círculo perfecto, casi poético, casi deprimente.
Del otro lado, la lista oficialista, siempre serena, aseguró que todo fue transparente. «El padrón estaba impecable, salvo la gente que sobraba y la que faltaba, que son detalles menores», explicaron, con la misma tranquilidad de quien dice que el avión estaba perfecto salvo por el ala.
Al cierre de esta edición, la urna seguía sin dar declaraciones. Se sabe que contrató abogado y que lo primero que le aconsejó fue no hablar con la prensa ni con los fiscales, que de todos modos estaban demasiado lejos para escucharla.

