La imagen que tenemos hoy de Estados Unidos es la de un país profundamente dividido, separado por la educación, la clase social y la cultura en dos bandos enfrentados que no se soportan entre sí. Cuando vemos al presidente Donald Trump en campaña o echamos un vistazo a las redes sociales, esa percepción se refuerza constantemente. Sin embargo, las encuestas de cara a las elecciones de medio término sugieren que quizás hayamos pasado por alto algo muy importante sobre la Estados Unidos actual. Es un país en plena transformación, con amplios sectores inquietos por el futuro e inseguros respecto de sus lealtades políticas. En otras palabras, es un país cuyo voto está en disputa.
Basta con observar los cambios registrados en apenas dos años. En 2024, Trump obtuvo el 44% del voto hispano, según The New York Times. En una encuesta reciente del mismo diario, apenas el 31% de los hispanos afirmó que planea votar por un candidato republicano al Congreso en las elecciones de medio término. Hace dos años, Trump había reducido a apenas 10 puntos porcentuales la enorme ventaja republicana entre los votantes jóvenes. Hoy, esa brecha es incluso mayor que la registrada durante la elección de Barack Obama en 2008: los demócratas aventajan por 44 puntos a los republicanos en la intención de voto para el Congreso. Se trata de cambios sísmicos que rara vez se producen en un lapso tan breve como dos años.
Pero el tiempo se ha acelerado y los movimientos que antes llevaban años ahora pueden producirse en meses, incluso en semanas. En Brasil, el presidente Luiz Inacio Lula da Silva quedó segundo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, a más de dos millones de votos de distancia de Flavio Bolsonaro. En apenas tres semanas, Lula logró convencer a otros 10 millones de votantes para que lo apoyaran y se impuso con comodidad en el balotaje. Nunca antes, en las elecciones presidenciales brasileñas, el candidato que había quedado segundo en la primera vuelta había conseguido modificar tantas voluntades como para ganar en la segunda.
Vivimos en una era de ansiedad, y eso significa que las personas no están seguras de sus lealtades políticas. En toda Europa, los votantes abandonaron los partidos tradicionales para respaldar nuevas fuerzas, a menudo más extremas, tanto de derecha como de izquierda. Parte de este fenómeno es una reacción al hecho de que los partidos centristas, tanto de derecha como de izquierda, no lograron abordar algunos problemas importantes, como la inmigración ilegal y el colapso del sistema de asilo.
Se los percibía como reacios a promover la integración de los inmigrantes en la cultura mayoritaria y como dispuestos apenas a introducir pequeños ajustes en un Estado de bienestar que se había vuelto disfuncional y estaba agotado. Pero cuando el resultado es un enojo de izquierda que desemboca en disturbios callejeros, históricamente la derecha es la que sale beneficiada. Todo indica que ese patrón se repetirá en Francia, a medida que el país se acerca a las elecciones presidenciales del próximo año.
El desafío para el Partido Republicano
La verdad es que nunca antes tantas personas habían tenido lealtades políticas tan débiles. Una encuesta reciente de Pew reveló que una cuarta parte de los votantes de Trump en 2024 tiene hoy una opinión desfavorable del Partido Republicano. De ellos, apenas la mitad afirmó que apoyaría al candidato republicano al Congreso en las elecciones de medio término. Actualmente, casi la mitad de los estadounidenses se identifica como independiente. Y quienes se inclinan por uno de los partidos no necesariamente lo hacen por una profunda adhesión a sus principios.
Una encuesta de Pew reveló que el 64% de los independientes que se inclinan por los demócratas mencionó el perjuicio que causan las políticas republicanas como una de las principales razones de su preferencia, mientras que apenas el 27% destacó los beneficios de las políticas demócratas. Entre los independientes que se inclinan por los republicanos se observa un patrón similar. Según una encuesta reciente de The Wall Street Journal, el 52% de los demócratas quiere que su partido modere sus posiciones o mantenga el rumbo actual, mientras que apenas el 37% pretende que adopte posturas más liberales.
Los problemas de los republicanos son, en buena medida, autoinfligidos. Los votantes observan los aranceles de Trump y la guerra con Irán y los vinculan directamente con el aumento de los precios y la crisis del costo de vida. Otros aplaudieron el cierre de la frontera, pero no las redadas invasivas y crueles del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) contra presuntos inmigrantes indocumentados. Para otros, la corrupción abierta y descarada durante el segundo mandato de Trump resultó sencillamente intolerable. Pero nada de esto sugiere que hayan dado la espalda a los principales pilares de la agenda MAGA. Un candidato MAGA que adhiriera de manera más coherente a esa ideología y que no fuera narcisista ni corrupto podría recuperar a esos republicanos desencantados.
Aquí se abre una oportunidad para el centro político, pero no alcanzará con decir que los adultos están de vuelta, que exigirán responsabilidades a Trump y que repararán todo lo que destruyó. Necesitan una agenda positiva que permita disipar algunos de los temores sobre el futuro. La mejor propuesta debería combinar ideas de izquierda y de derecha. Mantener la frontera cerrada y reformar el sistema de asilo para impedir que millones de personas puedan ingresar al país aprovechando vacíos legales.
Abordar los costos de la atención médica mediante nuevas tecnologías, pero también utilizando el poder del Estado para reducir los precios y ampliar el acceso (dos objetivos compatibles, porque cuanto más saludable sea la población cubierta por el sistema, más sostenible será). Transformar la educación –con el estímulo y la coordinación de las escuelas públicas– mediante el uso de la inteligencia artificial para ofrecer a cada persona un tutor personalizado. Construir viviendas, muchas y en todas partes. Gravar más el capital y menos los salarios y el trabajo.
Hay que ofrecerles a los estadounidenses una agenda que les resulte convincente, que les transmita la sensación de que es posible abrirse camino hacia el futuro y de que ellos también tendrán un lugar en él. Hacerlo podría permitirles ganar no solo su voto la próxima semana, sino también su lealtad durante los próximos años.

