La historia de Manuela Maggio podría contarse en dos escenarios que, a primera vista, parecen difíciles de conectar: un tambo de Nueva Zelanda, entre vacas, pasturas y madrugadas que comienzan a las cuatro de la mañana, y una pista de patinaje donde una argentina volvió a competir después de años y terminó con una medalla de plata. Entre ambos mundos hay una mujer de 30 años que emigró para ampliar sus horizontes y terminó reencontrándose, a miles de kilómetros de su país, con una pasión de la infancia.
Nació en Pehuajó, en el interior bonaerense, y creció vinculada al campo. Vivió también en Trenque Lauquen y Lincoln. Su padre es encargado de campos en Pehuajó, su madre es ingeniera agrónoma y su abuelo tiene un establecimiento en Lincoln. “Toda la vida mamé el campo”, cuenta a LA NACION. Se formó como técnica agropecuaria en la Sociedad Rural Argentina (SRA) y también estudió un tiempo en la UBA.
Su vínculo con la actividad no quedó en los estudios. Antes de emigrar trabajó durante dos años con su abuelo, donde se desempeñó en agricultura, ganadería y tambo. También tuvo experiencia con drones aplicados al campo. Javier Rosso Alba, su marido, es ingeniero agrónomo recibido en la UBA y había trabajado en un pool de siembra y en distintas empresas del sector.
Se conocieron trabajando en la Rural y, después de casarse, tomaron una decisión que cambiaría sus vidas: “Nos casamos un agosto y en noviembre nos vinimos a Nueva Zelanda a trabajar en un tambo”. Los dos consiguieron desde la Argentina un contrato para incorporarse a una empresa que tiene varios establecimientos lecheros en ese país.
La elección de Nueva Zelanda no fue casual. Querían conocer uno de los principales sistemas lecheros del mundo, aprender sobre producción pastoril y “abrir horizontes”. Era conocer otro idioma, otra cultura y, al mismo tiempo, incorporar herramientas para su vida profesional.
Llegaron en 2022 y el comienzo fue desde abajo, literalmente. Ingresaron como farm assistants, el puesto inicial dentro de un establecimiento: “Empezás ordeñando, lavando cosas, limpiando caca, muy de abajo”.
Ese primer escalón no duró demasiado. Según describe, en Nueva Zelanda existe un camino bastante definido para quienes quieren crecer dentro de los tambos y tienen disposición para capacitarse. En unos tres años, fueron ascendiendo hasta convertirse en herd managers, un puesto ya de responsabilidad dentro del establecimiento.
Hoy su marido está a cargo del tambo y ella continúa como herd manager, además de ser su mano derecha. El hecho de ser matrimonio tampoco fue un impedimento para progresar dentro de la empresa y la experiencia, dice, los convirtió en “un equipo fuerte como familia y también de laburo”.
El establecimiento donde trabajan se llama Willesden Farms. Está ubicado en la zona de Canterbury, al sur, a unos 45 minutos de Christchurch. Son unas 300 hectáreas, divididas en parcelas de alrededor de siete hectáreas para organizar el pastoreo y manejar la demanda de alimento del rodeo.
Allí trabajan con un plantel de 1050 vacas en un tambo rotativo, una calesita de 50 posiciones donde los animales ingresan para ser ordeñados. Durante la época de pariciones, la jornada comienza a las 4 de la madrugada y el equipo se reparte entre buscar las vacas, ordeñar, separar y tratar a los animales enfermos y manejar el calostro de las nuevas madres. Los terneros son apartados desde el primer día y reciben allí calostro y leche.
En primavera, buena parte del trabajo está concentrado en el manejo del pasto. Tres veces por semana miden cuánto crece para definir la alimentación y aprovechar al máximo el recurso, que consideran la alternativa más económica. Actualmente suplementan con alrededor de un kilo de cebada por vaca cuando es necesario.
A diferencia de la Argentina, el sistema neozelandés no pone el foco únicamente en los litros producidos, sino también en los sólidos y la proteína de la leche. Gran parte de esa producción se canaliza a través de Fonterra, la cooperativa de los tamberos, para la elaboración de leche en polvo destinada a la exportación.
“Me encanta trabajar al aire libre, las vacas, siento que tengo cierta sensibilidad con ellas. Me gusta hacer lame cows, hice cursos sobre vacas rengas y las curo; soy como la podóloga de vacas. También soy la que trata a las vacas enfermas. Tengo una sensibilidad especial para curarlas y tratarlas con cariño, con bienestar animal”, cuenta.
Para la joven, el aprendizaje profesional fue acompañado por una transformación personal. Cuando llegó tenía poco dominio del inglés y le costó alejarse de su familia y sus amigos. Pero con el paso del tiempo, esa situación se dio vuelta: aprendió el idioma, armó un grupo de amigos y empezó a sentirse parte del lugar.
“Y ahora soy yo la que más se quiere quedar”, dice. La pareja ya cuenta con residencia temporal y dentro de dos años podría solicitar la permanente. Por ahora no tienen decidido si su futuro estará en Nueva Zelanda o en la Argentina: “Vamos a ir tomando la decisión día a día. No tenemos planes seguros de si volvemos o nos quedamos. Iremos viendo”.
El amor por el patín
En ese proceso de adaptación apareció también un conocido y viejo amor: el patín, con el que había simpatizado a los tres años. Compitió durante su infancia y adolescencia en Pehuajó, Trenque Lauquen y Lincoln. En la Argentina llegó a ser campeona provincial de los Bonaerenses. Pero cuando se fue a Nueva Zelanda, aquella actividad quedó relegada.
Hasta que descubrió las escuelas recreativas de patín en el lugar donde vivía. Primero volvió como pasatiempo, como una forma de distraerse del trabajo. Después decidió tomárselo más en serio. “Necesito mis patines, tengo patines de verdad en mi casa en la Argentina”, se dijo. Sus suegros viajaron a visitarlos y se los llevaron en la valija. “Eran cinco kilos de patín”, recuerda entre risas.
Así comenzó una segunda etapa deportiva. Retomó los entrenamientos mientras trabajaba en el tambo y, en sus días libres, iba a una pista de un club para practicar. Su profesora argentina le preparó la coreografía a través de videos y una profesora kiwi la ayudó con los pasos y el entrenamiento presencial. El desafío era todavía mayor porque la disciplina que eligió, danza, era nueva para ella.
El resultado llegó en julio pasado, cuando se presentó en los nacionales de Nueva Zelanda y obtuvo la medalla de plata. Para la competencia eligió una coreografía acompañada del tango “Se dice de mi”, de Tita Merello. El contraste con su rutina cotidiana no podía ser mayor: después de jornadas que durante la época de pariciones comienzan de madrugada, encontraba en el patín una manera de desconectarse del trabajo.
“En un principio era la distracción del tambo, el desenchufe, era salir e ir a patinar”, describe. Pero aquella actividad que había empezado como una pausa terminó llevándola nuevamente a una competencia nacional.
Y ahora el desafío es mayor: el próximo año quiere participar también en libre, la disciplina que practicó durante toda su vida, que incluye saltos y trompos, además de continuar con la categoría danza. “Este tambo es el mejor trabajo que tuve en mi vida. Estoy muy contenta y cómoda, lo volvería a hacer mil veces; encima sumé mi pasión de chica: patinar”, cerró.

