A poco más de un mes de la llegada del papa León XIV, una parte de la Iglesia argentina parece haber decidido que el Gobierno de Javier Milei no tendrá tregua. Cada homilía, cada declaración y cada aparición pública se transforman en una nueva oportunidad para cuestionar el rumbo económico y social elegido por el oficialismo.
El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva (Que fue 11 años arzobispo de Santa Cruz), volvió a hacerlo. Habló de una Argentina “herida”, “dividida” y “en crisis”, con altos niveles de pobreza. No necesitó mencionar a Milei: el destinatario de buena parte de sus críticas resulta evidente por el contenido de sus cuestionamientos al modelo económico del Gobierno.
Y esto ya no parece un episodio aislado.
Desde sectores de la Iglesia porteña se multiplican los cuestionamientos contra las políticas oficiales: jubilados, discapacidad, endeudamiento, educación, pobreza y libertad económica aparecen una y otra vez como argumentos para marcar diferencias con el Gobierno.
La pregunta es inevitable: ¿cuánto falta para que algunos sectores de la Iglesia reconozcan abiertamente que están haciendo oposición política al Gobierno de Milei?
Porque una cosa es que la Iglesia acompañe a los sectores más vulnerables. Eso forma parte de su misión y nadie debería cuestionarlo. Otra muy distinta es que sus principales referentes conviertan sistemáticamente las dificultades sociales en una plataforma desde la cual cuestionar las decisiones de una administración elegida democráticamente.
El Gobierno puede equivocarse. Puede ser criticado. Sus políticas pueden y deben ser discutidas. Pero también corresponde preguntarse por qué determinadas voces eclesiásticas parecen haber encontrado en Milei un blanco permanente.
Con Milei, el púlpito parece haber recuperado una vieja vocación argentina: convertirse en tribuna política.
La paradoja es notable. Mientras el Gobierno intenta evitar una confrontación institucional con la Iglesia, algunos referentes eclesiásticos no parecen tener el mismo reparo a la hora de confrontar discursivamente con el Gobierno.
Milei habla de transformación económica. Desde el otro lado llega la advertencia sobre la pobreza.
Milei defiende la libertad económica. Desde el púlpito aparece la crítica a sus límites.
Milei sostiene que el ajuste es necesario para cambiar la trayectoria del país. Desde la Iglesia se pone el foco en quienes sufren sus consecuencias.
La discusión es legítima. Lo que resulta discutible es que la Iglesia pretenda participar del debate político sin reconocer plenamente que está participando de él.
Porque cuando un arzobispo cuestiona el modelo económico, habla de pobreza, advierte sobre las consecuencias sociales de las políticas gubernamentales y llama a no aceptar determinadas concepciones de la libertad económica, ya no estamos solamente frente a una reflexión religiosa. Estamos frente a una intervención en uno de los debates políticos centrales del país.
Y mientras tanto, la Casa Rosada se muerde la lengua.
Milei y sus funcionarios evitan abrir una guerra con la Iglesia. Saben que cualquier choque frontal sería utilizado para alimentar todavía más la confrontación. Por eso responden las segundas líneas mientras las primeras mantienen silencio.
Pero el silencio del Gobierno no significa que las críticas no existan.
La Iglesia habla. La Iglesia cuestiona. La Iglesia marca diferencias. Y el Gobierno recibe, una y otra vez, el impacto político de esas intervenciones.
Quizás sea hora de llamar a las cosas por su nombre: hay sectores de la Iglesia argentina que están ejerciendo una fuerte crítica política al Gobierno de Milei.
Pueden hacerlo. En democracia tienen todo el derecho.
Pero si van a entrar en la discusión política, sería saludable que lo hagan sin esconderse detrás del púlpito.
Porque una cosa es predicar.
Y otra muy distinta es hacer oposición.

