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Descreídos del mundo, a no desesperar

Última actualización: 26 de septiembre de 2026 7:58 am
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De chico fui buen deportista. Lo digo en el sentido de que hacía deporte, me gustaba. Lo mío eran el fútbol y el tenis. Por alguna razón, al promediar los 30, cuando ya tenía una vida estable de pareja, fui abandonando el deporte y me entregué a un indolente sedentarismo. El elogio mediático del cuerpo sano y entrenado, junto con la benévola insistencia de mi mujer, me llevaron el año pasado a inscribirme en un gimnasio. Como en otros intentos anteriores, no duré mucho. La única recompensa al contado del esfuerzo por el esfuerzo mismo era lo bien que me sentía bajo la ducha tras una hora de levantar peso con brazos y piernas. Esta zanahoria puesta al final de esa sesión programada de sufrimiento consentido y compartido no resultó incentivo suficiente. Empecé a ralear mis idas al gimnasio hasta que un día tuve que admitir que, de facto, lo había dejado. A partir de ahí, me quedé con el único ejercicio que disfruto mientras lo practico: caminar. Caminar sin rumbo fijo, durante una hora o una hora y media. No solo le hace bien a mi cuerpo, sino también a mi cabeza. Siento la recompensa en el ánimo. Y no después, sino durante. Ese andar a la deriva, al que por lo general me entrego después del día de trabajo, me devuelve al contacto directo con la realidad, con la gente y las cosas, y me reconcilia con el mundo.

Quizá por eso me pegó fuerte una frase de Gilles Deleuze que leí esta semana en un libro que abrí al azar: “Lo que más nos hace falta es creer en el mundo, así como suscitar acontecimientos, aunque sean mínimos, que escapen al control, crear nuevos espacio-tiempos, aunque su superficie o su volumen sean reducidos”.

No leí ningún libro de Deleuze. Lo tengo en mi radar, equivocado o no, como uno de esos filósofos franceses importantes pero complicados, más para consumo de la academia que para los ciudadanos de a pie como yo. Podría decir, sin embargo, que la frase me tocó en mi condición literal de ciudadano de a pie: la relacioné enseguida con mis caminatas. Lo más importante del “reducido espacio-tiempo” que me agencié con mis paseos es, precisamente, que me hace creer en el mundo. O volver a creer, en rigor. Y lo necesito, porque desde hace un buen tiempo ando bastante descreído.


La soberbia de estos líderes, sospecho, nace de un resentimiento que los ciega y los lleva a buscar revancha


Es un sentimiento que creció dentro de mí antes de la pandemia. Una sensación difusa pero persistente, como de desposesión; como si el mundo, que era mi hogar, se hubiera convertido en una amenaza. La pandemia profundizó esa percepción, que allí quedó tras el paso del Covid. Como si el escenario en el que desplegamos nuestra vida se hubiera resquebrajado y fuera a tragarnos, o como si el iluminador de la puesta, en pleno despliegue de la obra, hubiera cambiado una luz diáfana por otra que traza sobre la escena perfiles engañosos e inquietantes. Amenazantes. Así, el sabor de la vida se vuelve amargo. Se instala en tu conciencia, aunque no te lo digas con estas palabras, que no sos más que un sobreviviente. Y el sobreviviente, desde la precariedad en la que persiste, está siempre en guardia. Tiende a desconfiar. De todo y de todos. Esa desconfianza te acompaña como una sombra, como un velo que empaña incluso las horas más despreocupadas y las alegrías cotidianas.

Hoy la amenaza de contornos más definidos, aunque al mismo tiempo infunda temor por lo que tiene de desconocido y difuso, es la inteligencia artificial. En el orden global, poco podemos hacer. Estamos en manos de autócratas que, por ambición económica o geopolítica, presumen de tener a la IA bajo control, cuando quienes saben del asunto hablan de un peligro “real e inminente” y admiten que el desarrollo de esa inteligencia desalmada e insomne ya corre por cuenta de ella, en un proceso que escapó a la comprensión de sus creadores. La soberbia de estos líderes, sospecho, nace de un resentimiento que los ciega y los lleva a buscar revancha. No le daría a esta gente el timón del Titanic. La historia, en este caso, aún no está escrita, pero reclama una humildad de la que estos señores carecen.

La IA es fruto de la razón pura, aislada de otros atributos humanos. Y así actúa. Pero no soy pesimista ni quiero serlo. Quiero volver a creer en el mundo. Eso necesitamos, dice Deleuze, y tiene razón. En el fondo, se trata de un desafío que los descreídos tenemos que resolver por las nuestras, en el día a día. Y con pequeñas cosas, como dice el filósofo francés. Cada quien tendrá las suyas. Puede ser la lectura, que nos devuelve a condiciones hoy escasas, como la complejidad, la lentitud, la soledad y la libertad de imaginar. O la escucha completa de un disco. O el bordado o el dibujo, no importa. Cualquier cosa que nos permita recuperar la capacidad de atención y el silencio que las redes sociales nos han ido robando.

A mí me están resultando las caminatas. En ellas dejo atrás las pantallas y ahí empieza mi verdadera conexión. Entro en contacto directo, sin mediaciones, con el mundo, que no me pide nada, simplemente se abre y se ofrece en imágenes reales que se suceden a mi paso. En ese momento cancelo en el acto las deudas que por este tiempo nos abruman, mandatos sociales o profesionales de mayor productividad, de mayor éxito, de mayor rentabilidad, de mayor consumo, multiplicados por la misma lógica del vértigo digital. De pronto me quité el velo y me doy cuenta de que bajé la guardia. Estoy a salvo y soy más que un sobreviviente. Volví, y el mundo me da la bienvenida.




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