Hay algo admirable en la política argentina: cuando parece que ya no queda nada más para gravar, siempre aparece alguien con una calculadora y una idea.
Ahora la propuesta viene de Máximo Kirchner: crear el Impuesto a las Transferencias Internacionales de Capital, un gravamen del 3% sobre determinadas operaciones que impliquen sacar capitales al exterior, con un adicional de 2% para ciertos destinos. El proyecto estima recaudar unos $2,89 billones.
¿Otro impuesto? Sí. Porque aparentemente los anteriores estaban aburridos y necesitaban compañía.
Argentina ya no tiene un sistema tributario.
Tiene una colección.
Hay impuestos para comprar.
Para vender.
Para trabajar.
Para contratar.
Para importar.
Para exportar.
Para consumir.
Para ahorrar.
Y ahora aparece uno más para cuando la plata intenta cruzar la frontera.
La pobre plata argentina debe sentirse como un preso intentando salir de Alcatraz.
—“¿A dónde vas?”
—“Al exterior.”
—“¿Tenés permiso?”
—“No.”
—“Entonces dejá el 3% en la mesa.”
Y si quiere ir a determinados destinos:
—“Son 5%.”
Bienvenida a Migraciones, señora billetera.
💰 EL ESTADO DESCUBRIÓ OTRA VEZ LA FÓRMULA MÁGICA
Cuando las cuentas no cierran, tenemos dos caminos.
El camino difícil:
producir más.
Invertir.
Exportar.
Mejorar la productividad.
Simplificar impuestos.
Bajar costos.
Generar empleo.
Atraer capital.
Crear condiciones para que una empresa quiera poner un peso en Argentina sin llamar primero a su abogado, a su contador y a un cardiólogo.
O podemos elegir el camino argentino:
“¿A quién todavía no le cobramos?”
Mucho más sencillo.
No hace falta una estrategia de desarrollo.
Hace falta una lapicera.
No hace falta una revolución productiva.
Hace falta modificar una alícuota.
No hace falta generar riqueza.
Hace falta encontrar dónde está escondida.
🏃♂️ EL CAPITAL QUIERE IRSE Y EL ESTADO LE COBRA PEAJE
Hay una escena maravillosa.
Un empresario quiere transferir capital al exterior.
Y aparece el Estado:
—“¿Adónde va?”
—“A invertir.”
—“Perfecto. Son 3%.”
—“¿Por qué?”
—“Porque se va.”
—“¿Y si me quedo?”
—“Después vemos qué impuesto te cobramos.”
Eso sí es inclusión tributaria: nadie queda afuera.
El proyecto contempla excepciones para determinadas operaciones, entre ellas algunas vinculadas con salud, educación, importaciones e inversiones productivas.
Pero el concepto de fondo resulta bastante argentino:
si el dinero se mueve, cobramos.
Si se queda, cobramos.
Si trabaja, cobramos.
Si consume, cobramos.
Si invierte, cobramos.
Y si finalmente no viene:
preguntamos por qué los empresarios no confían en Argentina.
🎪 LA ARGENTINA DEL IMPUESTO PERPETUO
Tenemos una tradición nacional fascinante.
Todo impuesto nace con fecha de vencimiento.
“Es temporal.”
“Es extraordinario.”
“Es por única vez.”
“Es para atravesar la emergencia.”
Y después pasan los años.
La emergencia se jubila.
El impuesto sigue trabajando.
Es el único argentino que nunca pierde el empleo.
Lo que nació como excepción termina convertido en costumbre.
Y cuando alguien pregunta cuándo se elimina:
—“Bueno… todavía necesitamos recursos.”
Claro.
El Estado siempre necesita recursos.
La pregunta incómoda es:
¿alguna vez necesita gastar menos?
Porque ésa es la parte que suele desaparecer misteriosamente de la conversación.
🧮 EL GRAN INVENTO: RECAUDAR SIN PREGUNTARSE POR QUÉ
El problema no es que el Estado recaude.
Naturalmente que tiene que recaudar.
El problema aparece cuando la creatividad fiscal supera ampliamente a la creatividad productiva.
Para inventar un impuesto:
un proyecto de ley.
Para generar una empresa:
capital, trabajo, crédito, infraestructura, estabilidad, reglas previsibles, mercado y varios años de paciencia.
¿Adivinen cuál es más fácil?
Exactamente.
La lapicera gana por goleada.
Por eso cada vez que aparece un agujero fiscal surge el funcionario creativo:
—“Tengo una idea.”
Y el contribuyente tiembla.
Porque en Argentina, cuando un político dice:
“Tengo una idea para recaudar”
la billetera empieza a hacer las valijas.
🥁 Y ACÁ ESTÁ EL PROBLEMA DE FONDO
Un país serio debería preguntarse:
¿Cómo hacemos para que haya más producción?
Nosotros muchas veces preguntamos:
¿A quién todavía podemos cobrarle?
Esa diferencia parece pequeña.
No lo es.
Una cosa genera riqueza.
La otra distribuye una riqueza que primero alguien tuvo que producir.
Porque hay una verdad bastante antipática:
el Estado no fabrica riqueza simplemente porque cobre impuestos.
Puede recaudar.
Puede redistribuir.
Puede financiar servicios.
Puede invertir.
Pero antes tiene que existir algo para recaudar.
Y ese “algo” no aparece porque un diputado lo escriba en un proyecto.
Aparece cuando alguien abre una fábrica.
Contrata empleados.
Compra una máquina.
Exporta.
Innova.
Arriesga capital.
Trabaja.
Produce.
Y paga impuestos.
Muchos impuestos.
🇦🇷 EL CONTRIBUYENTE: EL ÚNICO CLIENTE QUE NO PUEDE DARSE DE BAJA
El argentino que produce tiene una relación muy particular con el Estado.
El Estado le dice:
—“Necesito más.”
El contribuyente:
—“Pero ya pago.”
—“Sí.”
—“¿Y qué recibo?”
—“Un nuevo impuesto.”
Excelente servicio posventa.
Es como Netflix, pero al revés.
Netflix te cobra para que puedas mirar contenido.
El Estado te cobra y después te explica que el contenido llegará próximamente.
💣 EL REMATE
Y acá está la verdadera discusión.
No se trata simplemente de estar a favor o en contra de un impuesto.
La pregunta es mucho más brutal:
¿Queremos un país que recaude cada vez mejor o un país que produzca cada vez más?
Porque si cada vez que falta plata la solución es inventar otro impuesto, llegará un momento en que no quedará nada para gravar.
Aunque, tranquilos.
La política argentina encontrará la solución.
Cuando ya no quede patrimonio, ni consumo, ni ahorro, ni empresas, ni capital para gravar…
nos cobrarán impuesto por haber tenido la mala educación de nacer en Argentina.
Y si tampoco alcanza…
impuesto al impuesto.
Eso sí sería desarrollo sostenible:
el Estado creciendo a costa de una economía que se achica.
Porque hay una diferencia entre gobernar un país y administrar una alcancía.
La alcancía se rompe cuando se le pega demasiado.
Y el día que la Argentina deje de preguntarse “¿cuánto más podemos cobrar?” y empiece a preguntarse “¿qué tenemos que hacer para que haya mucho más para todos?”, quizá descubramos algo revolucionario:
que la riqueza no se recauda.
Primero se crea.

