No hay carta que lo salve: la última cobardía de un femicida
Camila Vecchiarello tenía 26 años, esperaba un hijo y le arrebataron la vida en Barreal. El principal acusado de matarla, Carlos Gonzalo Rivero, tuvo tiempo de sentarse a escribir antes de que lo detuvieran. Y en ese último gesto, eligió no la verdad ni la responsabilidad, sino la actuación de siempre: la del hombre que se victimiza incluso después de haber matado.

Pide perdón, sí, pero un perdón que no vale nada cuando llega después de haber apagado una vida. Habla de «locura», como si eso explicara algo, como si un arrebato pudiera borrar la planificación, la violencia, el desprecio por otra persona que hace falta para llegar a un femicidio. No es locura: es la lógica de quien decide que puede disponer de la vida de una mujer.
Lo más indignante no es solo el crimen —que ya es lo suficientemente indignante— sino lo que vino después en sus propias palabras: en lugar de usar ese espacio para hacerse cargo, lo usó para insultar a una institución, para quejarse de supuestas injusticias hacia él. Ni una palabra real de reflexión sobre la vida que truncó, sobre el bebé que nunca va a nacer, sobre una familia destrozada para siempre. Hasta el final, el foco lo puso en sí mismo.
Eso no es arrepentimiento. Es la confirmación de todo lo que ya se sospechaba: un hombre que nunca vio a Camila como una persona con derecho a existir por fuera de él.
La Justicia investiga esto como lo que es: un femicidio. Y ninguna carta, por más lastimera que suene, cambia esa palabra ni alivia lo que se perdió.

