Los mensajes apocalípticos sobre los peligros que entrañan los más recientes avances tecnológicos vuelven a estar a la orden del día. En muy poco tiempo, para los más críticos de esta forma de progreso, el incesante desarrollo de la inteligencia artificial (IA) dejó de ser solo una herramienta que podría dejar sin empleo a buena parte de la población mundial. Pasó a convertirse en una amenaza para nuestro propio potencial creativo, al extremo de transformar a los seres humanos en eternos prisioneros de bots en los que podríamos delegar no solo el trabajo, sino también el pensamiento independiente y hasta las decisiones más esenciales. Pero todo podría ser incluso peor si nos atenemos a la profecía de Jacob Coxon, el exinvestigador tecnológico de las empresas Anthropic y Open AI que acaba de vaticinar que “la IA podría matarnos a todos” antes de que concluya el año 2030.
A lo largo de varias décadas, la saga cinematográfica Terminator, creada por James Cameron y estrenada en 1984, fue uno de los mayores ejemplos de la ciencia ficción apocalíptica, con la idea de que un sistema de defensa informático, denominado Skynet, podía adquirir conciencia y procurar el exterminio de la humanidad. Con su advertencia, Coxon puso esa pesadilla del cine sobre el tapete, aunque el peligro que él describe no se relaciona con robots humanoides munidos de armas láser, sino con la “automejora recursiva”, capaz de generar que un sistema de inteligencia artificial avanzado pueda empezar a diseñar versiones de sí mismo cada vez más poderosas y acelerar velozmente sus capacidades, incluidas las de hackear infraestructuras, tomar el control de recursos críticos y provocar desastres biológicos y cibernéticos a escala global.
Habría razones para otorgar cierto crédito a la advertencia de Coxon. El propio jefe de seguridad de Anthropic, Evan Hubinger, dijo que hay más de un 10% de probabilidades de que la IA termine matando a todos los seres humanos durante la próxima década, ante la alternativa de que esos sistemas escapen del control humano. La misma empresa acaba de informar que frustró varios complots en los que se emplearon sus modelos de IA para el potencial desarrollo de armas biológicas.

Entre nosotros, BTR Consulting difundió su Informe Cibercrimen 2026, en el que concluye que la IA está acelerando la industrialización del delito. Advierte que los ciberdelincuentes la emplean para generar contenido fraudulento, automatizar ataques y campañas de ingeniería social, descubrir vulnerabilidades, desarrollar código y optimizar procesos de intrusión. Y señala que la automatización permite que estas operaciones funcionen de modo permanente, sin restricciones horarias y con capacidad de adaptación continua.
Distintos países vienen intentando regular la IA para evitar riesgos tales como la pérdida de control de modelos avanzados y mitigar su impacto en el plano laboral y en el medio ambiente. La Union Europea encabeza la regulación mundial a través de la AI Act, que prohíbe prácticas que vulneren derechos fundamentales, el reconocimiento biométrico masivo en tiempo real y la manipulación del comportamiento, además de imponer auditorías de transparencia para evitar la desinformación e impedir que modelos hiperavanzados puedan ser utilizados con fines armamentísticos o escapar al control humano.
El auténtico peligro de la inteligencia artificial tal vez no pase por una violenta rebelión de las máquinas, sino por la tentación de las personas a entregarse al hedonismo, a renunciar al pensamiento crítico y a su propia autonomía
En Estados Unidos, una ley de producción de defensa obliga a las empresas desarrolladoras a informar al Estado cuando entrenen modelos masivos que puedan representar un riesgo biológico, nuclear o cibernético. China, por su parte, fijó un modelo centralizado a través de la Administración del Ciberespacio, donde los algoritmos no pueden operar si muestran signos no alineados con los valores que impone el Estado.
La propuesta del gobierno de Javier Milei en materia de IA se ubica en el extremo opuesto de la Unión Europea y de las corrientes reguladoras. Su estrategia no se basa en restricciones estatales, sino en eliminar las regulaciones para atraer inversiones tecnológicas y transformar a la Argentina en una suerte de paraíso o polo global de la IA. En un reciente artículo que publicó en Financial Times, el presidente argentino sostuvo que Buenos Aires debe convertirse para la IA en lo que Amsterdam fue para la era de la navegación desde el siglo XVII. De ahí que propicie un entorno impositivo altamente competitivo para competir con otros mercados por grandes inversiones tecnológicas, al tiempo que propuso reformar la ley de sociedades anónimas para crear la figura jurídica de las corporaciones no humanas o automatizadas, que podrían ser operadas por agentes de IA, algoritmos o robots, sin obligación de contar con directivos o empleados humanos para su funcionamiento. Esta última iniciativa recibió críticas del historiador israelí Yuval Harari, quien advirtió acerca del riesgo de generar “zonas de impunidad programada” en las que entidades no humanas tomen decisiones corporativas sin responder con su propio cuerpo o patrimonio por eventuales delitos penales.

Así como el frenético desarrollo de la IA abre infinitas posibilidades en todos los ámbitos, también plantea innumerables interrogantes que ameritan promover un debate, a partir de una amplia convocatoria del Gobierno que incluya a filósofos, tecnólogos, juristas, psicólogos y educadores, entre otros especialistas, capaces de sentar las bases de una política de Estado para que el país pueda beneficiarse de esta revolución sin que nos venza la incertidumbre.
Los tristes resultados obtenidos por los estudiantes argentinos de 15 años en las últimas pruebas educativas PISA invitan a una urgente discusión. Especialmente, tras las reflexiones de Andreas Schleicher, director de Educación de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en el sentido de que aquellos alumnos que usaron con más frecuencia la IA para sus tareas escolares tuvieron peores desempeños a la hora de resolver problemas matemáticos o de interpretar un texto sin asistentes virtuales.
Quizás deberíamos olvidarnos de Terminator y centrarnos en otra recordada película de 2008, como Wall-E, que advierte sobre los peligros de la automatización desmedida y el desarrollo descontrolado de la IA, creados con el idílico fin de hacer la vida más cómoda, pero con consecuencias devastadoras para una humanidad que pasa a ser rehén de sus propias creaciones. El filme encierra una crítica a quienes, al delegar todas sus capacidades en la tecnología, terminan perdiendo su propia esencia y se convierten en seres sedentarios, obesos y alienados por las pantallas y por la apatía existencial.

Curiosamente, son dos pequeños robots, Wall-E y Eva, quienes sí recuerdan las virtudes que aquellos seres humanos olvidaron, y nos plantean que el auténtico peligro de la inteligencia artificial tal vez no pase por una violenta rebelión de las máquinas, sino por la tentación de las personas a entregarse al hedonismo, a renunciar al pensamiento crítico y a su propia autonomía.

