Los atentados ocurrieron cuando Washington ostentaba el mayor poder relativo de su historia; las guerras de Afganistán e Irak, el ascenso de China y el deterioro de sus alianzas debilitaron su posición dominante, aunque sigue siendo la principal potencia mundial
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Los que tenemos cierta edad podemos contestar al instante si nos preguntan qué estábamos haciendo la mañana en la que dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas, pero la respuesta se vuelve más difícil si se trata del día anterior. Lo que podemos decir con seguridad de ese 10 de septiembre de 2001 es que Estados Unidos era una superpotencia sin rivales que limitaran su poder.
Los actos por los 25 años de los atentados mostraron una cara muy distinta de un país que parece cansado, dividido y peleado con sus aliados históricos. Lejos de Nueva York, Donald Trump aprovechó la ocasión para justificar una guerra contra Irán en la que el ejército más poderoso del planeta está empantanado contra un enemigo mucho más débil. Y a fin de mes, recibirá a Xi Jinping, el líder de una China desafiante que da pasos ambiciosos para recortar la distancia entre las dos potencias.
“Cómo Estados Unidos perdió el rumbo después del 11-S”, planteó un largo ensayo publicado esta semana en The Times de Londres. “Qué salió mal después del 11-S”, se preguntaba una columna en The Wall Street Journal. Los actos de conmemoración pasaron pero un interrogante quedó flotando en el aire con la perspectiva histórica que da el paso de un cuarto de siglo: ¿los atentados iniciaron un declive relativo del liderazgo mundial de Estados Unidos? La respuesta es más compleja que un sí o un no.
“No diría que el 11 de Septiembre fue el momento en que comenzó inevitablemente la decadencia de Estados Unidos. Sí fue el inicio de un prolongado desvío estratégico que lo llevó a malgastar una parte considerable de su poder”, dice a LA NACION Francisco de Santibañes, presidente del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI).
Juan Negri, director de Estudios Internacionales de la Universidad Di Tella, coincide en que los atentados no causaron un declive norteamericano, pero sí fueron un “punto de inflexión” que obligó a Estados Unidos a usar el enorme poder que tenía de una manera menos eficiente.

“El 11 de Septiembre ocurre en un momento en que Estados Unidos atravesaba el mayor nivel de poder relativo de su historia, después de la Guerra Fría. Sin embargo, los atentados generan una serie de desafíos cuya respuesta termina desviando recursos y atención mientras China seguía creciendo”, dice a LA NACION.
Juan Gabriel Tokatlian, uno de los analistas internacionales más escuchados del país, piensa que el ataque a las Torres Gemelas debe entenderse “como un evento simultáneamente imprevisto y catalizador de una estrategia de Estados Unidos aún vigente a pesar de sus reiterados fracasos”.
Tokatlian explica que para entender el proceso hay que remontarse al fin de la Guerra Fría, cuando entre círculos neoconservadores empezó a pensarse un reemplazo a la tradicional estrategia de contención que había dominado la política exterior de Estados Unidos hacia la Unión Soviética. En 1992, el entonces secretario de Defensa de George H. W. Bush, Dick Cheney, elaboró la llamada Guía de Planificación de la Defensa, un “documento trascendental” que apuntaba a promover una nueva estrategia de primacía, según la cual Washington no debía tolerar el surgimiento de una potencia de igual talla.
“Se trató de una estrategia maximalista que despertó el rechazo incluso de un gran aliado como Europa. Fue tan controvertida que la Guía de Planificación de la Defensa se retiró. Pero, en esencia, su principio guía quedó establecido: la preponderancia absoluta de Estados Unidos en los asuntos mundiales”, dice a LA NACION.
Bush padre no consiguió la reelección y con Bill Clinton se inauguró una suerte de vía intermedia entre la vieja estrategia de contención y la estrategia de primacía. Pero el complot de Al-Qaeda le daría a Cheney, ahora como vicepresidente de George W. Bush, la revancha.
“Los atentados terroristas de 2001 se convierten en el detonante para racionalizar la urgencia de un viraje total de la política exterior y de defensa en aras de instaurar la estrategia de primacía. Esto no se trató de ninguna conspiración: los neoconservadores y halcones volvieron al poder con Bush hijo y se presentó una oportunidad para articular e imponer la primacía”, sentencia Tokatlian.
El primer objetivo de lo que se llamaría la “guerra contra el terror” fue Afganistán. La campaña militar para derrocar al régimen talibán tenía un objetivo claro y contó con un respaldo internacional amplio. “La intervención inicial en Afganistán para combatir a Al-Qaeda era comprensible y ampliamente legítima. El error fue convertirla en una ocupación de veinte años y en un intento de reconstruir desde afuera el Estado y la sociedad afganos”, señala De Santibañes.
Irak cambiaría todavía más la ecuación. Saddam Hussein no había tenido vínculo con el complot de Osama ben Laden, pero el clima de inseguridad que todavía reinaba en Estados Unidos le dio viabilidad política. “La invasión de Irak fue costosa porque ese país no había participado de los atentados y la guerra alteró el equilibrio regional de una manera que terminó fortaleciendo a Irán”, afirma el presidente del CARI.
“Estados Unidos confundió su enorme superioridad militar con la capacidad de transformar sociedades y construir instituciones”, agrega De Santibañes. “Obtuvo victorias tácticas, pero resultados estratégicos decepcionantes”.
Negri coincide. La cacería de Al-Qaeda y la eliminación de Ben Laden fueron relativamente exitosas, pero “después Estados Unidos se embarcó en proyectos de construcción nacional y ahí fue donde fracasó”.

El fracaso le pasó factura a la imagen internacional de Estados Unidos, dañada también por episodios como el fiasco de las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron o las torturas en Abu Ghraib. El propio Joe Biden, cuando viajó a Israel en octubre de 2023, pidió que no se dejaran “consumir por la ira” y que no repitieran los errores cometidos por su país después del 11 de Septiembre, una advertencia que Benjamin Netanyahu no parece haber tenido en cuenta.
“Aunque terminó imponiéndose militarmente sobre Al-Qaeda, el fracaso de la reconstrucción y estabilización posterior en Irak y Afganistán dañó seriamente la reputación estadounidense”, completa Negri.

Las guerras tuvieron también un alto costo interno, que a la larga terminaría influyendo en el posicionamiento global del país. Uno de sus efectos fue la pérdida de confianza de los propios norteamericanos en su gobierno, luego profundizada por la crisis financiera de 2008, con la aparición de una política más hostil hacia el establishment y una sociedad que durante el mandato de Barack Obama se mostró cada vez más dividida.
“El cansancio provocado por las llamadas ‘guerras interminables’ y la desconfianza hacia las élites de política exterior contribuyeron al triunfo de Donald Trump en 2016 y al surgimiento del America First. Pero fueron una causa entre varias, junto con la desindustrialización, la inmigración y la polarización cultural”, dice De Santibañes.
Tokatlian interpreta los 25 años transcurridos desde el 11 de Septiembre como distintas etapas de una misma estrategia de política exterior. Bush desplegó una “primacía agresiva”, basada en ataques preventivos, unilateralismo y expansión militar. Obama ensayó una “primacía calibrada”, con mayor consulta a los aliados y repliegue parcial. A la estrategia de Trump la califica como “primacía ofuscada”.

“Ha recurrido a una suerte de diplomacia de la sumisión en la que persuadir es fútil y chantajear es imprescindible. Anuncia y aplica un unilateralismo pendenciero, descree de los ámbitos multilaterales, amenaza con el uso de la fuerza y desprecia a muchos aliados históricos”, señala Tokatlian.
Pero si en algo tiene razón Trump es que, a pesar del agua que pasó bajo el puente en estos 25 años, Estados Unidos sigue siendo el país más poderoso del planeta.
“Estados Unidos continúa representando aproximadamente una cuarta parte del producto global y conserva ventajas extraordinarias en materia financiera, militar y tecnológica, especialmente en inteligencia artificial. No estamos ante el derrumbe del poder estadounidense”, dice De Santibañes.
Negri sostiene que la reacción de Estados Unidos tras el 11 de Septiembre implicó una enorme inversión de recursos en Medio Oriente, y que “eso facilitó el ascenso de China”.

“El gran cambio estructural de estas décadas no fue el 11-S, sino el ascenso de China. Los atentados no provocaron ese ascenso, pero llevaron a Washington a enfrentarlo más dividido y después de haber dilapidado recursos, legitimidad y atención estratégica”, complementa De Santibañes.
Un escenario extrañamente familiar al que enfrenta Trump, con un ejército con un faltante crítico de misiles por el doble esfuerzo bélico en Ucrania e Irán y una reasignación de recursos hacia Medio Oriente, como los portaaviones movidos desde el Pacífico. Un movimiento que le saca presión a China, que intenta presentarse como una potencia alternativa más confiable y predecible.
“El 11 de Septiembre obligó a Estados Unidos a una sobreextensión estratégica que luego le dificultó administrar su poder. Sigue siendo el principal poder, pero ya no puede actuar como una potencia incontestada. Lo que sí termina es el período de supremacía indiscutida”, dice Negri.
Tokatlian da un paso más. “Washington, en un cuarto de siglo desde el 11-S, ha mostrado un elocuente declive en su poderío. La primacía no se ha abandonado, pero sus resultados han sido magros y frustrantes para Washington. El nuevo aniversario de los atentados corrobora que el auge gradual y la declinación paulatina de una superpotencia es un hecho histórico que se repite. Solo que la ceguera y obsesión actual de Estados Unidos le impide reconocerlo”, concluye.
Los rivales de Estados Unidos, en cambio, lo ven con claridad. Vladimir Putin, Kim Jong-un y el régimen iraní se animan a poner a prueba los límites del poder de una potencia que hasta hace 25 años parecía no tenerlos.

