«También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?»
Jorge Luis Borges, «Ajedrez (II)»
*
Un niño de nueve años va a visitar a un amigo, Josik, a su casa en Varsovia. Como éste se encontraba haciendo un mandado, habló algunas palabras con su padre, Friedrebaum, violinista de la Orquesta Filarmónica, que mantenía reposo por una gripe que lo aquejaba. «¿Sabe jugar al ajedrez?», le preguntó el músico. El niño no sabía. Pocos segundos después, aparecieron delante de él un tablero, pequeñas torres, alfiles, reinas, reyes, peones y caballos, y Fridrebraum le explicó los términos y movimientos del ajedrez. A partir de ese momento la vida de ese niño, llamado Mieczyslaw, haría su primera jugada.
Treinta años después, el ajedrez terminó siendo el refugio y su salida ante el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Argentina sería su destino. Su nombre a partir de 1939 será el de Miguel. Miguel Najdorf.
Miguel Najdorf, en 1994.
Najdorf nació en Varsovia el 15 de abril de 1910. Desde muy niño se sintió apasionado por las matemáticas y todo lo que implique el ejercicio de la memoria. La Primera Guerra Mundial (1914-1918) era cosa del pasado, aunque las terribles consecuencias todavía estaban presentes, y seguirían estándolo varios años más. Najdorf, luego de esa revelación en la casa de su amigo, descubrió que el ajedrez iba a estar presente en su vida para siempre, pese a que su madre rechazaba este gusto.
«Yo entonces iba a cuarto o quinto grado. Pronto conseguí un libro de [Jean] Dufresne, sobre ajedrez, y no sólo lo leí, lo aprendí de memoria», contó a la revista Siete Días en mayo de 1981. «A los once años ya era un jugador que competía con cualquiera. Mis estudios de matemática cedieron por el ajedrez. Esta inclinación empezó a preocupar mucho a mi madre. Más de una vez me quemó los libros de ajedrez, que me tenían endemoniado. También hizo un fueguito con el tablero y todas las piezas… pobrecita, ella no sabía, no adivinaba que el ajedrez no sólo iba a ser mi vida, sino que me salvaría la vida…»
Don Miguel Najdorf.
Sin embargo, pese a todo esto, su voluntad fue más fuerte, y a partir de sus 18 años comenzó a participar y a ganar torneos internacionales representando a su Polonia, además de haber conocido a quien consideró una gran influencia para toda la vida: Savielly Tartakower. En 1928, venció en una histórica partida a Gluksberg en apenas 22 movimientos; dos años después, Najdorf alcanzó la categoría de Maestro Internacional; en el año 1935 fue tercer tablero polaco en las Olimpíadas de Ajedrez -entonces llamado Torneo de las Naciones– desarrolladas en su Varsovia, y al año siguiente en Múnich sería plata con su país en el mismo torneo -este de carácter no oficial-, mientras el nazismo era elegido en Alemania.
Hacia 1939, a sus 29 años, Najdorf tenía una vida de ensueño. Con su pareja, Genia -pianista que era prometida de un amigo-, y su hijita de tres años, Lusia, vivían en el número 36 de la calle Targowa en Varsovia: se dedicaba al ajedrez a tiempo completo, tenía el amor de sus amigos, su familia se sentía orgullosa de los logros concretados y su nombre era reconocido. En tal carácter, Najdorf fue llamado a participar para representar a su patria en el octavo Torneo de las Naciones que se iba a desarrollar por primera vez en terreno sudamericano: la ciudad de Buenos Aires sería la sede durante 23 días, entre el 24 de agosto y el 16 de septiembre, en el Teatro Politeama, ubicado en la Avenida Corrientes 1490.
Najdorf disputa un encuentro del Torneo de las Naciones ante el canadiense Yanofsky.
En la comitiva iban a estar, además de él, Tartakower, Paulin Fridman, Teodor Regedzinski y Ksawery Sulik. Su familia iba a acompañar a Najdorf, pero Genia padecía una fuerte gripe que la obligó a quedarse en Polonia con su hija. El 1 de agosto de 1939, con 100 dólares en el bolsillo, el pasaporte y sus ropas, Mieczyslaw despidió a sus amores con el beso correspondiente antes de tomar el barco «Piriápolis» que había fletado el gobierno argentino, presidido entonces por Roberto Ortiz. Najdorf las besó como tantas veces en otras ocasiones para ir a competir a lejanos países. El beso de siempre que solamente decía: «Volveré».
Pero esa sería la última vez que iba a verlas.
Fundados en 1927 de manera oficial, el Torneo de las Naciones -actualmente llamado Olimpíadas de Ajedrez- es la competencia internacional más importante del deporte y se desarrolla por equipos que representan a un país. Organizados por la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE por sus siglas en francés) cada dos años, Argentina es la única nación de Sudamérica que fue sede de este torneo -la siguiente fue en 1978-. En terreno estrictamente americano, solamente Cuba en 1966 logró tal carácter. Los anteriores torneos tuvieron lugar en Londres 1927, La Haya 1928, Hamburgo 1930, Praga 1931, Folkestone 1933, Varsovia 1935 y Estocolomo 1937. En 1939, le tocaba a Buenos Aires. Sin embargo, el clima de época pasaba un momento crítico. En Europa todo hacía parecer que una nueva guerra, parecida a la de 1914 a 1918, estaba a punto de comenzar.
El Gráfico cubrió el Torneo de las Naciones en 1939.
El 21 de agosto el «Piriápolis» ató amarras en la Darsena Norte del Puerto de Buenos Aires y varios medios salieron a recibir a los ajedrecistas. Tartakower declaró al diario La Nación apenas arribado: «Atravesamos una época intranquila, plena de temores (…) Argentina demuestra cómo es posibile reunir a todos los pueblos, amigos o enemigos, en un lance de honor humano y magnífico y no en un lance de guerra. El gesto de la Argentina es más profundamente humano, por el contraste de barbarie que amenaza al mundo en estos instantes».
El 24 de agosto comenzó a las 21 horas en el Teatro Politeama la serie de partidas con el sonar de un gong. El Gráfico, a través de la pluma de Amilcar Celaya, estuvo presente en todas las jornadas dejando por escrito crónicas inolvidables publicadas entre la edición 1051 del viernes 1 de septiembre y la 1055 del 29 del mismo mes. Los países participantes de este torneo fueronArgentina, Alemania, Bélgica, Bohemia y Moravia (actual República Checa), Bolivia, Bulgaria, Brasil, Canadá, Cuba, Chile, Dinamarca, Ecuador, Estonia, Francia, Guatemala, Holanda, Inglaterra, Irlanda, Islandia, Letonia, Lituania, Noruega, Palestina, Paraguay, Perú, Polonia, Suecia y Uruguay. Estados Unidos, Hungría y Yugoslavia faltaron a la cita.
Panorámica del Teatro Politeama durante el Torneo de las Naciones en 1939.
Los jugadores fueron alojados en su mayoría en el Hotel de los Inmigrantes, y algunos de los nombres más importantes de la historia del ajedrez como el cubano Raúl Capablanca, el entonces vigente campeón Alexander Alekhine, Paul Keres, Erich Eliskases, Harry Golombek, entre otros, estuvieron presentes en Buenos Aires. Si bien Argentina abrió las puertas para recibir a los jugadores, el 1 de septiembre, cuando iba apenas una semana del torneo, el mundo despertó con una noticia terrorífica: la Alemania nazi había invadido Polonia dando inicio a lo que se llamó la Segunda Guerra Mundial. Apenas recibida la noticia, por orden de su gobierno, la comitiva inglesa abandonó el Torneo partiendo en un barco a Brasil. Se llamó de urgencia a los capitanes de todos los restantes países para seguir con el torneo evitando emparejar a aquellos que estaban en conflicto y quitaron las banderas representativas. Sin embargo, pocos días después, Alemania y Polonia debían enfrentarse y la partida quedó en tablas.
El Torneo de las Naciones culminó el 16 de septiembre declarando campeona a Alemania con 36 puntos; segunda se ubicó Polonia con 35,5 y Estonia cerró el podio con 33,5. Argentina se ubicó quinta con 32,5, detrás de Francia con 33. En esa misma competencia se dieron medallas individuales: en el segundo tablero, Mieczyslaw Najdorf obtuvo la medalla de oro. H. J. Foerder, de Palestina, se quedó la de plata, y la de bronce quedó en manos de Erik Lundin, de Suecia.
Más de la cobertura de El Gráfico en el Torneo de las Naciones: a la derecha aparece Najdorf.
Finalizada la competencia, la angustia de su destino y del destino de su gente se apoderó de los ajedrecistas europeos. Muchos eligieron irse a Estados Unidos, otros volvieron a sus patrias, pero una nutrida cantidad decidió quedarse en Argentina. Signado por el dolor, sin saber una palabra de español, y con un boleto de vuelta que vendió para sobrevivir, Najdorf tuvo que empezar de cero hasta recibir noticias de su familia.
Iba a instalarse en Cuba, pero una frase le llamó la atención para quedarse. Eligió Argentina porque para sobrevivir, le decían, «había que ganarse el puchero». Y en Polonia repetían que «había que ganarse el pan». Y razonó: «El puchero es más que el pan. Este es un país rico. Me voy a quedar».
Y su nombre sería otro: Miguel. Miguel Najdorf.
De niño, en su Varsovia natal, Najdorf aprendió latin, y recordó en Buenos Aires las raíces del idioma español con la lengua de Cicerón o Santo Tomás de Aquino. Apelando a la lógica y a su prodigiosa memoria, Najdorf aprendía diez palabras nuevas al día mientras comenzó a trabajar como corredor en una fábrica de chocolates y recorría todas las provincias de Argentina. Enseñaba ajedrez por unos pocos pesos, o un café con leche, porque los dólares que le quedaban los había perdido en el casino.
Mientras tanto, movía cielo y tierra en busca de noticias de su familia, de su mujer, de su hija y sus amigos. A diferencia de estos tiempos, en donde la información está al alcance de la mano pese a las distancias, durante los años de la Segunda Guerra, las novedades que se recibían eran muy espaciadas, con largos períodos de tiempo entre una y otra. La incertidumbre, y por ende la angustia, era total en Miguel. Un amigo que vivía en Estados Unidos le daba actualizaciones sobre Polonia, pero cuando Japón bombardeó la bahía de Pearl Harbor en diciembre de 1941, motivando el ingreso de los norteamericanos al conflicto bélico, eso se cortó.
Najdorf con su primera pareja argentina, Adela Jusid, «Eta».
«Sentí todo y no pude hacer nada, casi nada», confesaba el maestro en El Gráfico en una emotiva entrevista de José Luis Barrio publicada el 10 de mayo de 1988. «Durante años usé al ajedrez como esperanza, jugaba, reunía dinero, pensaba que si me hacía famoso alguien en Polonia se podía enterar, alguien de mi familia», agregaba. En ese mismo 1941, por intermedio del consejo de un amigo, comenzó a vender seguros de vida -algo nuevo para el momento-, que terminaron salvando su economía para el resto de sus años. Al año siguiente, obtuvo la ciudadanía argentina. En Buenos Aires, entonces, la vida la sonreía, pero faltaba su familia, sus afectos. Entonces decidió que, si el ajedrez lo llevó a estar en ese rincón inhóspito del mundo, el mismo ajedrez podía ser un nexo para llamar la atención de su gente.
Disputar una partida de ajedrez a ciegas -dando la espalda al rival mientras este mueve- es complicado, porque hay que memorizar cada jugada. Jugar simultáneas -o sea, con más de una persona a la vez- también es un ejercicio complejo porque cada rival lleva su propia estrategia. Ahora, jugar simultáneas a ciegas requiere no solo inteligencia sino -y en especial- una memoria prodigiosa. Entre el 9 y el 10 de octubre de 1943, Najdorf disputó en Rosario cuarenta partidas simultáneas a ciegas, ganando 36, perdiendo 3 y una tabla.
Najdorf, durante las históricas simultáneas a ciegas, disputadas en Rosario en 1943.
El récord anterior le pertenecía a George Koltanowsky en 1937 con 34 partidas -24 ganadas, 10 tablas, 0 derrotas-, quién enterado de la noticia no daba crédito a esos resultados, y objetó que los jueces argentinos habían tomado parcialidad. Por esto, y ante la falta de veedores internacionales, el récord no fue homologado. Esto no fue una traba para Najdorf, quien decidió recoger el guante y hacer algo superador: finalizada la guerra, anunció que el 25 de enero de 1947 iba a disputar en San Pablo, Brasil, cuarenta y cinco partidas simultáneas a ciegas, ante fiscales de la FIDE. Alimentado solo a base de jugo de naranja, Najdorf exigió al máximo su mente y durante 22 horas y cuarenta minutos, disputó las partidas, ganando 39, entablando cuatro y perdiendo apenas dos. Era un nuevo récord mundial, y los medios le dieron alcance internacional a esta proeza que dejó a Najdorf durmiendo durante dos días.
El solo fin de este récord, era llamar la atención en Polonia, rogando como quien tira una botella al mar, que alguien de su familia leyera la noticia. Lamentablemente, lo único que pudo saber es que ya nada ni nadie quedaba en Varsovia. Pocos años después volvió a Polonia, y recibió la verdad cara a cara. «Perdí en la guerra a mi hija, Lusia, mi esposa, mis padres, cuatro hermanos y el resto de mi familia: casi 300 personas. Los que lograron sobrevivir al bombardeo, murieron incinerados en los campos de concentración» confesó.
Tiempo después, en New York, contó a El Gráfico en la mencionada nota de 1988, que encontró a un tío abuelo en el Bronx: «Tomé el subte y vi a un muchacho leyendo un diario polaco, me acerqué, le pregunté y había estado en un campo de concentración. Era de un pueblo chico, cerca de Varsovia. Yo tenía tantos parientes que algunos vivían en ese pueblo, seguimos hablando y fue increíble, él se había casado con una prima hermana mía. Me acuerdo como si fuera hoy, nos bajamos en el barrio de los negros, en Harlem, nos metimos en un café. Eramos los únicos blancos allí, nos mirábamos y llorábamos los dos».
Najdorf concede una entrevista, en 1943.
Resignado ante la triste verdad, Najdorf eligió salir adelante, y poco después de su récord mundial, en abril de 1947, conoció a una chica entrerriana que había escapado de los pogroms: Adela Jusid. Se enamoró perdidamente y se casaron pocas semanas después de charlar por primera vez. Con «Eta» -como la llamaba cariñosamente- tuvo dos hijas, Mirta y Liliana. Durante todos estos años, Najdorf volvió reiteradamente a Varsovia, pero a El Gráfico confesaba que el lugar había cambiado: «Ahora siento y pienso como argentino«, decía. Él también había cambiado.
Najdorf jugó durante toda su vida al ajedrez, consagrándose como el más importante de ellos en Argentina, ganando decenas de títulos internacionales y siendo uno de los más consultados en el mundo a la hora de analizar encuentros, como también invitado con frecuencia a presenciar partidas definitorias por el título del mundo. Siempre representando a nuestro país. Tan importante es su nombre que actualmente una de las variantes de la Defensa Siciliana, una apertura de ajedrez, se llama «Najdorf».
Con su segunda pareja, Rita, hacia 1985 en Punta del Este.
Tras enviudar en 1977, Najdorf conoció poco tiempo después a Rita con la que se casó y se mantuvieron juntos hasta 1996 cuando ella, que padecía Alzheimer, cayó internada por una obstrucción intestinal. Najdorf, quien había tenído un infarto poco antes en Sevilla y que obligó a ponerle un marcapasos, fue a visitarla. Ella lo reconoció y se quedaron juntos un rato en el hospital. Al día siguiente, Rita falleció.
El 9 de mayo de 1997, Boca Juniors jugó contra Gimnasia y Esgrima (LP) un partido perteneciente a la fecha 11 del Torneo Clausura. En la previa del encuentro, fueron homenajeados por la dirigencia xeneize dos grandes representantes del deporte argentino: el delantero Francisco «Pancho» Varallo y Miguel Najdorf, como una muestra más del reconocimiento al maestro de maestros. Esa fue la última aparición pública en Argentina del ajedrecista. A la semana siguiente, concedió una breve entrevista a El Gráfico en su departamento de la calle Gelly y Obes, donde dio algunas consideraciones sobre la partida entre Kasparov y la computadora Deep Blue, pero también habló del deporte que le fue revelado mientras esperaba a un amigo en Varsovia.
«Pancho» Varallo y Miguel Najdorf son homenajeados en La Bombonera en 1997.
Hecha por Carlos Beer y publicada en la edición 4058 del 15 de julio de 1997, su última respuesta es el resumen de una vida apasionante: «Acá tuve la suerte de empezar de nuevo, aprender un idioma nuevo, adaptarme a una patria nueva. La mejor jugada que hice fue quedarme en este país. Aquí formé mi hogar, tengo dos hijas, nietos… Significa que pude perder, pero que también tuve una vida muy feliz».
Diez días antes de que esta nota fuera publicada, el 4 de julio, Miguel Najdorf falleció en Granada, España. Tenía 87 años.
Miguel Najdorf (1910-1997)
El autor agradece al periodista Guillermo Blanco la revelación de esta historia.
Foto de portada e interiores: Archivo El Gráfico

