Plan brillante, digno de un capítulo de «Cosas que no deberías hacer nunca en la vida».
Llama, avisa que hay una bomba, y se queda tan campante pensando que había resuelto todo con la elegancia de un genio del crimen. Problema: la bomba tenía menos explosivos que un cumpleaños de nene de 5 años, y la coincidencia de que justo ÉL tenía audiencia a esa hora fue más obvia que barra brava en cancha ajena. La Policía no necesitó ni lupa, con el calendario les alcanzó.
Ah, pero esto es solo el primer acto. El hombre ya andaba con tobillera electrónica, ese accesorio tan romántico que te ponen cuando tu ex tuvo que pedir una orden de restricción porque no la dejabas en paz. Y como todo genio, no podía parar ahí: días después la tobillera empezó a sonar como alarma de auto mal estacionado, delatándolo por segunda vez en menos de dos semanas. Prontuario personal: amenaza de bomba fallida + violación de tobillera, combo que ni en Mercado Libre se consigue.
Terminó arreglando todo con una probation: un año de buena conducta, trabajo comunitario, plata simbólica para la víctima y prohibido hacer «actos molestos» (frase que suena a advertencia para un vecino ruidoso, no para alguien que casi vuela un centro cultural). Si no querés ir a una audiencia, andá. Total, entre la bomba trucha y la tobillera chismosa, terminó yendo a MÁS lugares de los que quería evitar.

