Por entonces, la máxima preocupación de las autoridades locales radicaba en blindar a una aparición juvenil que ya deslumbraba en el viejo continente, ante el constante acecho de la Real Federación Española por captar al prodigio rosarino. Con el propósito de asegurar su elegibilidad definitiva, se diagramó un encuentro informal que terminaría marcando un hito fundacional para el deporte nacional.
Aquel puntapié inicial tuvo lugar el 29 de junio de 2004 sobre el césped del estadio de Argentinos Juniors, un reducto con profundo misticismo futbolero por haber visto nacer las primeras gambetas de Diego Maradona. En el marco de un amistoso de la categoría Sub 20 frente al combinado de Paraguay, el talentoso atacante vestía por primera vez los colores patrios en un terreno oficial, desactivando de manera formal cualquier posibilidad de especulación reglamentaria con el seleccionado ibérico.
El salto definitivo hacia la máxima categoría se produjo el 17 de agosto de 2005 en el estadio Ferenc Puskás de Budapest, donde la escuadra dirigida tácticamente por José Pekerman se impuso por 2-1 gracias a las conversiones aéreas de Maximiliano Rodríguez y Gabriel Heinze.
El joven delantero, que por entonces portaba el dorsal número 19 y venía de consagrarse de manera brillante en la Copa del Mundo juvenil disputada en suelo neerlandés —donde se alzó con la Bota y el Balón de Oro—, aguardaba su oportunidad en el banco de suplentes.
Sin embargo, el destino tenía reservado un bautismo agridulce que desafiaba cualquier guion cinematográfico. A los dieciocho minutos del complemento, el juvenil reemplazó a Lisandro López para dar sus primeros pasos en el círculo privilegiado, pero su estadía en el campo duró apenas un suspiro. Cuando transcurrían exactamente 47 segundos desde su ingreso, una disputa en velocidad con el marcador húngaro Vilmos Vanczák derivó en un forcejeo mutuo y un consiguiente manotazo que el árbitro principal interpretó como infracción directa.
La tarjeta roja aplicada por el juez central determinó que la prematura participación del rosarino concluyera de manera abrupta a los 93 segundos de haber ingresado. De este modo, la crónica deportiva registró un récord tan insólito como inolvidable, transformando el estreno absoluto de la máxima figura histórica en la expulsión más veloz jamás registrada para un debutante con la casaca albiceleste.

