La Cámara Federal de Casación Penal acaba de resolver, por mayoría, que la causa de la fastuosa quinta de Pilar vuelva a Campana, Exactamente al juzgado del juez amigo Gonzalez Charbay, que pedían los propios investigados Tapia y Toviggino. No hace falta ser demasiado suspicaz para notar la incomodidad de la coincidencia: cuando la parte acusada elige el tribunal y la Justicia se lo concede, el problema no es solo jurídico. Es de apariencia, de confianza pública, y en un país donde la confianza en la Justicia ya está por el piso, cada gesto de este tipo suma leña.
Un expediente que parece diseñado para cansar
Ocho meses de laberinto: de Comodoro Py a Penal Económico, de ahí a Campana, de vuelta a Penal Económico, y ahora otra vez a Campana. Cada «vaivén» tiene, según quien lo mire, un fundamento procesal. Pero el resultado práctico es siempre el mismo: la causa nunca avanza sobre el fondo, nunca llega a determinar con solidez quién es el verdadero dueño de una quinta con haras, colección de autos de alta gama y helipuerto propio, supuestamente en manos de un monotributista con una deuda bancaria de dos millones de pesos y su madre jubilada que cobró el IFE durante la pandemia. La distancia entre el patrimonio declarado de los «propietarios» y los lujos que aparecen en los papeles no necesita ninguna interpretación forzada: salta a la vista.
El dato que no debería pasar desapercibido
El fallo que hoy devuelve la causa a Campana no fue unánime. Y quien firmó en la mayoría, el juez Diego Barroetaveña, hasta noviembre pasado presidía el Tribunal de Ética de la propia AFA. Que un magistrado con ese pasado institucional resuelva sobre una causa que salpica directamente a la cúpula de la entidad no es un detalle de color: es, como mínimo, un problema de apariencia de imparcialidad que la propia Casación debería haber evitado desde el vamos. El camarista Alejandro Slokar, en disidencia, marcó que ni siquiera correspondía que el tribunal tratara este planteo. Su voto quedó en soledad, pero no por eso pierde peso.
Toviggino, otra vez en el centro de la escena
Más allá de la discusión de competencia territorial —que puede sonar árida y técnica—, lo que la causa fue acumulando en su camino no es menor: una tarjeta corporativa de la AFA usada para pagar gastos de autos de lujo, un bolso y una placa homenaje con el nombre del tesorero encontrados durante un allanamiento, un karting como el que usa su hijo, un cuadro suyo retirado apuradamente antes del operativo, y una camioneta vinculada a la sociedad dueña de la quinta que lo escoltó a Tribunales en otra causa. Ningún elemento aislado prueba nada por sí solo. Pero la acumulación de coincidencias alrededor de un mismo apellido —el del tesorero de la AFA— ya no admite ser despachada como casualidad.
Lo que está en juego
No se trata de anticipar un veredicto que la Justicia todavía no dictó: eso sería tan irresponsable como lo que se les critica a otros. Se trata de señalar algo mucho más simple y más grave: que el sistema judicial argentino, una vez más, permite que sean los propios investigados quienes terminen eligiendo, de hecho, dónde y cómo se los investiga. Mientras la mansión de Pilar siga cambiando de juzgado como una pelota en un partido de pases cruzados, la pregunta de fondo —de quién es realmente esa propiedad y qué relación tiene con la conducción de la AFA— seguirá sin respuesta. Y cada mes que pasa sin esa respuesta es, en los hechos, una victoria para quienes prefieren que el expediente se pierda en la maraña de fueros antes que llegar al fondo del asunto.
La Coalición Cívica, que fue quien amplió la denuncia hacia otras empresas ligadas a la AFA, ya advirtió sobre la «presión mediática». Pero la verdadera presión debería ser otra: la de una sociedad que exige que una causa con estas características —lujo desmedido, testaferros de recursos ínfimos, un tesorero cuyos objetos personales aparecen en la escena y un juez con pasado en la propia entidad investigada— no termine, una vez más, empantanada por tecnicismos de competencia mientras los verdaderos responsables miran desde afuera.

