El camino hacia las elecciones del año pasado fue traumático, con subas en el dólar, el riesgo país y la tasa de interés. Una experiencia que no queremos repetir. Ahora estamos en un momento de tranquilidad, aunque se empieza a poner la mira en las elecciones del año que viene y revolotea la pregunta sobre cómo puede ser el próximo año.
El triunfo del Gobierno en octubre pasado mejoró las expectativas, principalmente porque mostró un rechazo a la vuelta del populismo económico que tanto daño le hizo al país. El efecto inmediato fue el desplome del riesgo país (que había superado los 1000 puntos después de la victoria del peronismo en la provincia de Buenos Aires en septiembre), una baja de las tasas de interés y menor presión sobre el dólar. También empezó a subir el índice de confianza en el Gobierno, que armó una agenda de reformas importante donde lo principal fue conseguir que se apruebe en el Congreso la reforma laboral.
Pero no todo marchó de acuerdo al plan y el verano trajo malas noticias para el Gobierno. Tal vez fue por los aumentos reiterados de la inflación, que en enero y febrero llegó a 2,9% mensual y en marzo tocó un pico de 3,4%; tal vez porque los indicadores de producción cayeron 2,6% en febrero; o quizás porque no se veían mejoras en el empleo ni en el poder adquisitivo del salario. Pero lo que fue claro es que el humor social empeoró al mismo tiempo que la tasa de desempleo subía. Entre enero y marzo, la confianza del consumidor cayó 15%, un número muy significativo, al tiempo que se popularizó la frase de que a la gente los ingresos no le alcanzan para llegar a fin de mes.
Sin embargo, el humor social, y especialmente el financiero, nuevamente volvieron a mejorar a partir de abril, esta vez impulsados por la tendencia a la baja de la inflación, la tasa de interés que se estabilizó en el 20% anual y el riesgo país se redujo significativamente. No somos Suiza, pero mucho cambió desde la turbulencia financiera del período preelectoral. Veamos mejor las cuatro razones detrás de la mejora.
La primera fue la baja en la inflación de los últimos meses. La gran pregunta es si se podrá romper la inercia, que parecería estar en un nivel del 2% mensual, algo que no se logró el año pasado porque, después que la inflación bajó al 1,5% en mayo, luego rebotó hasta 3,4% en marzo de este año. Si la experiencia internacional tiene algo que decirnos, es que la tendencia puede ser hacia una menor inflación, pero que romper la inercia va a ser todo un desafío debido a los constantes ajustes en precios relativos, incluyendo el dólar, que tiene sus ciclos en que se atrasa y se adelanta.
La segunda razón es que el Banco Central bajó significativamente la tasa de interés. Si bien oficialmente no hay una tasa de política monetaria, en la práctica es un secreto a voces que ronda el 20%, una rebaja importante que busca alentar el crédito. A eso se sumó una menor volatilidad de mercado, un ingrediente clave para bajar las tasas a más largo plazo. Menor nivel de tasas y menos volatilidad ayudan a mejorar las condiciones financieras.
Un tercer factor es que el Banco Central viene comprando dólares en el mercado en forma consistente desde principio de año. Ya acumuló unos US$12.500 millones, algo que el mercado financiero internacional y el FMI venían pidiendo desde hacía tiempo. Todavía falta mucho para tener reservas realmente sólidas, pero el cambio de rumbo ya se nota y el ritmo de compra es auspicioso. Un aspecto importante es que el tipo de cambio se ha mantenido estable a pesar de las compras del Banco Central, lo que también ayudó al mejor ambiente financiero.
El cuarto elemento es que las tres calificadoras de riesgo, Fitch, S&P y Moody’s, mejoraron la calificación crediticia del país a B-. Como consecuencia, el riesgo país cayó a la zona de 400/430 puntos, con chances de seguir bajando hacia los 360 puntos, un nivel asociado a países con mejor nota crediticia (B). Además, la presentación del programa financiero para 2027 despejó muchas dudas sobre la capacidad del Tesoro de cubrir los pagos de capital e intereses el año que viene.
Más allá de que los números financieros mejoraron, la pregunta de fondo es si esa mejora se traslada a la gente y al humor social. Si bien es cierto que la economía creció 4,4% en 2025 y que se espera un avance de 2,5% este año, cifras que a simple vista son buenas, el problema es que este crecimiento no es parejo y que no le llega a una parte importante de la sociedad.
Los sectores más dinámicos —energía, minería y campo— crecen fuerte, pero necesitan más capital que mano de obra, especialmente si los comparamos con la construcción o el comercio, sectores que hoy están sufriendo. Además, están lejos de las grandes ciudades, justo donde más se pierden empleos. Mientras tanto, la suba de las tarifas de luz, gas y transporte le comió el bolsillo a buena parte de la población, mientras la obra pública sigue frenada y la industria sufre, ya que enfrenta la combinación de apertura importadora con un peso fuerte.
Los indicadores que se conocieron estos días no disipan las dudas. El estimador de actividad económica cayó 0,5% en mayo, con lo que acumula una baja del 1,5% en lo que va del año, y las primeras cifras de algunos sectores para junio y julio no muestran mejoras. El consumo masivo en junio cayó 2,6% según una consultora privada, una cifra preocupante.
Este menor nivel de actividad y de consumo empieza a crear dificultades para mantener el intocable equilibrio fiscal, que ha sido la base del programa económico del Gobierno. Esta situación es difícil de revertir si no mejora la actividad económica porque casi no hay espacio para bajar el gasto público nacional ni impuestos. De cualquier manera, la situación no es grave, porque el desequilibrio es chico, pero es una luz amarilla más.
¿Qué podemos esperar hacia adelante? Se viene un año electoral, que en la Argentina suelen ser tensos y con dolarización de ahorros. En el 2019, año de elección presidencial, el dólar se desbocó y hubo un reperfilamiento de la deuda doméstica. En 2023, el riesgo país y el dólar se dispararon y sólo se tranquilizaron cuando se supo que Milei había ganado las elecciones. El año pasado el dólar y el riesgo país estuvieron bajo ataque hasta que se supo que había perdido el populismo las elecciones de medio término.
Por lo tanto, no debe sorprendernos que ahora que terminó el Mundial comiencen las preguntas y las dudas sobre qué puede pasar en 2027. ¿Será una versión 2.0 del estrés del año pasado? La respuesta va a depender de las encuestas y de cuán preparada entra la economía para enfrentar posibles tensiones. La clave pasa por dos cosas: tener un muy buen nivel de reservas y evitar que el dólar quede “atrasado” frente a la inflación, para así evitar posibles saltos en el tipo de cambio.
En el primer aspecto, todo indica que venimos bien. El Banco Central sigue comprando dólares a buen ritmo y supera las metas de acumulación de reservas que están en el programa con el FMI. Además, a pesar de que el próximo año la necesidad de fondos es mayor que este —US$30.000 millones contra US$22.000 millones—, la cifra es manejable, especialmente si se toman recaudos a tiempo, como adelantar parte de ese financiamiento. En este sentido, es positivo que se hayan renovado los préstamos cortos (repos) que vencían el año que viene.
En cuanto al tipo de cambio, el tema parece más delicado, especialmente porque es difícil anticipar cómo se va a comportar la demanda a lo largo del año electoral. En todo caso, en base a la experiencia y para evitar sobresaltos, seguramente va a ser mejor equivocarse por el lado de tener un dólar más alto que más bajo.
En síntesis, la Argentina seguramente va a llegar al 2027 mejor preparada que el año pasado, con más reservas, con un programa financiero manejable y con una tasa de inflación controlada. La incógnita es saber si la economía finalmente despega y si ese crecimiento derrama hacia gran parte de la sociedad. El desafío de los próximos meses no es sólo sostener la estabilidad cambiaria y la baja de la inflación, sino crear las condiciones para acelerar el despegue, algo que por ahora no parece estar ocurriendo.

