¿Se parecen Raúl Alfonsín y Javier Milei? Hay similitudes en cómo imaginaron recibir a los miembros del seleccionado argentino después de los mundiales de 1986 y el que culminó hace justo una semana.
El primer presidente de la democracia les ofreció el balcón de la Casa Rosada a Diego Maradona y equipo tras consagrarse campeones en México cuarenta años atrás. Pero tuvo la enorme delicadeza de no robar cámara, como pretendió hacerlo penosamente Donald Trump con el equipo español hace siete días cuando sus integrantes estaban a punto de alzar la copa de la FIFA.
Tampoco se quiso perder la foto el presidente Carlos Menem cuando posó, en 1990, en el mismo balcón con Diego y su equipo, tras volver de Italia, pero como subcampeones. Milei, en cambio, ofreció la Casa Rosada a los jugadores, aclarando que ni él ni sus principales funcionarios estarían allí para no politizar la escena, una decisión parecida a la que tomó Alfonsín.
El presidente actual ha denostado ásperamente más de una vez al legendario líder radical que murió en 2009, es decir siete años antes de que el líder libertario emergiera a la vidriera pública como ruidoso panelista televisivo. Mal pudo, pues, Alfonsín emitir alguna opinión sobre Milei. Pero conociendo su manera de pensar es más que probable que hubiese tenido pocos puntos de coincidencia, o tal vez ninguno, con el actual mandatario.
Sin embargo, en Operación: Argentina, el libro de conversaciones entre Astrid Pikielni y Andrés Malamud sobre la actualidad política y el recorrido de la democracia desde 1983 hasta hoy, desarrollan la atrevida tesis de que Alfonsín y Milei se asemejan más de lo que ambos habrían querido. Al primero, fundamentan, le tocó refundar el sistema democrático con cimientos tan sólidos que casi 43 años después persiste sin fisuras ni interrupción alguna, en fuerte contraste con lo que tantas veces ocurrió en el siglo pasado.
Pero hay un tema pendiente que nunca se resolvió, nos puso al borde de abismos institucionales en 1989 y 2001, y degradó nuestra calidad de vida hasta grados insoportables.
¿Podrá Milei convertirse en el “Alfonsín económico” que dome definitivamente la inflación y alcance cierta estabilidad permanente que funcione como base indiscutible para los presidentes argentinos que vengan en los próximos cuarenta años?
Quedan demasiados interrogantes por despejar para saber si eso sucederá. Pero de lo que no cabe duda es que ahora con respecto al balcón de la Rosada exclusivo para los jugadores, sin presencia política, sí hubo una confluencia, tal vez involuntaria, con lo que hizo Alfonsín en el 86.
Solo que los hechos consumados tras la caída de la Argentina ante España en Nueva Jersey demuestran, una vez más, que el seleccionado volvió a salirse con la suya al gambetear el deseo presidencial. Ciertamente ahora fue mucho más sutil y elegante que lo que sus integrantes hicieron al volver en 2022 de Qatar. Como campeones prefieron yirar por toda la ciudad, luego de ningunear a Wado de Pedro al llegar a Ezeiza, con tal de no fotografiarse con el entonces presidente Alberto Fernández que buscaba ávidamente ese registro. Ni planificado hubiese salido mejor: recibieron el homenaje más multitudinario y espontáneo de la historia en la 9 de Julio.
Lo loable, tanto en el gesto de Alfonsín como en el de Milei, de abstenerse de querer sacar tajada en una foto forzada al regreso del seleccionado, no estuvo exento de ciertas contradicciones. En el caso del gobierno radical, los intentos frustrados, menos mal, de remover al director técnico Carlos Salvador Bilardo que llevaría al equipo a la consagración.
En cuanto a Milei, que prometía prescindir de aparecer en los balcones de la Rosada con los jugadores, en sus redes sociales, en cambio, tomó el camino contrario: procuró identificar, hasta el cansancio, su imagen con la de Messi.
Pero no solo el seleccionado volvió ahora a esquivar la Casa Rosada, sino que Milei quedó pedaleando en el aire con su revoleo impreciso de un feriado que la Scaloneta pinchó al no prestarse a recepciones triunfalistas y estridentes. También pusieron paños fríos y silencio ante temas más complicados que fueron emergiendo, como la reivindicación de Malvinas tras el partido con Inglaterra, las teorías conspirativas sobre que se dejaron ganar la final y la insólita histeria antiargentina en redes y medios internacionales.
Tiene mucho para aprender de ese manejo sobrio y encomiable nuestra dirigencia política, siempre tan inclinada a la verborragia áspera contra adversarios y propios que producen malestar social.
Somos una sociedad ávida de goles y no de las constantes faltas para tarjetas amarillas y rojas en las que incurren, con sus rencillas habituales, muchos de los que están en el poder y sus opositores más pendencieros.
La lección del equipo argentino de jugadores y técnicos de mostrarse humildes y concentrados en su trabajo metódico, que logró un altísimo grado de eficiencia (ganaron siete de los ocho partidos disputados), ya tuvo, al menos, un inédito y positivo reflejo en el presidente Milei (ojalá que sea el primero de muchos). Fue cuando reveló que para el operativo retorno habían trabajado mancomunadamente, y sin pelearse, los gobiernos porteño, bonaerense y nacional, más allá de sus divergencias ideológicas. Es lo que debería pasar siempre: la gestión ante todo.

