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Opinión

El don y el látigo

Última actualización: 23 de julio de 2026 5:53 am
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Durante años me resistí con uñas y dientes a leer Open, la autobiografía de Andre Agassi. No consiguió vencer mi resistencia el hecho de que no la había escrito el gran tenista estadounidense, sino J. R. Moehringer, autor de algún libro memorable; ni siquiera que, al publicarse, Alessandro Baricco escribiera: “Es el mejor libro que he leído en la última década”. Alguna vez he dicho que me gusta tanto el tenis que no leo libros sobre tenis; es una bobada: mucho más me gusta la literatura y me he pasado la vida leyendo libros sobre literatura (algunos de los cuales son en sí mismos, por cierto, excelente literatura). Por lo demás, el tema de un libro es lo de menos; cualquier tema es bueno para la literatura: el tema del Quijote –un viejo se cree un caballero andante tras pasarse la vida leyendo libros sobre caballeros andantes–, el de La metamorfosis –un hombre se despierta una mañana convertido en un monstruoso insecto– o el de En busca del tiempo perdido –Marcel se convierte en escritor– son banales o irrelevantes; pero esas tres novelas son tres de los mejores libros jamás escritos. En literatura, la forma es el fondo.

El caso es que por fin he leído Open. Es extraordinario: en él hay más literatura auténtica –más gracia y tensión verbal, más complejidad moral– que en infinidad de novelas pretenciosas, colmadas de citas de autores de postín. Nunca fui un fan de Agassi, aquel tipo con aspecto de chuleta de Las Vegas que llamaba la atención en la pista por su forma extravagante de vestir y de peinarse (al final se rapó); leyendo su autobiografía, sin embargo, te enamoras de él: de su espíritu gamberro y herido, de su desvalimiento, de su sentido del humor, de su generosidad y su honestidad, de su batalla agónica por sobrevivir en el torbellino hipnótico, obsesivo, loquísimo, salvaje y extenuante del tenis de élite. El libro, además, está constelado de reflexiones no indignas de un moralista francés: “Las victorias no nos hacen sentir tan bien como mal nos hacen sentir las derrotas, y las buenas sensaciones no duran tanto como las malas; con gran diferencia”; o bien: “A muy pocos de nosotros se nos concede la gracia de conocernos a nosotros mismos”. Pero no es ahí donde late el corazón de Open. Agassi les dice sin parar a sus interlocutores que odia el tenis. ¿Es posible odiar lo que mejor sabes hacer, aquello a lo que has consagrado tu vida? Al principio parece una broma; luego, una coquetería (como aquella, insuperable, que soltó Maradona tras la proyección de una película que exhibía sus excesos de leyenda: “Che, ¡qué gran futbolista se perdió el mundo!”); no es ni una cosa ni la otra. Empezamos a entenderlo cuando intuimos que Agassi se está definiendo a sí mismo al definir a su amiga Barbra Streisand como “una perfeccionista torturada que odiaba hacer algo en lo que era extraordinaria”; y casi lo entendemos del todo cuando le confiesa a su segunda esposa, Steffi Graf, que odia su oficio, y aquella tenista única le contesta: “Pues claro, ¿no lo odiamos todos?”. Esa es la clave. Agassi aprendió a jugar al tenis porque le gustaba, continuó jugándolo para complacer a un padre empeñado en que fuera un campeón y terminó jugándolo porque sintió que ya solo sabía jugar al tenis; pero también por algo más. “Cuando Dios te da un don, también te da un látigo”, escribió famosamente Truman Capote. “Y el látigo es solo para fustigarte”. Ese don que también es un látigo se llama vocación, o destino, y es una bendición, pero también una condena, o lo es precisamente para aquellos a quienes se concede la gracia de conocerse a sí mismos, que es lo máximo a lo que se puede aspirar. Así lo acaba entendiendo el propio Agassi. “La vida es un partido de tenis entre extremos opuestos”, les decía a los chavales pobres que asistían a su academia. “Ganar y perder, amar y odiar. Reconocer pronto ese hecho doloroso ayuda. También hay que reconocer los extremos opuestos que hay en nosotros y, si no podemos entregarnos a ellos, o reconciliarnos con ellos, debemos al menos aceptarlos y seguir adelante. Lo único que no podemos hacer es ignorarlos”.



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