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Un Mundial que exacerba la argentinidad

Última actualización: 12 de julio de 2026 2:16 am
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Se gane o se pierda, en un momento el juego se termina y la adrenalina que nos transporta a la euforia o a la decepción, según cómo nos haya ido, se esfuma. La realidad tal cual es para cada uno, con los éxitos y frustraciones de su propia cotidianidad ocupa de nuevo el centro de la escena. Como en el cuento de La Cenicienta, la carroza vuelve a convertirse en zapallo.

Pero qué placer mientras dura. ¡Y qué recuerdos para la posteridad! ¿O los goles de la “mano de Dios” y del “barrilete cósmico” de Diego Maradona contra los ingleses en México 86, pese a los cuarenta años transcurridos, no permanecen indelebles y para siempre en nuestra memoria? ¿O la remontada prodigiosa de la Argentina contra Egipto al dar vuelta el 2 a 0 en los trece minutos finales del partido para terminarlo 3 a 2 a nuestro favor no ocupa ya un lugar privilegiado en el álbum de las grandes hazañas argentas?

Más allá de qué país finalmente alce la copa el próximo 19 de julio, ¿quién nos quita lo bailado?

Si el arte, la literatura, el teatro, la música y el cine pueden depararnos gratos momentos de ensoñación, nada es comparable a las palpitaciones que nos asegura un mundial cuando se acerca a sus instancias culmines. Hay un plus significativo que hace la gran diferencia: lo compartido al mismo tiempo (aunque el maldito delay nos someta a momentáneas disonancias).

El mágico espejismo al que se somete voluntariamente y con gusto cada pueblo cuando su selección de fútbol defiende los colores patrios en un estadio repleto de miles de personas y que, a la distancia, gracias a la televisión, llega a millones de espectadores es una experiencia fantástica que nos regala esta competencia. Una suerte de realidad virtual encarna en nuestro estado de ánimo como si cada uno de nosotros estuviese en el campo de juego batallando por ganar.

Esa ilusión libera un montón de energías en quienes solo miramos desde afuera. Gozamos y padecemos una montaña rusa de emociones. Los goles albicelestes nos ponen en éxtasis fugaz, nos estremecemos cuando los jugadores chocan mal o nos roban la pelota para un electrizante contragolpe, así como nos encogemos en silencio angustiante con los goles contrarios.

Hay una tragedia a evitar en cada partido en estas instancias finales del campeonato planetario: perder. Sin embargo, es ley que a uno de los dos bandos que se enfrentan le sucederá. Disfrutar la victoria es fácil. Asimilar la derrota, no tanto. Perder también enseña.

Nada nuevo bajo el sol: ya Aristóteles, más de 300 años antes de Cristo, planteaba la catarsis que embargaba a los espectadores al ver aquellos sublimes clásicos del teatro griego que se siguen representando hasta nuestros días. Los infortunios narrados en esas tragedias buscaban purificar las pasiones de los que miraban al hacerles evidente que buena parte de las desgracias que se desataban ficticiamente sobre el escenario eran producto de la hybris, la desmesura y la soberbia que conducen a malas decisiones y que es preciso evitar.

En el fútbol, a la mayoría de los hinchas les funciona: se pintan la cara, se disfrazan, se juntan con amigos, se abrazan, gritan y saltan en las buenas y se muestran cabizbajos en las malas. Y ahí termina la cosa.

Pero hay excepciones que no lo procesan saludablemente: en su intolerancia al fracaso algunos salen a romper todo. Aunque son los menos, hasta pululan los que inexplicablemente producen disturbios aun en el triunfo, como sucedió en algunas ciudades argentinas tras la sufrida victoria sobre Egipto; o en París, después de que Francia le ganara a Marruecos 2 a 0.

Peor todavía es lo que hacen algunas dirigencias que cuando les toca perder apelan a la insidia para sembrar sospechas sobre quienes los vencieron. En los últimos días, la ofensiva planetaria contra la selección argentina tuvo una sola explicación: envidia. Pero no es solo envidia al talento de los Lionel (Messi y Scaloni) y unos cuantos más, sino al fervor inalcanzable de los argentinos frente a sus ídolos. No por casualidad, las megaestrellas del espectáculo internacional aman actuar en la Argentina porque experimentan una adhesión superlativa que no se da en ninguna otra latitud.

Hacer pininos al borde del precipicio es el deporte argentino por excelencia. No es para envidiar, pero también descoloca a muchos. Nos creemos mil y, de puro fanfarrones y desordenados, escatimamos habilidades hasta que no nos queda otra que sacar a relucir nuestras armas secretas cuando estamos a punto del colapso. Canchereamos hasta el filo mismo del acantilado, entonces, ahí sí, a veces ponemos en marcha nuestro prodigioso instinto de supervivencia y una pirueta milagrosa nos salva justo a tiempo de estrellarnos. No siempre nos sale. No somos infalibles. Anoche volvimos a celebrar pero, como bien cantaba el Polaco Goyeneche, “primero hay que saber sufrir”.



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