CARACAS.– La primera vez Shantal atendió el teléfono. La segunda, no.
Su madre estaba preocupada por los terremotos y quería saber cómo se encontraba su única hija, de 18 años, estudiante de Derecho. Dos semanas antes había hecho un enorme esfuerzo económico para alquilarle un lugar donde vivir en el segundo piso del edificio Petunia I.
Después del primer llamado, volvió a marcar.
Esta vez nadie respondió. El edificio había colapsado. Durante los días siguientes, mientras los equipos de rescate trabajaban entre toneladas de concreto, la madre de Shantal acampó junto a su familia en la calle.
Esperaba.
“Mi única hija. Un milagro de Dios”, me dijo mirándome a los ojos.
¿Qué puede hacer una madre cuando su hija está debajo de los escombros?
Esperar. Rezar. Creer.
Durante los diez días que recorrí Venezuela después de los terremotos escuché muchas veces la palabra milagro. La pronunciaban madres, padres, hermanos y rescatistas. Personas que habían perdido sus casas. Familias que no sabían dónde vivirían la semana siguiente.
Quizás porque, cuando desaparecen las certezas, la esperanza se convierte en el último lugar donde refugiarse.
Subí en moto a Petare, uno de los barrios populares más grandes y complejos de América Latina. Recorrí Los Palos Grandes, en Chacao, una de las zonas más acomodadas de Caracas. Pasé días entre familias evacuadas en el Parque Generalísimo Francisco de Miranda, conocido por los caraqueños como Parque del Este. Fui cuatro veces a La Guaira.
Entré en centros de acopio. Hablé con rescatistas, policías, estudiantes y voluntarios.
Pero, sobre todo, escuché.
Llegué para contar una tragedia y regresé con interrogantes sobre el país en el que nací.
¿Qué tan preparados estamos para enfrentar una catástrofe de esta magnitud? ¿Cuánto puede durar la solidaridad? ¿Qué ocurrirá con las personas que hoy reciben alimentos y medicamentos, pero no saben dónde vivirán dentro de un mes?
Y, quizás, la pregunta más difícil: ¿qué sucede cuando el mundo deja de mirar, pero la tragedia continúa?
Una ciudad dentro de otra ciudad
En el Parque del Este vi una ciudad dentro de otra ciudad.
Miles de personas habían llegado después de perder sus viviendas o ser evacuadas preventivamente. Familias enteras intentaban construir alguna forma de normalidad en medio de la incertidumbre.
Durante el día, el calor era intenso. El sol caía sobre las carpas y los espacios improvisados para dormir. Pero el clima podía cambiar repentinamente.
El cielo se oscurecía y llegaba la lluvia.
La ropa se mojaba. Las pocas pertenencias rescatadas, también.
Al caer el sol, el parque volvía a transformarse. Llegaban la oscuridad y los sonidos de los animales nocturnos que habitan uno de los principales espacios verdes de Caracas.
Para quienes visitan el parque durante el día, esos sonidos forman parte de la naturaleza.
Para una familia que ha perdido su casa y debe pasar allí la noche, es otra cosa.
Entre las personas alojadas había mujeres embarazadas.
Una de ellas tenía 30 semanas de gestación.
Me contó que la lluvia había mojado la ropa que conservaba. Unas amigas que vivían fuera del parque se habían ofrecido a llevársela para secarla.
Intentó salir.
No la dejaron.
Según su relato, en la puerta la acusaron de estar robando aquellas prendas húmedas.
Mientras me lo contaba, lloraba.
Pensé entonces en la extraordinaria vulnerabilidad de una mujer embarazada, lejos de su casa, viviendo en un refugio improvisado y obligada a explicar que la poca ropa que llevaba entre sus manos era suya.
Para ella, la catástrofe no significaba solamente haber perdido un lugar donde vivir.
Significaba preguntarse dónde recibiría atención médica. Dónde nacería su hija. Qué ocurriría si comenzaba el trabajo de parto. Cómo protegería a un recién nacido del calor, la lluvia y las deficientes condiciones sanitarias.
Esos interrogantes adquirían una dimensión todavía mayor frente a la realidad que comenzaba a revelarse en los refugios. Miles de personas convivían en espacios temporales y las organizaciones humanitarias advertían sobre los riesgos provocados por el hacinamiento, las dificultades de acceso al agua potable y los problemas de saneamiento.
En el parque llegaban alimentos, sábanas, agua e insumos.
Jóvenes. Maestros. Iglesias. Organizaciones. Ciudadanos comunes.
Venezolanos ayudando a venezolanos.
Con el paso de los días también aumentaba la presencia de funcionarios de distintos cuerpos de seguridad. La explicación que recibíamos era inquietante: había personas que intentaban ingresar sin ser damnificadas y otras que eran requeridas por la Justicia.
La tragedia mostraba así dos caras de una sociedad.
La de quienes compartían lo poco que tenían.
Y la de quienes intentaban aprovecharse del caos.
La emergencia moviliza. Las imágenes conmueven. Los camiones llegan.
Pero después pasan los días.
Y después, las semanas.
Según los últimos balances disponibles, cerca de 18.000 personas habían quedado sin hogar y unas 12.800 permanecían alojadas en decenas de refugios temporales.
¿Qué ocurrirá con ellas?
Los terremotos duran segundos.
Sus consecuencias pueden extenderse durante años.
La solidaridad y las denuncias
En la Universidad Central de Venezuela funcionaba uno de los centros de acopio donde estudiantes y voluntarios reunían y distribuían ayuda.
Allí conocí a Alberto Núñez, estudiante de Ingeniería.
Me habló de la solidaridad, pero también de la indignación.
Denunció que funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, el CICPC, habían intentado apropiarse de bolsas con dólares encontradas entre los escombros. También aseguró que convoyes humanitarios enviados hacia La Guaira habían sido detenidos.
Son acusaciones graves que requieren una investigación y el correspondiente esclarecimiento de las autoridades.
Escuchar aquel relato en medio de una catástrofe volvía a enfrentarme con una realidad difícil: la emergencia no elimina los conflictos, las sospechas ni la desconfianza acumulada durante años.
El silencio de La Guaira
Fui cuatro veces a La Guaira. Fueron días duros donde quería estar para colaborar, para ser útil informando, para respetar el silencio de quienes en llanto me pedían no ser entrevistados porque ese es el periodismo que quise hacer. No obtener más repercusión por el testimonio más devastador sino aquel que sirvió de tribuna para escuchar historias desgarradoras y llamados de ayuda.
Y si tuviera que elegir una sola imagen para explicar aquellos días, no podría.
Fueron demasiadas.
El calor.
El polvo.
El olor que emanaba de la tierra.
Los familiares esperando.
Las máquinas trabajando.
Los rescatistas entrando y saliendo.
Y, de repente, el silencio.
Ese silencio que se imponía al grito de “SILENCIO TOTAL” cuando existía la posibilidad de escuchar algo debajo de los escombros. Todos callaban , la maquinaria se apagaba con esperanza.
Las cámaras mostraban edificios destruidos y montañas de concreto. Pero las imágenes no podían transmitir las altas temperaturas. No podían reproducir los olores. No podían explicar lo que significa mirar durante horas a una madre esperando que alguien encuentre a su hijo.
Casi 190 edificios colapsaron y más de 850 resultaron dañados. Las cifras permiten dimensionar la destrucción. Estar allí permitía comprender otra cosa: detrás de cada estructura había vidas que habían sido interrumpidas en cuestión de segundos.
Vi llegar ayuda internacional.
Equipos especializados. Tecnología avanzada. Hombres y mujeres entrenados para trabajar en condiciones extremas.
Pero aun así no alcanzaba.
En una operación de búsqueda y rescate cada minuto cuenta. Y cuando la destrucción se extiende por tantos lugares al mismo tiempo, los recursos nunca parecen suficientes.
Las madres pedían maquinaria especializada.
Retroexcavadoras. Martillos neumáticos. Compresores de remolque.
Equipos capaces de remover estructuras sin provocar nuevos colapsos.
No pedían explicaciones.
Pedían tiempo.
Porque sabían que, debajo de los escombros, el tiempo podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.
También vi trabajar a integrantes de Protección Civil llegados desde distintos estados del país.
Muchos hacían todo lo que podían.
Vi voluntad. Esfuerzo. Agotamiento.
Pero también vi carencias.
La desigualdad en la preparación y el equipamiento disponible era evidente.
Y esa realidad obliga a Venezuela a formularse una pregunta que no debería desaparecer cuando termine la emergencia: ¿estamos preparados para el próximo terremoto?
Venezuela necesita estudiar lo ocurrido. Revisar sus construcciones. Actualizar protocolos. Evaluar sus sistemas de emergencia. Capacitar y equipar a los cuerpos de rescate. Fortalecer la investigación sismológica y determinar con honestidad qué recursos existen para responder ante una nueva catástrofe.
No se trata de sembrar miedo.
Se trata de prepararse.
Porque los terremotos no se pueden evitar.
Muchas de sus consecuencias, sí.
Cada número tiene un nombre
Al día de hoy, al menos 3685 personas habían muerto como consecuencia de los terremotos.
Es una cifra enorme.
Pero después de haber estado allí entendí algo.
Los números son necesarios para dimensionar una tragedia.
Pero también pueden ocultarla.
Porque detrás de cada número hay una persona.
Una familia.
Una historia.
Una conversación que quedó pendiente.
Una habitación a la que alguien no regresará.
Un lugar vacío en una mesa.
También hubo animales.
Perros y gatos fueron rescatados de edificios destruidos, encontrados entre los escombros o separados de sus familias en medio del caos. Ellos no son un amuleto o un simple animal. Son familia.
En medio de tanta muerte, cada vida rescatada provocaba una reacción difícil de explicar.
Por unos segundos, todo se detenía.
Los rescatistas sonreían.
Las familias aplaudían.
Alguien volvía a creer.
Regresé de Venezuela con imágenes que probablemente nunca olvidaré.
Pero, sobre todo, regresé con preguntas.
¿Qué pasará con esas familias cuando las cámaras se vayan? ¿Quién reconstruirá las casas? ¿Quién acompañará a quienes perdieron a sus hijos? ¿Quién cuidará a los niños que quedaron sin padres?
¿Estamos preparados para entender que reconstruir un país no consiste solamente en levantar edificios?
Venezuela necesita ayuda.
Necesita recursos, equipos, expertos y cooperación internacional.
Pero necesita algo mucho más difícil de conseguir: compromiso y atención cuando la tragedia deje de ser noticia.
Después de diez días entre escombros, refugios y familias que esperaban noticias, entendí también algo sobre nosotros mismos.
Vivimos como si el tiempo estuviera garantizado.
Postergamos abrazos. Conversaciones. Llamadas. Encuentros.
Y quizás por eso contar esta tragedia no debería servir solamente para pedir ayuda para Venezuela.
También debería obligarnos a mirar nuestra propia vida.
A comprender la fragilidad del presente. A llamar a quienes queremos. A abrazar mientras todavía podemos hacerlo. A agradecer lo que tenemos antes de descubrir cuánto valía después de perderlo.
Pienso entonces en aquella madre.
En la primera llamada que su hija respondió.
Y en la segunda, cuando del otro lado ya no hubo respuesta.
Entre esas dos llamadas caben apenas unos minutos.
Pero también cabe la distancia infinita que existe entre la vida que creemos tener asegurada y la vida que puede cambiar para siempre.
Llegará el momento en que las cámaras se irán. Los enviados especiales regresarán a sus países. Las imágenes desaparecerán de las pantallas y otras noticias ocuparán las portadas.
Pero las madres seguirán extrañando a sus hijos.
Las familias seguirán necesitando un hogar.
Los sobrevivientes seguirán intentando reconstruir sus vidas.
Y Venezuela seguirá allí.
Quizás esa sea la verdadera medida de nuestra humanidad: no cuánto nos conmueve una tragedia cuando todo el mundo la está mirando, sino cuánto estamos dispuestos a hacer cuando casi todos han dejado de mirar.

