CÓRDOBA.- La historia de Morel Vulliez, especializada en acopio de cereales, oleaginosas, venta de insumos agrícolas, servicios de laboratorio y producción primaria de granos, comenzó hace 30 años en Monte Maíz, en el sudeste cordobés, de la mano de Carlos Morel Vulliez y su esposa Mónica Fernández. Sigue consolidando su desarrollo, de la mano de la segunda generación, con la inauguración de una nueva planta de US$3 millones en Chazón.
Dedicada al maní, que produce en 20.000 hectáreas, procesa y exporta a mercados de América, Europa, Asia y Medio Oriente. Cuenta con alrededor de 150 colaboradores y una capacidad de almacenamiento cercana a 80.000 toneladas. Al año operan alrededor de 600.000 toneladas. Durante la cosecha entran entre 150 y 200 camiones al día.
La nueva planta de Chazón, también en el sudeste, fue concebida para potenciar la capacidad operativa de la empresa y brindar una respuesta más eficiente a las necesidades de los productores de la región. Tiene más espacio de acopio y también para los insumos que comercializan. Morel Vulliez fue una de las máximas damnificadas por Vicentin, que le adeudó US$9 millones.
La historia de la empresa comenzó en 1993 cuando el matrimonio emprende, con una empresa unipersonal, la comercialización de cereales. “Mi esposo compraba cerdos y nos iba relativamente bien y un día planteó que compraríamos cereales. Arrancamos con un camioncito en el garaje de casa, los dos solos. Con el tiempo pusimos un empleado y nos mudamos a un local pequeño cerca”, cuenta Mónica Fernández a LA NACION.
Su primer gran salto llegó en 1997, cuando adquirió una planta de acopio en Sanford (Santa Fe) y se constituyó como sociedad de responsabilidad limitada. Dos años después trasladó sus operaciones a Isla Verde, acercando el acopio a su centro administrativo. “Fuimos creciendo sin darnos cuenta”, define Fernández.
Durante los primeros años de la década de 2000 amplió su actividad: incorporó la venta de agroquímicos, semillas y fertilizantes, instrumentó el sistema de canje por cereal, sumó el servicio de seguros contra granizo y estableció su administración central en Monte Maíz. En 2003 adoptó la figura de sociedad anónima y comenzó una expansión territorial con sucursales en Ucacha y, luego, La Carlota.
A partir de 2007 la empresa profundizó su integración en la cadena agroindustrial. Empezó a multiplicar semillas fiscalizadas, ingresó al corretaje de granos en la Bolsa de Comercio de Rosario y continuó ampliando su infraestructura de almacenamiento y logística. Más adelante se convirtió en distribuidor de productos Syngenta, desarrolló un centro tecnológico para nutrición de cultivos y construyó una planta de procesamiento de semillas.
En la década de 2010 el foco estuvo en la innovación. Lanzó el Proyecto Suelo, con laboratorio propio, análisis de fertilidad y agricultura de precisión; modernizó sus sucursales, desarrolló una aplicación para clientes y realizó fuertes inversiones en plantas de acopio, laboratorios y capacidad de secado de granos. También abrió nuevas sucursales en Canals y Arias.
“Tenemos una relación de años con nuestros clientes. Nos conocemos muchos y ellos, al igual que nosotros, muchos de ellos están siendo sucedidos por sus hijos. En nuestro caso, nuestras tres hijas están en la empresa”, añade Fernández. Subraya que con la compañía realizan “muchas actividades con el productor, acompañamos desde la siembra a la cosecha. En el acopio la confianza es clave”.
A lo largo del tiempo, certificó ISO 9001, Buenas Prácticas de Manufactura (BPM) y programas de Compliance. También fue distinguida como una de las mejores empresas para trabajar en Argentina por Great Place to Work 2025/2026.

