¿Por qué difieren tanto los finales de carrera de Messi y Cristiano Ronaldo? Esa pregunta, que brota naturalmente después de la contemporaneidad de sus brillantes etapas en Europa, surge casi naturalmente. Ahora es fácil decir “No hay comparación, Messi es el mejor de toda la historia”, pero la realidad es que la hubo. Y por algo la hubo. Ya no la hay.
Messi es un excelente jugador de fútbol, elegante, casi perfecto, que juega y hace jugar, con, además, una media goleadora sobrenatural.Cristiano, por el contrario, fue un gran futbolista, gambeteador, desfachatado, atrevido, que para lograr esa capacidad como artillero tuvo que atravesar una transición. De aquel wing derecho de Manchester United de Ferguson, al extremo izquierdo con mucha presencia en el área y cabezazo, a este artillero más parecido a Robert Lewandowski que al propio CR7 que enamoró en la Premier League.
Si el Diez fue “La rutina de la extraordinario”, como dice Juan Pablo Varsky en cada comentario, durante toda su vida futbolística, es justo reconocer que el siete bravo dominó, casi como nadie, el certamen más importante de Europa en el período 2014-2018. Cada día de semana con la televisión prendida era verlo aparecer y darle, a un Real Madrid al que llegó en crisis, la etapa más fructífera del milenio. El apodo de “Mister Champions” le quedaba bien: ya en su etapa en Juventus, club en el que no logró levantar la Orejona, le revirtió una serie al Atlético de Madrid de Simeone prácticamente solo. Todo eso se dio en medio de la transición del wing picante a centroatacante, la tormenta perfecta.
Esta semana, el argentino comandó una remontada épica de la Selección hacia los cuartos de final. A 12 minutos del final del tiempo reglamentario, perdía 0-2 con Egipto. A los 93 minutos, ganaba 3-2. En el primer tiempo, había errado un penal y los africanos, cerrados atrás, provocaron sus imprecisiones durante ¾ del partido.
La remontada de Argentina, comandada por Messi
En contrapartida, el luso convirtió apenas tres tantos en los cinco partidos y se despidió del torneo con dos a Uzbekistán y uno -de penal- a Croacia. En su epílogo mundialista, disputó un regular partido ante España, que se lo ganó con un gol agónico. Pero por sobre todas las cosas, se lo vio apagado, lejos de su estirpe que alguna vez tuvo contra la Roja misma en Rusia 2018 y que hizo a propios y extraños aplaudir de pie.
Hace un largo tiempo que al rosarino en el seleccionado se lo ve liberado como si se desempeñara en Grandoli. “Aquel ya está, ya está”, hacia Antonela en Qatar no fue un guiño a colgar los botines si no a cómo iba a desempeñarse dentro del campo de juego de ahí en más. En ese sentido, este martes en Atlanta le importaron poco los Balones de Oro, los títulos, la cantidad de goles y todos sus logros: volvió a ser el Messi amateur de Rosario, con intentos en cada segundo, con los compañeros que le dieron una y otra pelota y él, con el carro puesto en el hombro como nunca, o como siempre.
Ese espíritu encomiable, que tuvo durante los cuatro primeros partidos de la Copa, pero más que nada frente a Cabo Verde, en el que la adversidad se presentó por primera vez, le dio la recompensa de haberse puesto el overol. Si el de Qatar 2022 fue parecido al de Barcelona, este es distinto a todos.
La recompensa llegó primero con el gol de Romero y después con el suyo, de arremetida pero con un tiro inatajable. Si esto no hubiese sucedido, probablemente Argentina estaría afuera a manos de un rival menor. Aún así, el desempeño del zurdo de 39 años hubiera sido para el recuerdo y las líneas anteriores no perderían vigencia. Puede cambiar la suerte, pero no el coraje ni la dinámica cuando acecha una eliminación.
“El mejor Messi siempre es el último”, dijo Pablo Aimar, ídolo del astro y ayudante de campo de Lionel Scaloni. Estos partidos son un canto a esas palabras. Quiere superar su actuación personal de hace cuatro años y hace méritos continuos para lograrlo.
Otra de las tantas jugadas inolvidables de Messi que no terminaron en gol
Por el contrario, al oriundo de Madeira lo pintan de cuerpo entero sus últimas declaraciones. “Para mí la Euro vale lo mismo que un Mundial, tiene la misma dimensión, sinceramente, y yo la gané en 2016”, dijo, sin resistir un archivo propio y faltando a la verdad.
Hace tiempo que Cristiano dejó de enamorar: hay quienes ya lo emparentan con Haaland, Ibrahimovic, Suárez, Benzema y otros tantos, en lugar de Messi. Todo un síntoma.
Sus decisiones desde 2021 hasta la fecha fueron una peor que la otra: volvió a Manchester United, club que fue su trampolín al estrellato, se puso por delante del club, se peleó con su entrenador Erik Ten Hag, llegó como suplente y casi sin club a Qatar 2022, en el que no acompañó a la que quizás fue la generación más talentosa con la que le había tocado compartir. También terminó en el banco ese certamen y a la postre, firmó con Al Nassr de Arabia Saudita.
En medio oriente, casi que juega para ver con cuántos títulos puede adornar su palmarés y cuándo llega a los 1000 goles. Ya dejó de inspirar: solamente son números para engrosar. El problema es que las estadísticas muestran todo menos lo más importante.
El viejo Cristiano cautivó a niños de todo el planeta que querían jugar y festejar como él y no fue producto de la casualidad. Ya consumado su último duelo en el Mundial, Khvicha Kvaratskhelia, el futbolista más potreril del PSG multicampeón, compartió un video del ex Real Madrid en sus tiempos de gloria, cuando todavía inspiraba. Desde hace ya varios años, CR7 dejó de lado esa personalidad y es más aburrido para los espectadores. Ya no enciende televisores como hace una década.
La versión de Cristiano Ronaldo que enamoró, que dista mucho de la actual
Por el contrario, Messi abrazó al jugador que lo catapultó al estrellato. Como una muestra, con la desventaja de dos goles a cuestas, se tiró a la derecha del ataque, donde todo empezó, y además de las acciones determinantes, emocionó a más de un nostálgico con esa apilada y autopase que terminó en el cabezazo desvíado de Lautaro Martínez. Aún no está escrito el final de su último baile, pero por sobre la brillantez que alguna vez tuvo en Barcelona, hoy resalta la valentía que se aprende en el barrio y no en La Masía.
Messi tiró el centro, fue a buscar y festejó como un nene. 39 años.

