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Opinión

El vampiro del fútbol – LA NACION

Última actualización: 5 de julio de 2026 3:25 am
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Confieso mi ignorancia: yo no sabía en qué parte del mundo estaba Cabo Verde. Tampoco sabía en qué idioma hablaban sus habitantes. Menos todavía sabía cuántos ciudadanos de Cabo Verde se encontraban en su país de origen y cuántos vivían en América. Y por supuesto no tenía idea de lo bien que jugaban al fútbol.

El mundial de fútbol me ha permitido ganar dinero comprando entradas apenas salieron a la venta y revendiéndolas a precios de usura. He ganado más dinero como revendedor que como escritor. Algún espíritu sensible diría que soy un especulador, un carroñero, un mercader del fútbol. Compré bastantes entradas para todos los partidos a disputarse en Miami, ciudad en la que vivo hace tres décadas. Cuando elegí vivir en Miami, la ciudad aún no se había puesto de moda, ni el fútbol se había puesto de moda, ni había un club de fútbol que la representara, ni habían construido un estadio como sede oficial de ese club. Ahora las cosas han cambiado: los ricos se mudan a Miami, las estrellas del fútbol juegan en Miami, ciertos partidos del mundial se disputan en Miami.

No pude asistir al primer juego del mundial celebrado en Miami porque revendí a precios exorbitantes todas las entradas que mi esposa y yo habíamos adquirido con el innoble propósito de esquilmar a los fanáticos de tan noble deporte. Era un lunes por la tarde, a cuarenta grados centígrados, y el aire pesaba casi tanto como el agua. Jugaban Uruguay y Arabia Saudí. No digo jugaban Uruguay “contra” Arabia Saudí porque, en teoría, era solo un juego, un deporte, no una escaramuza bélica. Sin embargo, cualquier enfrentamiento del mundial era una batalla, y más si Uruguay desplegaba sus tropas, cuyos prohombres en botines, comandados por el heroico mariscal Bielsa, arriesgaban la vida en cada aspereza de la contienda. Me hacía ilusión quedarme con tres entradas para ir a la cancha a alentar a Uruguay, pero revendimos todas a los aficionados saudíes, quienes, gracias a que el precio del petróleo se había disparado, se sentían aún más ricos y nos compraban los boletos a precios de atraco, sin pedir descuento. Es decir que la guerra en Irán, y el cierre del estrecho de Ormuz, y el subidón del precio del petróleo, jugaron decisivamente a nuestro favor para llenarnos los bolsillos de petrodólares saudíes. Mi esposa y yo, vampiros del fútbol, no lo podíamos creer: en esa bicicleta financiera, esa operación angurrienta, ese ejercicio de codicia abusando de los saudíes, ganamos mucho dinero y nos quedamos en casa, viendo el partido por televisión.

También revendimos todas las entradas del Brasil vs. Escocia porque los aficionados escoceses, masivamente alcoholizados, mostrando tan orondos sus barrigas prominentes, desafiando a los brasileños en riñas y pendencias, agotaron las provisiones de cerveza en los bares de la ciudad y, ya borrachos, llegados desde tan lejos, hablando en eructos, se rindieron a pagar los precios que pedíamos abusivamente por los boletos en ciertas páginas de internet que castigaban al hincha sufrido y premiaban a quienes, como nosotros, lucraban con la pasión ajena.

No nos fue tan bien con la reventa que montamos en la víspera del juego entre Uruguay y Cabo Verde, y por eso mi esposa, nuestra hija y yo acabamos en el estadio, un viernes a las cuatro de la tarde. Mi cálculo de revendedor avezado fue el siguiente: los uruguayos son más comedidos para gastar fortunas y los africanos de ese archipiélago de islas volcánicas no son tan dispendiosos como los saudíes. No obstante, grande fue nuestra sorpresa cuando vimos que los ciudadanos de Cabo Verde, amables y educados, vistiendo la camiseta de su selección, colmaban el salón de comidas y bebidas gratuitas reservado para personas supuestamente importantes, o que se creían importantes, que habían pagado boletos caros y tenían acceso a dicho ambiente privilegiado. Sí, había muchos uruguayos, casi todos vistiendo la camiseta celeste, pero los caboverdianos eran muy numerosos, acaso superando a los uruguayos. Desde luego, todos comíamos y bebíamos con desmesura, aprovechando que, por haber pagado boletos costosos, ya no teníamos que pagar por la comida ni las bebidas. No es que dicha oferta gastronómica fuese gratuita: ya habíamos apoquinado por ella, al comprar las entradas a precios prohibitivos.

No estaba en mis cálculos que nuestros asientos en la tribuna del estadio estarían rodeados por unos hinchas de Cabo Verde ensimismados en el puro delirio. Ellos vivían una auténtica fiesta. No parecían diezmados por el calor sofocante ni intimidados por la histórica garra del rival. Cantaban, bailaban y bebían con desbordada euforia, con una fiebre que no cesaba. Daba la impresión de que había más caboverdianos en el estadio que en su archipiélago natal. Temeroso de que me viesen como un enemigo, y me tratasen con hostilidad, disimulé mis simpatías por Uruguay. Cuando los hinchas de Cabo Verde gritaban ¡ú-ú-ú-ah! yo también gritaba ¡ú-ú-ú-ah! Mi esposa me miraba decepcionada, pensando eres un tránsfuga, un panqueque, un chaquetero. Sí, mi súbita conversión en forofo de los ex colonos portugueses era una simulación, una impostura, pues quería salir ileso de aquella tribuna. Los africanos metieron dos goles y yo, apenado, aunque disimulándolo, los grité como un renegado, al tiempo que abrazaba a unas voluminosas señoras de Cabo Verde que me hablaban en portugués y emanaban un humor corporal fuertemente perceptible para mí. Al final, estaba triste porque, de nuevo, Uruguay no pudo ganar, mereciendo mejor suerte.

No resultó tan excitante el partido jugado en Miami entre Colombia y Portugal, tal vez porque ambas selecciones ya se habían clasificado a la siguiente ronda. El estadio parecía Barranquilla en carnavales: miles de colombianos, vistiendo la camiseta amarilla de su selección, vivando sin desmayar a los suyos. Portugueses había muy pocos, contados, en la zona donde nos tocó sentarnos. Todos nuestros vecinos, todos, eran colombianos, vestían de amarillo y no pocos me reconocían y pedían fotos. A mi lado, un señor y su hijo me hablaban de política todo el tiempo. Al otro lado, una señora obesa, con sombrero, gritaba procacidades a los atletas de Portugal, poniendo en entredicho su virilidad y ensañándose en particular con Cristiano Ronaldo, cuya hombría rebajaba a los gritos con palabras malsonantes, mientras mi hija se partía de la risa. Un poco más allá, un par de borrachines simpáticos, padre e hijo, bien mamados de aguardiente, les gritaban a los deportistas colombianos, dándoles órdenes, instrucciones precisas, como si fuesen entrenadores. Colombia jugó mejor, mereció ganar y pareció incomprensible que, en tiempo de descuento, le anularan un gol de cabeza que casi todo el estadio cantó como legítimo.

Gracias a nuestras abultadas ganancias como acaparadores de entradas y revendedores a la sombra del mundial de fútbol, pudimos asistir al estadio de Miami, en zona preferente, las comidas y las bebidas otra vez gratuitas, para presenciar el juego entre Argentina y Cabo Verde. Esta vez tuvimos suerte: todos alrededor de nosotros eran argentinos y, por supuesto, yo era uno más. Lloré cuando cantaron el himno. Salté cuando Messi convirtió el primer gol. Después el partido se enredó, se torció, se volvió cuesta arriba, porque los africanos, como habían demostrado ante Uruguay, eran atrevidos, hábiles, veloces, y ponían en aprietos con su estilo insidioso a los campeones del mundo. Después de cada uno de los goles argentinos, grité como gritaba cuando era joven y me abracé con todos los que, como yo, saltaban de emoción y, al mismo tiempo, de alivio. No imaginé que sufriría tanto. Cabo Verde empató en tiempo regular y a punto estuvo de empatar al final del tiempo suplementario y llevar la definición de esa vibrante, inolvidable batalla al pérfido azar de los penales. Yo, creyente inconstante, rezaba para que Messi metiera un gol más, plegarias que, por lo visto, no fueron atendidas.

Ahora ya sé dónde en el mapa está Cabo Verde, en qué idioma hablan sus habitantes y cuáles son los colores de su bandera. Y sobre todo he aprendido, y no olvidaré, que, jugando al fútbol, son condenadamente buenos, tan buenos como para empatar en tiempo regular con España, Uruguay y la Argentina.

Estoy deseando que, en cuartos de final, Brasil juegue con México en el estadio de Miami, porque me asalta la poderosa sospecha de que los narcos, a quienes envío cordiales saludos, comprarán todas mis entradas en reventa a precios desorbitados. Ávido, codicioso, también he adquirido boletos para un partido de cuartos que podría enfrentar a la Argentina con Colombia, seguro de que los hinchas de aquellos países venderán el auto, o tomarán un préstamo, o dejarán en empeño el anillo de compromiso, para cerrar trato conmigo, vampiro del fútbol, pagándome el doble o el triple de lo que sufragué por dichos asientos. Ofrezco sentidas disculpas, pero alguien tiene que pagar el colegio de mi hija.




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