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¿Lo sagrado está en nuestros genes?

Última actualización: 9 de junio de 2026 1:37 am
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Lo sagrado comprende el conjunto de creencias acerca de: la divinidad, los sentimientos de veneración hacia ella, las prácticas rituales de culto y las normas morales que orientan la conducta individual y social. Sus orígenes se remontan, al menos, a unos 50.000 años antes del presente. Desde entonces, los seres humanos han intentado dar sentido al mundo, a la muerte y a su propia existencia mediante la creencia en fuerzas o entidades sobrenaturales. En sus formas más tempranas, lo sagrado se manifestó de manera difusa, como en el animismo, que atribuía espíritu a los elementos de la naturaleza, y se articuló en torno a figuras mediadoras, como los chamanes.

Hace unos 11.000 años, las comunidades humanas se volvieron sedentarias, desarrollaron la agricultura y dieron lugar a formas religiosas más estructuradas. Así, las creencias se organizaron en sistemas como el politeísmo, en el que múltiples dioses rigen distintos aspectos de la vida. Más tarde, algunas culturas elaboraron religiones monoteístas, centradas en un único dios. El animismo, el politeísmo y el monoteísmo no constituyen etapas superadas de la evolución religiosa, sino formas de creencia que continúan vigentes y coexisten en la actualidad.

En el corazón del hombre hay un abismo infinito que nada puede llenar, sino solo Dios”

¿Cómo se explica la aparición y la permanencia de lo sagrado en la historia evolutiva del Homo sapiens? Una posible respuesta remite a la necesidad humana de encontrar sentido, consuelo o trascendencia frente a las incertidumbres de la existencia. Pero ¿esa necesidad es innata o cultural? “En el corazón del hombre hay un abismo infinito que nada puede llenar, sino solo Dios”. Esta célebre afirmación, atribuida al matemático y físico Blaise Pascal (1623-1662), ha dado lugar, en la tradición anglosajona, a la expresión “God-shaped hole” (“vacío divino”, en español), que reformula en términos contemporáneos una posición innatista. Diversos autores han sostenido perspectivas afines. El psicoanalista Carl Jung (1865-1961) afirmaba: “No puedo definir lo que es Dios; solo puedo decir que mi obra ha probado empíricamente que la idea de Dios existe en todos los hombres”. Por su parte, el escritor Romain Rolland (1866-1944) postuló la existencia de una religiosidad innata, expresada en lo que denominó “sentimiento oceánico”.

En el ámbito de la biología, Edward O. Wilson (1929-2021) sostuvo que calificar la religión como innata no implica juzgar la veracidad de sus creencias, sino reconocer que sus raíces están codificadas en los genes. Desde una perspectiva distinta, Sigmund Freud (1856-1939) interpretó la religión como una construcción psíquica: ante la conciencia de la propia finitud, el ser humano habría proyectado la figura de un padre protector que mitiga la angustia y promete trascendencia. El biólogo Richard Dawkins (1941) rechazó la idea de un “vacío divino” como entidad real, pero admite que la religiosidad puede surgir como subproducto de mecanismos cognitivos que, en su origen, tuvieron valor adaptativo.

Desde una perspectiva grupal –no exenta de controversia, ya que asume a la “tribu” como unidad de selección–, autores como el antropólogo Roy A. Rappaport (1926-1997), el biólogo y antropólogo David Sloan Wilson (1949) y el historiador Yuval Noah Harari (1976) han propuesto que la religión desempeñó un papel crucial en la evolución de los grupos humanos, al resultar altamente adaptativa: promovía la cooperación, establecía normas morales y fortalecía la cohesión social. En este marco, el llamado “vacío divino” puede interpretarse como una disposición innata, que ha favorecido la emergencia y persistencia de sistemas religiosos.

Para los biólogos evolutivos (que también pueden ser creyentes), se trata de un rasgo genético heredable, seleccionado por su valor para la supervivencia y la vida social. Para los creyentes (que también pueden incluir a quienes aceptan la evolución), ese rasgo existe porque la divinidad lo integró en la naturaleza humana. Ambas perspectivas admiten el innatismo y resultan compatibles entre sí, en tanto remiten a esferas diferenciadas de la experiencia humana: la razón y la fe.

Profesor emérito de la Universidad Nacional de La Plata, académico de número de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria



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