Dicen que Argentina es un país generoso. Tan generoso que algunos lograron convertir la obra pública en obra privada, los subsidios en campañas permanentes y los contratos en reuniones familiares. Durante años Néstor y Cristina Kirchner nos explicaron que todo era por el pueblo, su ex Ministro de Economía Roberto Lavagna los desmintió y los mandó en cana. Curiosamente, mientras el pueblo hacía cuentas para llegar a fin de mes, algunos patrimonios parecían estar entrenando para los Juegos Olímpicos del crecimiento acelerado, con un 20% de coimas en todo lo que significara contrataciones y licitaciones en todos los órdenes del estado argentino.
Cada vez que aparecía una denuncia, la respuesta era automática: conspiración, persecución, operación mediática, alineación planetaria adversa o ataque de los marcianos de la antipatria. La mecánica era fascinante. Las rutas costaban fortunas, los trenes prometían revoluciones, los controles brillaban por su ausencia y los funcionarios parecían tener una alergia severa a las preguntas incómodas.
Cuando la Justicia golpeaba la puerta, comenzaba el festival de excusas:
—Yo no firmé.
—Yo no sabía.
—Yo no estaba.
—Yo pasaba por ahí.
A ese ritmo, uno terminaba creyendo que el Estado argentino era administrado por fantasmas, los discursos hablaban de igualdad, pero algunos amigos del poder parecían haber entendido «igualdad» como la igualdad de oportunidades para robar sin contemplaciones en los negocios más amañados de la historia argentina.
Y mientras tanto, los ciudadanos financiaban el espectáculo con una entrada obligatoria llamada impuestos. Lo más increíble no era la cantidad de escándalos, lo increíble era la creatividad, había «empresarios» que parecían ganar licitaciones con la misma facilidad con la que otros ganan bingos arreglados. Había bolsos llenos de dólares, que viajaban a Santa Cruz, más que los turistas y contratos que encontraban siempre el mismo destino, como palomas mensajeras con radar.
De acuerdo a la declaración de Roberto Lavagna en la justicia, la corrupción de los Kirchner tuvo algo de magia; logró que desaparezca la plata sin que aparezcan escuelas, hospitales, rutas terminadas o servicios mejores. Ni el mejor ilusionista de Las Vegas se animó a tanto. Y así se fue construyendo una república paralela donde el matrimonio Kirchner se quedó con el estado para usarlo como una billetera de recaudación personal. Todo a través de ejercer el poder con un plan de enriquecimiento acelerado.
LAVAGNA DIXIT: «Gobernar para siempre era la gran zanahoria, pero asaltar las arcas del estado argentino , y enriquecerse sin limites parecía mucho más tentador, por eso yo era un estorbo en el Ministerio de Economía»
Cuando un político promete que viene a combatir los privilegios, conviene vigilar que no esté tomando medidas para reservarlos a su nombre, como parece que está pasando ahora mismo con Javier Milei y su hermanísima de la Nación.

