Si Dante hubiera nacido en San Juan y estudiado en la universidad, en lugar de escribir La Divina Comedia habría redactado el instructivo para tramitar el Boleto Educativo Gratuito. Porque conseguir el beneficio terminó pareciéndose más a una expedición al Amazonas que a una política pública.
La historia comenzó con un anuncio oficial lleno de optimismo. Sonrisas, conferencias, promesas y discursos sobre la educación. Todo hermoso. Tan hermoso que muchos estudiantes pensaron que podrían viajar gratis. Error de principiantes.
Cuando arrancaron las clases, el boleto todavía estaba jugando a las escondidas.
—¿Funciona?
—Sí.
—¿Seguro?
—Bueno… más o menos.
—¿Cuándo?
—Próximamente.
—¿Próximamente cuándo?
—Próximamente.
Miles de estudiantes quedaron atrapados en una experiencia interactiva llamada «Adivine usted cómo viajar», organizada conjuntamente por la burocracia, la tecnología y el destino.
La Federación Universitaria salió a denunciar improvisación. El Gobierno respondió explicando que todo estaba bajo control. Una frase que en Argentina suele generar el mismo nivel de tranquilidad que escuchar al piloto decir: «Nunca había visto una luz roja tan grande en el tablero».
Mientras tanto, los estudiantes peregrinaban entre páginas web, aplicaciones, formularios, oficinas y respuestas contradictorias. Algunos aseguran haber iniciado el trámite siendo ingresantes y haber terminado el proceso con edad suficiente para jubilarse.
La plataforma digital, por su parte, protagonizó una actuación memorable. Funcionaba con la misma estabilidad emocional de un adolescente en semana de exámenes. A veces abría. A veces no. A veces reconocía usuarios. A veces parecía reconocer únicamente a los empleados que la diseñaron.
Y cuando finalmente algunos lograron acceder al beneficio, apareció la SUBE con un giro argumental digno de Netflix.
—Viaje gratis.
BIP.
—Le descontamos tarifa completa.
Una innovación extraordinaria: el boleto gratuito que cobra.
Einstein revolucionó la física. San Juan revolucionó las matemáticas.
Gratis = pagando.
Los estudiantes observaban cómo desaparecía el saldo de sus tarjetas con la misma velocidad con la que desaparecen las promesas de campaña después de una elección.
Lo más divertido fue el desfile de explicaciones. Cada sector tenía una versión distinta. Gobierno, Federación, usuarios, empresas y sistemas informáticos parecían estar participando de un campeonato provincial de relatos fantásticos.
Nadie mentía. Nadie decía toda la verdad. Nadie entendía nada.
Una coordinación tan perfecta que parecía organizada por una banda de gatos peleándose dentro de una bolsa.
Al final, el Boleto Educativo Gratuito terminó enseñando más que varias materias universitarias juntas.
Los alumnos aprendieron paciencia oriental, resistencia psicológica, administración financiera de emergencia, arqueología documental y técnicas avanzadas para sobrevivir a trámites públicos.
Porque estudiar una carrera puede ser difícil.
Pero intentar viajar gratis en San Juan demostró ser un posgrado.
Y de los caros. Aunque el boleto sea gratuito.

