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Para entender mejor al Uruguay

Última actualización: 30 de mayo de 2026 2:33 am
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MONTEVIDEO.- Sin la figura de José Batlle y Ordóñez no se entiende el Uruguay moderno. Gobernó entre 1903 y 1907 y entre 1911 y 1915, murió en 1929, pero su fuerte impronta llega hasta hoy. Se celebraron este 21 de mayo los 170 años de su nacimiento y, en lo personal –vientos de los tiempos–, vivimos una emotiva instancia en su vieja casona de Piedras Blancas cuando, en una pantalla a tamaño natural, don Pepe nos lanzó un impresionante discurso.

Se trataba de una animación hecha por inteligencia artificial sobre la base de su fotografía icónica, en la puerta de esa misma casa. A todos nos conmovió y luego nos sobrecogió cuando advertimos la peligrosidad infinita de este maravilloso invento.

No bien llegó al poder, Batlle hubo de afrontar en 1904 una sangrienta guerra civil, en la que el Partido Nacional se levantó en armas reivindicando poderes territoriales que desafiaban la autoridad gubernamental. Fue la última de esas confrontaciones y el país inició allí un torbellino de reformas.

En el plano humanitario hablamos desde la abolición de la pena de muerte y de las corridas de toros hasta los juicios de investigación de la paternidad y las leyes de divorcio, concebidas entonces como un instrumento de liberación femenina. A tal punto así se pensó que, luego de la ley de 1907, en 1912 se estableció el divorcio por la sola voluntad de la mujer, que sin necesidad de juicio ni alegato de causales podía disolver el vínculo matrimonial. Hoy esto luce hasta trivial, pero en la sociedad de la época fue una tormenta. Algo parecido podríamos decir de la Universidad de la Mujer, un polémico aunque exitoso intento del Estado para que las jóvenes accedieran a la educación secundaria y se abrieran camino hacia la universidad, cuando aún lo resistían los prejuicios de la familia tradicional. Podríamos enumerar numerosas leyes, como la licencia maternal o el cupo del 10% femenino para la administración pública, que se inició con chicas empleadas en el correo. Ni hablar de que el derecho al voto femenino fue otro Campo de Agramante, estrenándose en 1927 en un plebiscito municipal y consagrándose recién con generalidad en 1938.

Estas referencias nos llevan a una observación fundamental: el carácter anticipatorio del reformismo “batllista”. A diferencia de otras sociedades latinoamericanas en que la mayoría de los derechos sociales fueron literalmente arrancados a la fuerza, en Uruguay fue desde “arriba” que se impulsó la legislación social. La limitación de la jornada de trabajo, el seguro obligatorio por accidentes de trabajo y las indemnizaciones por despido se inscriben tempranamente en el derecho laboral, previniendo esos islotes de resentimiento que alentaron el sesgo autoritario que tendrían, por ejemplo, las tardías reformas de Perón en Argentina y Getúlio Vargas en Brasil.

Una cabina de Entel en Plaza de Mayo, en 1979. La empresa sería privatizada durante el gobierno de Carlos Menem
Una cabina de Entel en Plaza de Mayo, en 1979. La empresa sería privatizada durante el gobierno de Carlos MenemArchivo

En paralelo, Batlle crea empresas comerciales del Estado, como el Banco de la República, el Banco de Seguros o el Banco Hipotecario, estas últimas en un particular régimen monopolístico. Al igual que los ferrocarriles, los telégrafos y la fundamental empresa de energía eléctrica y teléfonos. Naturalmente, hoy en general han salido de la condición de monopolios, pero aún subsisten, como testimonio de una sociedad que las reconoce. La telefonía celular y digital está en competencia, la empresa del Estado forma parte del mercado y un referéndum popular, de modo abrumador, rechazó su privatización. Recuerdo que cuando resultó electo presidente Carlos Menem nos adelantó sus proyectos privatizadores y le dijimos: “Pero, Carlos… te votaron por peronista, vas a vender lo que el general nacionalizó…”. A lo que me respondió con su habitual gracia: “Yo voy a hacer lo que el general haría hoy…”. En todo caso, quedó claro que más fácil era en la Argentina privatizar teléfonos que no funcionaban.

No podemos olvidar que Batlle fue un obstinado defensor de la colegialización del Poder Ejecutivo, un intento de impedir los caudillismos personalistas afirmados en el uso abusivo del poder

Otro gran capítulo del reformismo batllista es el de la laicidad del Estado, que se consagra definitivamente en la Constitución de 1917, pero que venía de muy atrás. La escuela “laica, gratuita y obligatoria” fue la gran reforma que, alentada por Sarmiento, llevó adelante en 1876 José Pedro Varela, sobrino de Florencio y de Juan Cruz, todos asilados en Montevideo en la época de Juan Manuel de Rosas.

No podemos olvidar que Batlle fue un obstinado defensor de la colegialización del Poder Ejecutivo, un intento de impedir los caudillismos personalistas afirmados en el uso abusivo del poder. Logró en vida imponer parcialmente su idea, que se consagró mucho más tarde (en 1952), y luego la nueva generación batllista, que integré, la abandonó por demasiado deliberante. En todo caso, se entiende que esta idea, como toda su trayectoria, tiene una fuerte impregnación liberal. Se hunde en la concepción matriz del artiguismo y en lo que fue el Gobierno de la Defensa, que, sitiado en Montevideo durante ocho años por el ejército rosista, albergó al liberalismo argentino, al Partido Colorado uruguayo y a un líder universal de esa idea como fue Giuseppe Garibaldi. Allí alternaron desde los generales Fructuoso Rivera y José María Paz hasta intelectuales como Esteban Echeverría, José Mármol, los Varela, Manuel Herrera y Obes y el joven Mitre, que allí se hizo militar.

El reformismo batllista podría hoy caracterizarse como una socialdemocracia o un liberalismo progresista. En su inspiración “krausista”, su liberalismo racionalista no se contaminó nunca del colectivismo socialista que entonces avanzaba en el mundo; a la vez, reclamó del Estado una presencia que enfrentara los riesgos sociales y morigerara las inevitables desigualdades de la propiedad privada. Si el institucionalismo republicano hunde sus raíces en el pasado artiguista, no puede ignorarse que es la obra de Batlle la que da carnadura a esa idea, la que la instala en el imaginario colectivo. La que genera una democracia sólida. Así se explica lo plena que fue la recuperación luego de nuestra caída en las tormentas guerrillero-militaristas de los años 60 y 70.

Los últimos 40 años, en que hemos gobernado blancos, frentistas y colorados, en paz y libertad, solo se entienden cuando se mira en perspectiva el rol histórico de este gigante que nació hace 170 años.

No es casual que Batlle y el batllismo, por apoyo o rechazo, sigan presentes en el debate diario.



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