El Mundial empieza antes del primer partido. Empieza en las conversaciones, en las camisetas, en los pronósticos, en los grupos de amigos y, sobre todo, en una escena que se repite de generación en generación: el álbum de figuritas. La escena se repite. Chicos abriendo paquetes de figuritas con la ilusión de encontrar a ese jugador que todavía falta.
Y hay algo profundamente educativo en ese momento. La expectativa, la sorpresa, la alegría, la frustración, el intercambio con otros. El álbum de figuritas puede parecer apenas un fenómeno de consumo, y en parte lo es. Pero también puede ser una oportunidad de aprendizaje muy valiosa si los adultos sabemos mirarla y acompañarla.
No se trata de idealizar las figuritas ni de negar que alrededor del Mundial se mueve una industria enorme. Tampoco de desconocer que, como todo consumo, puede volverse problemático si genera ansiedad, presión o gasto desmedido. Pero justamente por eso vale la pena detenerse. Porque en esa escena cotidiana -comprar sobres, abrirlos, ordenar, repetir, cambiar, esperar- aparecen muchas de las habilidades que hoy necesitamos enseñar.
La primera es la espera. En un tiempo atravesado por la inmediatez, donde casi todo parece disponible al instante, las figuritas proponen otra lógica. Uno puede desear mucho una figurita y aun así no obtenerla. Puede abrir un paquete, dos, diez, y que no aparezca. Puede incluso no aparecer nunca. Y eso, aunque parezca pequeño, es un aprendizaje enorme. No todo deseo se satisface de inmediato. No todo lo que quiero llega cuando yo quiero. No siempre alcanza con insistir o con pedir más. A veces hay que esperar, buscar, intercambiar, aceptar, frustrarse y seguir.
La segunda es la administración del deseo. Los adultos tenemos ahí un rol central. No importa solamente cuántos paquetes puede comprar una familia, sino qué aprendizaje se construye alrededor de esa compra. Incluso si un padre o una madre pudiera comprarle 300 paquetes a su hijo, eso no significa que deba hacerlo. Dar todo de golpe no necesariamente genera más disfrute. Muchas veces genera más ansiedad.
Porque si un chico abre dos paquetes esperando que salga Messi y no sale, puede frustrarse. Pero si abre 300 y tampoco aparece, la frustración puede ser todavía más grande. La abundancia no siempre calma el deseo; a veces lo acelera.

Por eso las figuritas también son una oportunidad para hablar de educación financiera. ¿Cuánto dinero tengo? ¿Cuántos paquetes puedo comprar? ¿Qué decido hacer con lo que tengo? ¿Qué significa ahorrar para algo que deseo? ¿Cómo manejo la ansiedad de querer completar el álbum? Hay chicos que juntan plata, ayudan en su casa, lavan autos, cortan el pasto o hacen pequeños acuerdos familiares para poder comprar figuritas. Ahí también hay aprendizaje: esfuerzo, planificación, decisión y responsabilidad.
La tercera dimensión es el encuentro con otros. En un contexto donde buena parte de la vida social de los chicos pasa por pantallas, el intercambio de figuritas recupera algo simple y poderoso: mirarse a la cara. Preguntar. Negociar. Escuchar. Acordar. Decir “esta la tengo”, “esta me falta”, “esta vale más”, “te cambio dos por una”. Aprender que un intercambio implica reglas, confianza y también consecuencias.
Por supuesto, pueden aparecer conflictos. Puede haber peleas, arrepentimientos, discusiones sobre cuánto vale una figurita o qué pasa si alguien se siente engañado. Pero esos conflictos no son necesariamente un problema a evitar; también pueden ser parte del aprendizaje. La escuela y la familia pueden ayudar a construir acuerdos: cómo se llevan las figuritas al colegio, en qué momentos se cambian, qué cuidados hay que tener, qué pasa si alguien se arrepiente, cómo se resuelven las diferencias.
Educar no es eliminar toda dificultad, también es acompañar a los chicos para que aprendan a atravesarla.
El Mundial como llave de la curiosidad
Un chico que busca una bandera, que pregunta dónde queda un país, que quiere saber qué idioma se habla, qué moneda se usa o cuánto tarda un avión en llegar hasta allí, está aprendiendo desde un interés genuino. Y cuando aparece la curiosidad, la escuela tiene una puerta de entrada extraordinaria.
Julia Demaree Nikhinson – AP
El Mundial permite trabajar geografía, historia, culturas, idiomas, estadísticas, reglas, convivencia y fair play. Los países dejan de ser nombres abstractos en un mapa y se convierten en camisetas, himnos, jugadores, relatos y comunidades. Detrás de cada selección hay una historia. Detrás de cada bandera, una identidad. Detrás de cada partido, una forma de mirar el mundo.
Pero para que eso suceda, la escuela no tiene que “disfrazar” cualquier contenido de Mundial. No se trata de hacer una cuenta de matemática simplemente diciendo que un jugador metió dos goles. Trabajar por proyectos no es cambiarle el nombre a los ejercicios de siempre. Es tomar el interés real de los alumnos y convertirlo en una experiencia desafiante, curiosa, significativa.
El Mundial puede ser una gran excusa para investigar, comparar, debatir, leer, escribir, calcular, ubicar, analizar y comprender. Puede ser un proyecto que reúna distintas áreas y distintos caminos de acceso para alumnos con intereses y habilidades diversas. Pero para eso hay que hacer algo más que decorar el aula con pelotas y banderas. Hay que animarse a abrir preguntas.
¿Qué sabemos de los países que participan? ¿Cómo se preparan los jugadores para llegar hasta ahí? ¿Qué reglas ordenan el juego? ¿Qué significa competir? ¿Cómo se gana sin humillar? ¿Cómo se pierde sin destruirse? ¿Qué lugar ocupa el respeto por el rival? ¿Qué emociones aparecen cuando alentamos? ¿Qué hacemos con la frustración?
El deporte permite hablar de convivencia de una manera muy concreta. En la cancha hay pasión, competencia, deseo de ganar. Pero también hay límites, reglas, árbitros, sanciones y acuerdos. En tiempos donde muchas veces nos cuesta convivir con quien piensa distinto, el fútbol ofrece una escena clara: se puede competir sin dejar de reconocer al otro.
En la Argentina, además, el Mundial tiene una dimensión comunitaria muy particular. Reúne familias, amigos, escuelas, barrios, bares, oficinas. Por unas semanas, algo común parece ordenar la conversación pública. No elimina las diferencias ni resuelve las tensiones sociales, pero nos recuerda que todavía existen experiencias capaces de reunirnos alrededor de una emoción compartida.
Por eso el Mundial no es solo fútbol. Y las figuritas no son solo figuritas. Son una oportunidad.
A veces, los mejores aprendizajes no aparecen cuando imponemos un tema, sino cuando sabemos leer aquello que ya está movilizando a los chicos. El Mundial va a entrar a la escuela, a las casas y a las conversaciones. La pregunta es qué hacemos los adultos con eso.
Podemos dejar que pase como un simple furor de temporada. O podemos tomarlo como lo que también es: una ventana para educar.

